Volví. Pasé casi dos meses alejada casi completamente de redes sociales y también de este blog que comencé con tanto cariño en Copenhague y que he seguido ahora que estoy “temporalmente” de vuelta en mi país. El año que estaba destinada a Chile se ha extendido y estaré finalmente algo más de un año y medio, para felicidad de mis padres y nostalgia de la familia que me espera en Dinamarca. Y para qué esperar tanto se preguntaron el vikingo y nuestra hija mayor y, dejando probablemente el verano más formidable desde que se miden las temperaturas, armaron sus maletas y aterrizaron en Santiago. Yo no podía más de dicha.

La mini vikinga terminó feliz y nostálgica su año escolar en el Colegio El Carmen Teresiano y nos tomamos unas breves vacaciones en el sur del mundo. Yo, a la vuelta de la esquina del “cincuentenario” estaba ilusionada con visitar un lugar que no hubiera visitado antes y decidimos que el extremo sur de Chile, en julio, sonaba a aventura interesante. Todos dicen que es un viaje que hay que hacer al menos una vez en la vida, pero creo que una repetición se hace necesaria.

Estuvimos en Puerto Natales y en Punta Arenas; disfrutamos la gastronomía austral y cruzamos el estrecho de Magallanes para llegar a Porvenir e irnos a ver a los pingüinos en el Parque Pingüino Rey cerca de Bahía Inútil. Queríamos ver las Torres del Paine, pero nada se puede hacer ante las inclemencias del tiempo, que a veces parecen confabularse más aún con nuestro buen amigo Murphy. Quieres que todo salga perfecto, arriendas un departamento con vista al muy fotografiado Muelle Viejo en el Canal Señoret y lo que tienes son 4 días seguidos con la más espesa nubosidad, que no te deja ver ni siquiera la hermosa vista que hay del otro lado del canal. Pues bien, seguimos soñando con esas postales maravillosas de lagos y glaciares que ves en aeropuertos y en documentales porque ni por tierra ni por agua fue posible acercarnos a ellos. Pero nuestras vacaciones siguieron siendo memorables y nos seguimos enamorando de este fin del mundo imponente y de una paz sobrecogedora.

Nos encantó Punta Arenas y los -7 grados que marcaba el termómetro, en un día de sol, solo se sentían como una anécdota más en un viaje que no olvidaremos. Los paisajes son impresionantes y la zona tiene algo de salvaje y de mágica que cautiva; el amanecer en el Estrecho es simplemente un sueño, para cruzarlo casi en silencio y guardando el momento, los colores y los sonidos en la memoria colectiva familiar, que sabemos serán motivos para tardes de “hygge” recordando cuando ya estemos del otro lado del Atlántico todos juntos nuevamente.

Muchas fotos y risas después volvimos a Santiago para seguir trabajando, yo, y ellos de vacaciones. Celebramos los 85 años de mamá en Curicó y por fin ella tuvo el regalo de tener a toda la familia junta para dar gracias por su vida y un año más de recuerdos compartidos.

Y así llegó el día de la despedida, y el vikingo y las vikingas -que ya de “mini” nada tienen, sino que se han convertido en propiedad en dos jovencitas con sus mundos y planes propios-, me dejaron con un vacío enorme en casa y en el corazón. ¡Por Dios que es distinta la emoción al partir o al ser quien se queda! Esta vez fui yo la que se quedó y ver que todos se iban fue fuerte, muy fuerte… y los quise aún más, si eso es posible. Aunque suene extraño cada vez me convenzo más de que la distancia estrecha los lazos y los sentimientos. Cada vez nos conocemos más, de manera distinta, de una forma que no se da cuando estamos en casa en nuestra zona de confort, nos hemos sorprendido todos de nuestra capacidad de adaptación y, aunque parezca casi loco, nos comunicamos más también. Y para los que quieren saber, la pasión se mantiene viva y hay un reencantamiento que confiamos mantener si logramos algún día pasar un año entero, 365 días, juntos… algo que todavía no sucede en nuestros 18 años de matrimonio.

Qué decir, Pedro Navaja tiene razón … “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”

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