¿Qué tiene que ocurrir para que nos demos cuenta de que estamos iniciando un camino sin retorno? Cada vez que veo en las noticias la ciudad sitiada por hordas salvajes que destruyen e incendian todo a su paso, ante la incomprensible pasividad de la fuerza policial que, cuando interviene, lo hace tarde y de manera ineficiente, me pregunto si solo yo estoy viendo aquello.

Grupos organizados portando banderas desconocidas, emblemas de diversas causas que al final llaman a una sola cosa: insurrección. El lado violento de la inconformidad, pese a su alto grado de estupidez, no difiere mucho en realidad de la enorme mayoría que integra una marcha alegre, colorida e infinitamente más creativa y edificante. En el fondo, son exactamente lo mismo, el síntoma de un descontento profundo e irreversible que no se resolverá, lo digo con total responsabilidad, con ninguna de las ideas que proponga el establishment. Lo que acá se ha incubado es una revolución sin vuelta, probablemente como todas, esas en que nadie gana en realidad y simplemente los privilegios cambian de mano por un rato.

Esta mañana decenas de establecimientos educacionales están siendo intervenidos por Carabineros. “Desalojo” le llaman al operativo… Ocurre que esos recintos, en los que se solía ir a aprender, a hacer amigos, a recibir experiencia de los mayores, a “educarse” en el discutible arte de ser un ciudadano funcional al sistema; para los jóvenes de hoy representan un mundo del que no se sienten parte. Y he aquí que la autoridad necesita esos lugares para usarlos como locales de votación en las primarias, un proceso que ni a esos jóvenes, ni a la gran mayoría de nosotros -reconozcámoslo- nos  importa en realidad. Y mientras nos hablan de que el domingo será una “fiesta cívica”,  decenas de niños hastiados e indignados son llevados por la fuerza a las comisarías en calidad de detenidos, ante la desesperación de sus padres y el estupor de los profesores y los alcaldes. El ministro del Interior, encargado de la seguridad ciudadana, vocifera justificando el uso de la fuerza para mantener el orden, como si eso alguna vez hubiera funcionado; y la ministra de Educación -una ejecutiva ejemplar del Chile de primer orden, ese que se queda con la casi toda la torta- anda de vacaciones en Europa.

¿Después se preguntan por qué la indignación?

Este gobierno que toca a su fin será recordado por pasar dos tercios de su exigüo periodo en guerra campal con los ciudadanos, con las calles como campo de batalla. Principalmente con los estudiantes y detrás de ellos, contra sus padres esclavos del sistema financiero, perjudicados por sus AFP, explotados por sus Isapres, mal pagados en sus trabajos extenuantes y entregados al abuso y la arbitrariedad en cada instante de sus vidas.

Adultos que solo valen según su capacidad de endeudamiento y en la medida en que pueden sumar un voto para que la burguersía dominante pueda seguir profitando de los poderes del Estado. La indignación incubada eclosionó bajo las narices de la administración Piñera, pero ello no fue simplemente por la falta de habilidad política del gabinete o la proverbial falta de empatía del mandatario. A lo sumo, la fronda aristócratica modelo 2010 fue la gota que rebalsó el vaso. Tal como está ocurriendo por todo el planeta.

A veces estos vientos de cambio me dan esperanza, me hacen creer que es posible un nuevo orden de cosas, aunque sin duda eso tendría un alto costo, uno inimaginable ahora. Siento así sobre todo cuando veo que la indignación se enciende en lugares remotos como Turquía, donde los ciudadanos no están dispuestos a permitir que una plaza sea destruída para instalar ahí un mall. La imagen de cientos de personas paradas en silencio, como estatuas humanas en honor a la no violencia, fue conmovedora. También me da esperanza ver cómo en Brasil millones de personas cansadas de la caricatura de que lo único que les importa es el fútbol, vociferan “basta”, exigiendo dignidad y respeto, armando un carnaval de indignados que pone en jaque las políticas del gobierno.

Lamentablemente por estos lados la educación ni siquiera fue reemplazada por fútbol y demasiadas plazas han sido destruidas para instalar malls y supermercados, con sus dosis letales de televisores, comida basura y otros cachivaches en cuotas a plazo. Eso podría explicar por qué para tantos jóvenes chilenos la indignación es sinónimo de destrucción.

Tal vez este domingo sí se realicen con cierta tranquilidad las cacareadas primarias. Los ganadores nos vendrán a decir, otra vez, que ha sido un logro nuestro, del ejercicio de nuestro derecho, que ellos puedan participar en la competencia por la corona del ego. Prometerán que ahora sí, en caso de llegar a La Moneda -el equivalente a ganar una vuelta de la silla musical de su exclusivo club- esta vez si que sí, harán que nuestras vidas mejoren.

Mientras tanto, en alguna parte seguirá incubándose ese germen que en la historia tantas veces ha hecho su aparición mientras en los salones se celebraba y declamaba con  vanagloria, ignorantes de lo que realmente está pasando allá afuera. Ese que aparece cuando la gente insatisfecha se da cuenta de que las cortes gobiernan sobre ellos y las instituciones funcionan para unos pocos solo mientras muchos  lo permiten… Y que los dioses sean piadosos.

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