En noviembre de 1982, Steve Reifenberg llegó a Chile con apenas 23 años. No tenía demasiada claridad a qué venía, pero cuando conoció el hogar de menores Domingo Savio, supo que ahí se estaba gestando una historia a la que él podía contribuir. Una mujer, Olga Díaz, se había hecho cargo de 13 niños abandonados. Con un limitado conocimiento del castellano, Reifenberg se convirtió en una suerte de padre sustituto. Se sumergió de lleno en la vida del hogar y acompañó, durante dos años, a esos niños y niñas en su lucha por la sobrevivencia diaria, en los difíciles días del Chile de los ’80.

Reifenberg —hoy director ejecutivo del Instituto Kellogg para los Estudios Internacionales de la Universidad de Notre Dame— escribió sus vivencias en un libro que es lectura obligatoria en varias universidades norteamericanas, Santiago’s Children, el mismo que ahora se publica en Chile bajo el título de Los niños de La Granja (Ediciones de la Lumbre).
La historia de Los niños de La Granja es también un retrato del país que fuimos, a los ojos de un gringo que salía de la adolescencia. Pero ante todo, claro, es una historia de resiliencia y superación —prácticamente todos los niños consiguieron romper el círculo de la pobreza— que no sólo perdura por el texto de Steve Reifenberg, también por el empeño de la misma Olga Díaz, quien continúa con su cruzada en la mitad del Chile profundo, ese que no siempre sale en los diarios. Aquí, un adelanto en exclusiva de Los niños de La Granja.

Mirando la ceremonia de entrega de premios al finalizar el año escolar, un mes después de haber llegado a Chile, estaba seguro de que había tomado la decisión correcta. Parado en el patio de tierra de la escuela Forjadores del Futuro me sentía como un padre orgulloso. Verónica era la mejor alumna de segundo básico, de un grupo de cuarenta y cinco alumnos. Mientras la miraba subir con confianza los cajones de madera que servían de escenario tuve que recordarme a mí mismo que esta pequeña y madura niña sólo tenía ocho años. La madre de Verónica la había dejado en el hogar y le había dicho a Olga que regresaría “cuando resolviera algunas cosas”. De eso hacía ya tres años. Para Verónica la situación era clara: a Olga le decía mamá.

En el hemisferio sur el verano comienza en diciembre, y realmente me parecía que todo estaba al revés. Además de traernos días de calor y polvo, diciembre incluía innumerables eventos sociales en el hogar. Gracias a los esfuerzos emprendedores de Olga, al menos media docena de grupos escolares y los empleados de la compañía telefónica y de una empresa de seguros, como parte de sus “proyectos de servicio social”, organizaban festejos navideños casi idénticos para “los huérfanos”. Parecía que los niños nunca se cansaban de comer helado, de usar gorros de papel y de tener la casa llena de extraños. Me resultaba difícil estar en la casa con tantas personas, y me sentía como un espectador, innecesario, superfluo.
—Me da tanto gusto poder ayudar a los huérfanos— me dijo una mujer de la compañía telefónica. —Parecen niños normales— yo continué comiendo mi helado en silencio.
La semana previa a Navidad hubo una ola de calor, con temperaturas cercanas a los treinta y dos grados. Para mí era extraño estar colgando cintas y decoraciones navideñas en un árbol (un árbol raquítico que parecía sacado de la tira “La Navidad de Charlie Brown”), mientras vestía pantalones cortos y una camiseta, y más extraño aún era escuchar “Jingle Bells” y  “White Christmas” en español. ¿Qué sentido tenían estas canciones para los chilenos, mientras empacaban canastos de picnic, toallas y protector solar e iban a la playa con sus familias los días previos a Navidad?
Olga se aseguraba de que la navidad significara algo más que un exceso de comida, regalos y festejos organizados por la compañía telefónica. Durante las semanas previas a Navidad, por la tarde, Olga leía historias del Nuevo Testamento y les preguntaba a los niños qué pensaban sobre ellas.
—¿Por qué celebramos la Navidad? —les preguntaba.
—Porque es el cumpleaños del Niño Jesús —respondía Sonia.
—¿Qué van a pedir en sus oraciones esta Navidad?
—Que mi madre y mi hermana tengan suficiente comida –contestaba Sonia.
Para el día de Nochebuena Olga invitaba al padre Louis, el sacerdote francés, quien celebraba la misa en el patio trasero. El había sido una de las pocas personas que había creído en ella cuando creó el hogar. Aunque el padre Louis no había sido de mucha ayuda en lo económico, aún seguía comprometido en lo espiritual. Luego de la misa hubo una celebración que no se parecía en nada a lo que yo conocía. El comedor estaba decorado con adornos de papel hechos por los niños y con un mantel de color verde. Olga y Eliana habían estado cocinando todo el día, y tenían preparados cuatro pollos al horno, papas fritas (consideradas un manjar para el hogar), ensalada de tomates y palta, y helado de frutilla.
Luego del banquete, mientras limpiábamos la mesa y retirábamos los platos con huesos de pollo, los más pequeños se quedaron cerca y preguntaban nerviosamente qué podría haber en las docenas de paquetes brillantes colocados a los pies del árbol de Navidad. Con la emoción, tanto Andrés como Juanito mojaron sus pantalones.
Después de cenar, Olga leyó los nombres de los paquetes, envueltos en papel rojo o verde. Cada niño se acercó y tomó su regalo. Andrés se sentó cerca del árbol y sin perder tiempo comenzó a arrancar el envoltorio. Verónica quitó el papel cuidadosamente y luego lo dobló, para poder reutilizarlo.

Al mirar la variedad de camiones y muñecas, vestidos y pantalones, zapatos y ropa interior nuevos, sentí menos antipatía por los grupos que habían invadido la casa las semanas previas. Para Marcelo había un camión de bomberos de color rojo brillante. Luego de abrir el paquete, levantó la vista y preguntó: “¿Esto es para mí?”. Olga asintió. Marcelo sonrió y dijo: “El mejor regalo de Navidad que había recibido hasta ahora era un pan de Pascua”. El pan de Pascua es una típica torta de frutas chilena.
La mayoría de los niños nos habían hecho regalos a Olga, a Néstor, a Eliana y a mí: dibujos y piñas coloreadas, tapetes a crochet y tarjetas navideñas pintadas a mano. Cristian me regaló un par de calcetines deportivos blancos que había comprado con su propio dinero.
—Te apuesto a que éstos te ayudarán a jugar mejor al fútbol me dijo.
Una vez abiertos todos los regalos y retirado todo el papel de envolver (Verónica se ocupó de salvar las cintas), Néstor puso un casete con música salsa de sonido metálico.
—¡Hora de bailar!— gritó, y todos los niños y los adultos salieron a bailar bajo las estrellas, primero salsa, luego varias versiones funky de melodías navideñas y finalmente la banda de sonido de “Fiebre de sábado por la noche”.
Olga y yo bailábamos disco, los niños simplemente continuaban bailando. Alrededor de la una de la madrugada, exhausto, le pregunté a Olga: “¿No tendríamos que mandar a los niños a la cama?”.
—Gringo, se están divirtiendo —me respondió—. Esta noche y la noche de Año Nuevo son las únicas dos en el año que les permitimos quedarse despiertos hasta tarde. Los hace sentir mayores. Pero también significa que mañana estarán tan cansados que dormirán hasta tarde, y nosotros también.
Sonrió con una sonrisa maravillosa, los ojos brillantes. En ese momento yo tenía veintitrés años, y ella treinta y uno. Me parecía mucho mayor que yo, y con mucho más mundo. Mientras bailamos una canción lenta, olí su perfume. La hubiera abrazado más estrechamente, pero me sentía intimidado. Olga era una de las mujeres más fuertes que jamás había conocido.
Cuando finalmente saludé a todos, alrededor de las dos de la mañana, y me desplomé en la cama, Néstor dio vuelta el casete de salsa tal vez por décima vez y gritó: “¡A bailar!”.

Unas semanas más tarde el correo me trajo un paquete de parte de mi familia. Contenía solución salina para mis lentes de contacto (un artículo caro y difícil de encontrar en Santiago), un par de zapatillas Nike y un par de zapatos café de cuero de una hermosa talla 46, y una fotografía de la familia, de trece por dieciocho centímetros. En la fotografía, mi madre, mi padre, mis tres hermanos, mi hermana, mi cuñada y los dos perros posaban frente a la chimenea de mármol de la casa de mis padres. De la chimenea colgaba una corona de piñas con una gran cinta roja, y mi madre sostenía un letrero que decía: “Feliz Navidad, Esteban, y Próspero Año Nuevo a Olga y los niños”. En la carta que acompañaba el paquete, mi madre explicaba que la traducción era una cortesía del profesor de español de la escuela secundaria local. La carta concluía: “Realmente te extrañaremos esta Navidad, pero esperamos ansiosamente verte en septiembre”.
La carta me puso bastante incómodo. Había evitado decirles a mis padres que recientemente había tomado la decisión de rechazar mi admisión a la Escuela de Derecho de la Universidad de Indiana, y que no regresaría en septiembre, como habíamos discutido originalmente.
Aunque recién era el mes de enero, sabía que cuando llegara septiembre no estaría listo para volver. Había demasiado por hacer, demasiado por aprender. Dejé para más adelante la carta donde les diría que quería quedarme más tiempo en Chile por razones extremadamente difíciles de justificar. Si me era difícil explicármelo a mí mismo, aún más complicado era aclarárselo a otros.