“En la industria de la televisión es mejor visto consumir cocaína que fumar marihuana. Y está claro el porqué. Con la primera no paras y eres más productiva, mientras la segunda está asociada al relajo, al recreo… te pone floja”. La seguridad impresiona más que las palabras de esta periodista y productora de TV. Bonita y con facha de modelo, consume marihuana hace 25 años y no teme autocalificarse como una adicta. “Todos lo somos a algo”, sentencia, mientras prende un cigarrillo, sentada en un rincón de una de las cafeterías más concurridas del perímetro de Bellavista donde se ubican TVN, Canal 13 y Chilevisión. Reacia, en primera instancia, a entregar su testimonio, acepta finalmente sólo con el compromiso de mantener su identidad en reserva. “Aunque todos fumen, verte asociado a la marihuana es estigmatizador. En este país el doble estándar y la hipocresía mandan”, afirma, mientras toma un cortado.

La primera vez que probó la marihuana tenía 14 años. “Llevábamos algunos meses viviendo en California, donde mis papás estudiaban un doctorado. Mi hermano, dos años mayor, estaba con unos amigos fumando alrededor de la piscina. Me ofrecieron. Acepté de pura mona, aspiré un par de veces y me encantó. Me sentía como flotando en el espacio, libre. Simplemente feliz”, recuerda con una sonrisa. Fue un camino sin retorno.

Cada mañana consume un poco antes de salir de su casa rumbo al trabajo. En la tarde, repite la dosis un par de veces y en la noche, cuando su pequeño hijo se acuesta, la duplica. “Es que si no me cuesta dormir”, se excusa.

En la tarde, repite la dosis un par de veces y en la noche, cuando su pequeño hijo se acuesta, la duplica. “Es que si no me cuesta dormir”

La depresión ha atravesado su vida y la cannabis ha sido su gran compañera. También fue la puerta de entrada para otras sustancias más nocivas. “Estuve pegada en la coca a los 20 cuando vivía en Barcelona, pero apenas un año. Ahora sólo hierba y vino o champaña, siempre. Este es mi momento más sano en las últimas tres décadas”, afirma.

Su siquiatra no piensa lo mismo. Por años le advirtió que el THC (tetrahidrocarbocannabinol), el componente que genera las sensaciones de placebo en la marihuana, se transforma en alcohol en la sangre y equivale a tomarse una copa de coñac. Con estudios en mano, dedicó largas sesiones a explicarle que su depresión estaba estrictamente asociada al consumo. Hasta que se cansó de mandarla a sicoterapia. Pero todo fue en vano. “Requiere una voluntad que ahora no tengo, pero que espero conseguir algún día. La vida es muy difícil. Cuando estuve embarazada dejé de consumir y te juro que no la extrañé. Pero en cuanto terminé de dar pecho volví con la misma intensidad de antes y más”, reconoce.

Sus palabras reflejan lo que le ocurre a uno de cinco chilenos que consume marihuana. Pero es más grave aún porque su relación con la droga empezó en la etapa en que el área pre frontal del cerebro no estaba lo suficientemente madura, lo que provoca serios problemas conductuales. Además, altera el funcionamiento a nivel del hipocampo y otras áreas que controlan el ánimo. Un deterioro cerebral irreversible que no presentan quienes se iniciaron en el consumo después de los 20 años.

Los últimos estudios de la Organización Mundial de la Salud indican que entre el 10 y 15 por ciento de quienes usan esta droga presentan abuso o derechamente dependencia. Y no sólo a nivel sicológico, como tradicionalmente esgrimen quienes abogan por políticas de liberalización del consumo. La evidencia científica ha demostrado que en este grupo se dan cambios a nivel cerebral que obligan a consumir dosis crecientes y a experimentar con otras drogas de más alto impacto.

Un buen ejemplo de este calvario es el que entrega el guionista y director norteamericano James Frey en su biografía novelada En mil pedazos. El relato, crudo y estremecedor, arranca cuando el protagonista llega a un centro de rehabilitación. Tiene la cara absolutamente destrozada y no sabe cómo llegó ahí. De pronto, sus recuerdos retroceden al momento en que tenía 12 años y probó por primera vez marihuana. Mucho antes de perderse entre interminables sesiones de crack, alcohol, cocaína y todo lo que encontrara en su camino. La historia se convirtió en una de las más exitosas de la última década. Con más de cinco millones de copias vendidas y traducciones a 30 idiomas, tuvo el mérito de centrar la discusión en cómo proteger del flagelo de las drogas a quienes aún no alcanzan la mayoría de edad.

En Chile, el debate en torno a la sustancia está orientado fundamentalmente a la polémica ley 20.000 y sus múltiples interpretaciones. Sin embargo, al igual que en el resto del mundo, las posturas incluyen temas valóricos y morales, pero pocas veces agregan la evidencia científica que en muchos sentidos es concluyente. Incluso, es común escuchar argumentos completamente falsos que hablan de una supuesta inocuidad, sin considerar el impacto que tendría en la población una eventual legalización, en especial, entre las personas con problemas siquiátricos.

Para dejar que los mayores de edad tomen libremente la decisión de consumir o no, primero tenemos que asegurarnos de que los menores estarán resguardados. Esa capacidad de protección no existe en este minuto en el país.

Para la directora del Servicio Nacional para la Prevención de Drogas y Alcohol (Senda), Francisca Florenzano, es el componente emocional de los casos de gravitación pública —como la detención del hermano de Sergio Lagos, Manuel— lo que más entorpece la discusión. “A mí me encantaría que la sociedad chilena fuera como la holandesa, pero claramente no lo es. Si uno piensa en los lugares de Estados Unidos que han avanzado hacia el tema del uso recreativo y medicinal, son zonas donde se ha logrado controlar muy bien el tema del alcohol en los menores de edad e incluso bajar la curva de consumo. Para dejar que los mayores de edad tomen libremente la decisión de consumir o no, primero tenemos que asegurarnos de que los menores estarán resguardados. Esa capacidad de protección no existe en este minuto en el país”.

Sólo basta ver los problemas que el alcohol genera en quienes aún no alcanzan la mayoría de edad para justificar todas las precauciones que se puedan tomar. “Uno pregunta quién fiscaliza la venta a menores y nadie se hace cargo. Los alcaldes dicen que no tienen recursos, que es tarea de los intendentes y éstos argumentan que no es su responsabilidad. Es un círculo sin destino. Imagínate lo que podría pasar con la marihuana. ¿Quién se haría cargo del control? Además, en el país puedes contar con los dedos de la mano a los siquiatras expertos en adicciones y en el rango de infanto-adolescentes no existen. Carecemos de especialistas idóneos para atender a aquellas personas vulnerables que puedan desarrollar algún tipo de adicción. Lo que no ocurre en los países más desarrollados que están avanzando hacia la apertura. Ellos poseen una estructura asistencial e infinidad de expertos para hacerlo. Hay que ser responsables. Nosotros ni siquiera hemos resuelto problemas críticos”, agrega Florenzano.

Arica es un buen ejemplo de lo anterior. Allí el problema de la droga es endémico, pero el organismo estatal no ha logrado abrir un centro de tratamiento porque no existe el personal competente para hacerse cargo. De los 50 mil millones de pesos que invierte el Estado en esta área, 30 mil se destinan a cubrir problemas de adicciones. “Así y todo la deuda del sistema con la salud mental es algo que no hemos sido capaces de resolver. Esta no es una discusión ideológica, si me gusta o no. Esa discusión la podemos tener cuando hayamos resuelto los temas prácticos. Mientras más precauciones tomemos, mejor porque después no les puedes decir a los papás: ‘es que probé con tus niños y ahora te pido perdón’. Que primero lo hagan otros países. No estoy dispuesta a hacer un experimento como el que va a hacer el Presidente de Uruguay José Mujica”.

Coincidente con esta línea, la Sociedad de Neurología, Siquiatría y Neurocirugía ha planteado que legalizar la marihuana hoy sería lo peor que le podría pasar a las nuevas generaciones. Uno de sus directores, el doctor Daniel Martínez avala esta premisa citando un estudio sobre deterioro realizado por Madeleine H Meier en Nueva Zelanda. Se trata de un seguimiento a mil personas, a quienes evaluaron desde los 13 hasta los 38 años. La principal conclusión fue que las personas que consumían presentaban una disminución del seis por ciento en su Coeficiente Intelectual (CI) respecto del resto de la población que no lo hacía.

La investigación de Meier publicada hace apenas un año fue concluyente. El uso persistente está asociado a un deterioro neuropsicológico que es directamente proporcional a la intensidad del consumo. Y lo que es peor: la suspensión de la droga no restaura completamente el funcionamiento neuronal entre quienes usan la sustancia desde la adolescencia.

Aunque en Chile la investigación al respecto es prácticamente nula, Martínez explica que “uno sabe que hay gente que puede mantener un consumo de bajo riesgo y eso es una realidad. Sin embargo, hay varios grupos vulnerables que al relacionarse con una sustancia potencialmente adictiva pueden llegar a tener consecuencias negativas. Como los menores de 21 años, la gente que tiene alguna enfermedad mental o las personas que están en una situación económica más desvalida. Porque si hay alguien que presenta problema pero tiene los recursos para tratarse es más probable que se recupere”.

Según el siquiatra, está absolutamente comprobado que el uso de la cannabis duplica el riesgo de sicosis y esquizofrenia en personas con antecedentes familiares. Lo que significa que hay quienes probablemente nunca tendrían un episodio de este tipo, pero si consumen, pueden padecerlo. Algo muy similar a lo que ocurrió con la proliferación de los casinos de juego que se tradujeron en un alza sostenida de los casos de ludopatía a lo largo del país.

Según el siquiatra, está absolutamente comprobado que el uso de la cannabis duplica el riesgo de sicosis y esquizofrenia en personas con antecedentes familiares.

En este escenario, la potencia alcanzada por las nuevas semillas de la planta resulta un tema no menor. La hierba cada vez es más fuerte. De hecho, hoy posee un 25 por ciento más de principio activo que la que tenía en la época de los hippies. “Esto aumenta el potencial sicoactivo y hace más fácil desarrollar la dependencia y desconectarte de la realidad. Los consumidores se exponen a más riesgos porque si estoy más volado tengo más posibilidades de accidentabilidad”.

Tal como lo determinó un estudio de Laumon, publicado por el British Medical Journal en 2005, sobre el análisis de mil muertos en accidentes. Ahí se determinó que después del alcohol, el uso de la marihuana estuvo presente en un tres por ciento de los casos. De acuerdo con la investigación, el efecto de letargo motor y las alteraciones en la concentración, memoria a corto plazo y habilidades viso espaciales influyen disminuyendo la capacidad física y motora. Por eso, el representante de la Sociedad de Neurología, Siquiatría y Neurocirugía plantea que “es indispensable implementar un narcotest a los automovilistas pero no sólo para la marihuana sino también para los tranquilizantes”.

Es por esto que en Estados Unidos, los medios de comunicación ya se preguntan quién está detrás de la publicidad positiva de la hierba. Entre muchas hipótesis, hay una que asegura que serían las tabacaleras las que están en el lobby pro legalización a nivel mundial. Francisca Florenzano sonríe y se encoge de hombros. “Entre los grupos que apuntan en ese sentido no sólo están los que defienden la bandera de las libertades individuales. ¡No seamos tan ingenuos de pensar que no hay una estrategia basada en ideas falsas como que la marihuana no hace daño, o que los que se oponen son moralistas o discriminan a los consumidores! Hay que ver más allá. Nuestra salud mental no resiste experimentos. Esto requiere altura de miras”.