Claudia Bobadilla Ferrer posa en el improvisado estudio fotográfico que CARAS ha instalado en su departamento del barrio El Golf. Es abogada de la UDP y ha dedicado toda su vida a proyectos innovadores pero, por su físico y seguridad frente a la cámara, perfectamente podría tratarse de una modelo. Mide 1,82 metro y cultiva un estilo elegante y sencillo. Esta tarde de septiembre está vestida de negro, zapatos bajos y unas pulseras de tonos rojizos que, a lo largo de la entrevista, suenan como un instrumento de madera. Tiene un corte de pelo moderno que le queda estupendo. El primer golpe de vista hace recordar a Claire Underwood, la esposa del senador de House of Cards, la serie de Netflix, que interpreta la actriz Robin Wright.

  —“Precioso departamento”, le comentamos después de la sesión fotográfica.

En ese momento, sentada cómoda en un sillón rojo, Claudia Bobadilla responde con una historia que la retrata a cabalidad y que demuestra lo que resultará evidente a lo largo de la conversación: a la abogada de la UDP, la que recuerda a Claire Underwood de House of Cards, no le es indiferente el mundo en que vive. Le importa, lo cuestiona, lo piensa y se moviliza.

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 —“Este barrio me permite no usar auto”, contesta con tono relajado y  seguro. “En Londres aprendí que ser peatona, caminar, es una manera de compartir espacios públicos desde cierta igualdad”. Relata una anécdota: “Cuando regresé a Chile, me prestaron un auto grande y me paré en Apoquindo, en una luz roja. En el paradero del Transantiago vi a la gente haciendo una fila a las siete de la tarde, con frío y me sentí mal. Yo, la rucia. Representaba todo lo que no quiero ser, y considero que no soy, por el solo hecho de estar como en otro nivel, arriba de un auto grande, mientras la gente estaba en la calle esperando”.

Bobadilla se refiere a su estancia de cuatro años en el Reino Unido, donde su pareja, el empresario Tomás Müller, fue embajador de Chile en el gobierno de Piñera. La abogada había vivido alguna vez en París, en su época universitaria. La experiencia de instalarse una temporada larga en Europa, sin embargo, le removió la visión de todo. Por ejemplo, en actos tan sencillos como asistir al teatro, pudo advertir la diferencia con Chile: “Nadie se ponía elegante para ir a la ópera. Era un espacio, nuevamente, de igualdad”.

La cultura londinense la maravilló y, como suele suceder en las grandes ciudades, había tanto de todo que, para no encandilarse, Claudia Bobadilla tomó la decisión de concentrarse principalmente en un tema: el teatro. Aparte de sus funciones protocolares como esposa de diplomático, se inscribió en un programa de actuación enfocado en Shakespeare en The Royal Academy of Dramatic Art (RADA). “Lo pasé muy mal las dos primeras semanas, porque estaba dirigido a actores con mucho talento y, además, la cultura inglesa no transa en la pronunciación impecable”, cuenta. Pero el esfuerzo valió la pena: llegó a interpretar a Isabela en Measure for Measure y a Goneril, la malvada hija de King Lear, personajes femeninos claves de la obra del dramaturgo.

Lo de Claudia Bobadilla y su obsesión por el papel de las mujeres en la sociedad no es una casualidad. Criada en una familia de clase media, vivió toda su niñez y adolescencia entre Talca, Molina y Curicó, donde estudió la enseñanza básica y media en la Alianza Francesa. Su padre era agricultor. Y su madre, la mujer que la marcó con su ejemplo y fuerza. “Es extraordinaria y, como no había mucha opción, decidió sacarnos adelante y trabajar fuera de la casa. Hasta ahora tiene su tienda de ropa –lleva su nombre, Marina Ferrer— y ha vestido a generaciones y generaciones de curicanas”, relata Claudia Bobadilla. “Soy experta en hacer paquetes de regalos, porque le ayudábamos los fines de semana y en la Navidad. Eso me enseñó que hay que estar dispuesta a hacer de todo en la vida”.

Dice que era la más alta de Curicó: “Y nadie me sacaba a bailar en las fiestas, porque no era cool salir con una mujer tan alta”. Decidió, entonces, refugiarse en los libros. “Teníamos una sola colección en mi casa. Y me la devoré”. Entre los títulos, cuenta, había clásicos de la literatura de Tolstoi, García Lorca, Shakespeare y Wilde. No es difícil imaginarse a Claudia, jovencísima, divagando como adolescente acerca de esas otras vidas que llenaban aquellas páginas, con los libros pequeñitos y gruesos entre las manos, mientras sus amigos preferían el baile.

 “Mi mamá tuvo la visión de pensar que lo más importante era la educación”, recuerda. “Los libros y estudiar en la Alianza, donde se hablaba otro idioma, me hicieron saber que más allá de Curicó había otro mundo. Me abrieron el sueño de querer viajar, salir y conocer”.

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A los 16 años se trasladó a Santiago para estudiar Leyes en la UDP –entró en la segunda generación de 1984–, pero no entendía la ciudad: “Fue una etapa difícil”. No tenía familia en la capital y apenas sabía la forma en que funcionaba el Metro. Muchos años después, en 2001, quizá por su historia personal y la marca de su madre, fundó Comunidad Mujer junto a Esperanza Cueto. Presidió durante dos años esta organización que tenía como objetivo central el aumento de la presencia femenina en el mundo laboral y buscar fórmulas para conciliar trabajo y familia.

Después de dejar Comunidad Mujer, en 2003 asumió como gerenta de la Fundación País Digital. Durante nueve años, hasta 2010, estuvo a cargo de la promoción de la inclusión digital y la aplicación de nuevas tecnologías, especialmente en las telecomunicaciones, la educación y la innovación de la productividad. De esos años, en que también se desempeñó como directora del Banco Santander, Claudia Bobadilla tiene excelentes recuerdos. “País Digital me conectó con un mundo que conocía desde lo legal, porque había trabajado como directora jurídica de Terra Networks y antes en REUNA. En esa época aprendí algo que actualmente parece obvio: que las tecnologías de la información pueden cambiar la vida de las personas. Internet cambió el mundo de las oportunidades”.

La abogada tiene inquietudes que parecen no detenerse y en 2010, nuevamente, formó un proyecto que la moviliza hasta la actualidad: la Red de Alta Dirección de la Universidad del Desarrollo (UDD). Siempre pensaba: habiendo estado durante tantos años relacionada con las altas organizaciones, no solamente del mundo privado, quería también saber, por ejemplo, de ciencia, o viajar a lugares donde no tenía tiempo. “Entonces, ¿por qué no desarrollar una plataforma que permita conectar esta alta dirección que tiene inquietudes más allá del trabajo?”, se preguntó. Así fundó esta red que tiene como objetivo –explica— “conectar, inspirar, generar apertura y apoyar a los actuales y futuros líderes de Chile, para que del intercambio de ideas surjan nuevas ideas. En definitiva, entender más del mundo. Y no solamente relacionarlos entre ellos mismos sino, sobre todo, con algunas zonas de Chile y personajes maravillosos que no conocían”.

“Estamos en un país fragmentado”, reflexiona. “Hay grupos de personas que jamás se encontrarían si no se las fuerza por alguna razón”. Entonces, la red realiza desde 2010 cátedras y laboratorios. En agosto de 2011, por ejemplo, Claire Spencer, la directora para Medio Oriente del influyente think tank Chatham House, estuvo en Santiago para hablar de la primavera árabe. 

 —“Y realizamos expediciones”, agrega.

 —¿Expediciones?

—Tiene que ver con la tradición de los antiguos exploradores, que eran grandes aventureros. Tipos a quienes los movía el afán por conocer y llevar de vuelta a sus tierras esos descubrimientos para enriquecer la propia cultura. No son expediciones turísticas y han sido todas fascinantes, como las que hicimos al observatorio ALMA y a Tierra del Fuego.  

 —¿Qué le maravilla tanto de esos viajes?

—El descubrimiento que ha tenido el mundo de la alta dirección, por ejemplo, de los científicos y, en particular, de los astrónomos. Hace dos años, en Paranal, los vi con lágrimas en los ojos cuando asistieron a una presentación de la astrónoma Laura Pérez, que vive fuera de Chile, y que les explicó el origen de las estrellas. Los empresarios, que se podría pensar que están sólo preocupados de su compañía, se maravillan con el universo o con una charla que les puede dar el geólogo Guillermo Chong sobre las piedras en el desierto de Atacama.

Entre 2010 y julio pasado, dirigió la Red de Alta Dirección desde Londres, donde se instaló también con sus dos hijos, de 21 y 18 años (de su matrimonio anterior). Pero Bobadilla viajaba dos veces por año a Chile para participar en los proyectos. Fue justamente en esa época en la capital británica, de la vida sin auto, de los parques y la cultura, cuando asistió a un debate de Intelligence Squared sobre la política de inmigrantes en el Cadogan Hall. “Un espacio de debate al estilo anglosajón, con mucho glamour, muy masivo”, señala la abogada. Con 12 años de existencia, actualmente es el foro de debate más popular de Inglaterra y tiene la particularidad de mezclar entretención con profundidad de contenidos. “Tiene un tremendo sentido del espectáculo, porque estos debates no tienen por qué ser aburridos. La discusión de lo público debe ser celebrada”, afirma Bobadilla, que luego tuvo la oportunidad de conocer a los fundadores del formato, John Gordon y Jeremy O’Grady, y lograr importarlo a Chile. “Es el primer país de habla hispana que lo realiza”, dice con orgullo.

Debutó el martes 2 de septiembre en el teatro de CorpBanca con un tema provocador: ¿Hay realmente injusticia en la desigualdad? Un equipo lo lideró el ex ministro de Hacienda, Andrés Velasco, que defendió una postura junto al analista Ernesto Ottonne y al director de The Clinic, Patricio Fernández. El segundo grupo, encabezado por la ex ministra Evelyn Matthei, lo compuso el columnista Héctor Soto y el director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, Axel Kaiser. “Resultó entretenido y ágil”.

 —El título era políticamente incorrecto.

—La premisa lo que hace es provocar todo lo que sea necesario sin que termine espantando al público.

—¿Sabemos debatir los chilenos?

—Discutir es una cosa. Tener conversaciones es otra. Hacer conferencias y seminarios es fantástico y valioso. Pero todavía nos falta –y es el desafío cultural que tenemos— aprender a debatir. Primero, porque es una buena práctica democrática. Pero también porque hace que cada uno revise sus propias convicciones y tenga una opinión sustentada. A veces, es mejor el silencio total a la superficialidad en temas que no se manejan. 

 —En Chile cuesta debatir sin sentirse enemigos.

—Debatir es mirar al otro no como tu oponente, sino como alguien que, al igual que tú, puede pensar totalmente distinto, pero también quiere contribuir al bien del país y ser parte activa del bien común.

 —Y usted, ¿cree que hay injusticia en la desigualdad?

—Hay desigualdades propias de la naturaleza, pero el asunto de la injusticia radica en el ámbito de la desigualdad social y específicamente en aquellas desigualdades que por origen mutilan las potencialidades de los niños y niñas en desplegar todos sus talentos. Esa desigualdad en el acceso a buena educación, a salud, a vivienda por razón del origen me parece inaceptable y dolorosa.

Y agrega: “El desafío radica en dar respuestas a esas desigualdades de origen y, al mismo tiempo, cómo somos capaces de la manera más generosa y creativa de diseñar nuestra vida diaria y nuestras ciudades para vivir bien y construir una sociedad mejor. Un buen diseño de espacios públicos como parques, plazas, museos, teatros, y sistemas de transporte públicos contribuyen enormemente a que vivamos mejor y a paliar estas diferencias por razón de cuna. Porque, como dice el haiku japonés, “bajo los cerezos en flor todos somos iguales; nadie es tan distinto del otro”.

Les fue estupendo en participación, relata Bobadilla. Los asistentes llenaron el auditorio para 800 personas y cerca de 76.000 se conectaron para ver el debate: “Más que los asistentes a un partido de fútbol”. El próximo 11 de noviembre habrá una nueva versión donde se hablará sobre legalización de drogas y será transmitido para todo el mundo por la BBC World News. La abogada adelanta que uno de los equipos lo liderará el ex presidente Ricardo Lagos y el otro, probablemente, Patrick Kennedy, ex senador demócrata de Estados Unidos. En enero de 2015 vendrá la versión sobre sustentabilidad. Y ya hay otros tres programados.

La conversación termina –Bobadilla es una tremenda conversadora– y el departamento queda en silencio. Tomás Müller ha salido hace un rato del hogar, sin querer interrumpir. En la biblioteca instalada detrás del sofá se observan fotografías familiares. Algunas de la pareja y otras de los hijos de Claudia, Juan José y José Antonio, que se quedó estudiando Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Edimburgo. Y allí, en el mueble, entre un centenar de recuerdos, la pequeña colección de clásicos de la editorial Aguilar que la abogada leía en su adolescencia en Curicó cuando sabía que en las fiestas no la iban a sacar a bailar. La luce como una especie de reliquia, como si esos libros fueran el origen de su contagioso impulso vital.