Hace un tiempo atrás intercambiaba un par de correos electrónicos con un buen amigo periodista español que vive en París y me enteré de que su vida estaba tomando otros rumbos. Ahora está dedicado, entre otras cosas, a dos de sus grandes pasiones: la calidad y el “slow life” o “slow living” como otros le llaman. Y, ¡oh sorpresa!, a comienzos de diciembre mi amiga Sole me invitaba a un desfile de “slow fashion” que se organizó aquí en Santiago. De pronto me pareció que la calma nos está seduciendo y ya venía siendo hora.

A las puertas de un nuevo año y en la vorágine que se ha transformado nuestra capital decidí investigar un poco más y sentarme a conversar con algunos amigos -periodistas, diseñadores, empresarios- acerca de esta ola que desacelera el ritmo cotidiano ¿o es solo un sueño pensar en tener un recreo de la frenética rutina que poco tiempo te deja para apreciar lo que te rodea o en encontrar una prenda de ropa que haya sido creada y confeccionada de manera responsable?

No se trata de hacer del “Despacito” de Fonsi mi leitmotiv o retirarme -literalmente- a la punta del cerro, en medio de la nada a vivir lejos del mundanal ruido. Esa no sería yo, que adoro las luces de neón y mi smartphone. Pero se trata de, al menos, bajar una velocidad en la marcha y ser consciente a la hora de comprar y consumir.

En la pasarela de la Tercera versión de la Semana de la Moda Slow se presentaron Surorigen, Savia, El Trato+Cuarentatacos y Arte Origen, y al conversar con algunas de las diseñadoras me llamaba la atención la pasión y el compromiso con el que hablaban de su trabajo y de temas como el medioambiente, las tradiciones del trabajo artesanal y la responsabilidad con la que elegían productos y proveedores para trabajar. Sentí que en cada una de sus creaciones había efectivamente una historia y un trabajo que buscaba rescatar el patrimonio del legado artesanal para lograr una pieza de ropa “consciente” y de calidad, esa que no es desechable y que dura varios años y que hasta la ves recuperada años después de su compra en tu hija e incluso en tu nieta.

Hace ya un tiempo se habla en Europa del consumo responsable, sustentable y de calidad, que poco a poco ha ido redefiniendo el concepto del lujo. Ciertamente el volumen de las producciones está muy por debajo de lo que se conoce como fast fashion y el costo es todavía bastante alto, pero cuando piensas en el tiempo que te durará ya no parece tan caro.

No se trata ya de artículos de una sofisticación desconocida, de precios que pasan de la barrera de lo caro-muy-caro o de una opulencia de cuento. Se trata, finalmente, de un lujo positivo, si se quiere, y adquirir con la conciencia tranquila objetos que no tengan un impacto negativo ni en el ambiente ni en la sociedad misma. Es la vuelta a la valorización profunda del oficio, del buen-hacer del trabajo manual y de la sofisticación que significa tener algo único y exclusivo. Nuestros bien conocidos millennials están más involucrados y comprometidos con este movimiento que los más antiguos debemos ahora aprender.
Así re-entendiendo el lujo espero la medianoche del 31 que nos va a invitar a recibir el 2019 con nuevos propósitos y deseos, y aquí va uno mío: Eliminar lo que estorba, bajar las revoluciones y seguir disfrutando del mayor lujo de la vida, mi familia, a ambos lados del Atlántico.

BIENVENIDO 2019… espero con ansias tus sorpresas y lecciones.

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