Un rey abdica y se anuncia la entronización de su hijo… ¿Qué es esto? ¿El siglo XIII? A estas alturas –cuando la física cuántica ha demostrado que todos somos uno con el universo, sin más dios que el astro que nos dio la vida y la sostiene cada día, sin más leyes que las que mantienen el equilibrio cósmico (aunque haya quienes “crean” otra cosa, eso no cambia la realidad)– parece increíble que haya personas a quienes referirse como “su alteza” y ostenten un derecho basado en nada verdadero para vivir, literalmente, como reyes. Ciertamente son muchos los españoles que se han dado cuenta de que la monarquía no solo es innecesaria y horriblemente cara, también sumamente ridícula… Pero algún poder le queda y todo indica que ahí seguirá, al menos por un rato. Entendámonos, reconozco el aporte de Juan Carlos de Borbón a la transición post Franco y etc. También que su hijo Felipe parece un tipo amable y bien educado (mínimo), seguramente con buenas intenciones, pero, vamos, no seamos simplones.

Obviamente la monarquía es un resabio del primate que alguna vez fuimos. No digo que ya no lo seamos (al contrario), me refiero a esa época en que solo éramos otro tipo de mono más, antes de que ocurriera lo que fuera que ocurrió y que nos dejó convertidos en este embutido de ángel y bestia, como dijo Nicanor. Entonces, al igual que hoy, como sabe cualquiera que haya visto Animal Planet, un macho alfa imponía su supremacía por ser más hábil, fuerte, inteligente y con mejores genes que el resto, lo que le daba acceso libre a todas las hembras que quisiera. Pero… debía consagrarse a su grupo, garantizarle seguridad, alimento y supervivencia. Probablemente, en algún idioma simiesco, se le trataba con algún respeto y cierto honor, porque el tipo se lo merecía o pegaba fuerte. Probablemente ambos. En la antigüedad el mérito no era una serie de condiciones serviles que una oligarquía imponía a los demás para dejarlos probar un poco de sus privilegios, como ahora. De hecho, cualquiera podía ser rey si “se la podía”. Para los egipcios, griegos y chinos el monarca, el mandamás, era sencillamente el mejor, el más virtuoso, noble y fuerte. Duró poco, claro está, porque el poder tiene esa maldición de que quien lo prueba, se obsesiona con adueñárselo, ya saben, el síndrome Gollum, y entonces, claro, todo se fue al carajo. Sin embargo, me parece que la de la Casa Real es una idea digna de rescatar y revisar bajo el prisma del siglo XXI, antes de descartarla como sistema de gobierno ideal. No, no es una contradicción, ahora me explico.

¿A quién no le gustaría ser gobernado por el/la mejor? Cuando eso implicaba genio militar y nobleza, en el sentido genuino del concepto, definir al mejor no era tan difícil. Algunos reyes y emperadores tuvieron incluso sabiduría. Hoy es más difícil, en esta farsa de democracia que padecemos, en que un voto equivale a una nariz y los candidatos que prosperan son los más carismáticos pero a la vez los más neutros, a fin de que la gente pueda proyectar en ellos sus propias fantasías, y difícilmente ejercen alguna autoridad donde realmente cuenta, ¿o usted cree que a Obama manda en la FED o consideran su opinión en las reuniones Bildelberg? Sin embargo, qué duda cabe de que hay sabios, nobles, íntegros, almas superiores, por ahí. Una forma de reconocerlos es, precisamente, su rechazo a toda forma de poder y autoridad sobre los demás. El que sabe, no cambia su libertad por un puñado de cuentas de colores y espejos. No obstante, como en la leyenda del Rey Arturo y el inefable Merlín, en la cruzada dramática de Confucio por encontrar un gobernante digno de oír sus consejos o la dedicación de Aristóteles por hacer de un niño sensible y “pollerúo” un súper líder para la humanidad, tal vez exista algún sabio capaz de señalar a quién debería regir la nación. El simple consenso, la mayoría –nueva o vieja- por lindo que suele, no sirve. Ya hace décadas cuando Gustav Le Bon demostró que en la muchedumbre predomina la inconsciencia y que tocándole la fibra emocional es fácil de pastorear a donde sea…

Tal vez en un futuro no lejano podamos darnos un sistema infalible para medir la calidad humana. Algo así como un contador de fotones o un “humanómetro” capaz de establecer el grado de humanidad que tiene cada cual, con total certeza y a prueba de trampas. Aunque probablemente habría que esperar para eso el retorno de los dioses, qué duda cabe de que probablemente los candidatos de currículum rimbombante, los magnates aburridos deseosos de otra dosis de ego, los mafiosos, los de gran sonrisa y don de la ubicuidad, los príncipes herederos, serían reemplazados por gente sencilla, de esa que alguna vez se cruza en nuestra vida y uno sabe en lo profundo que ha sido un privilegio conocerla. Seguramente más de alguno está pensando en Pepe Mujica… bueno, algo así es la idea. Hablo de un tipo de persona que sí merece el apelativo de “real”, porque el único monarca que vale ante la naturaleza es el que reina sobre sí mismo, una gracia con la que no se nace, ni se obtiene por herencia.

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