El futuro era nuestro tema favorito cuando niños. Arriba de un árbol, en el patio del colegio o tendidos al sol luego de la piscina, hablábamos del futuro. El futuro era el año 2000. “En el año dos mil los relojes van a tener teléfono con televisor”, “en el año dos mil va a haber robots en todas partes”, “en el año dos mil la pared va a ser una tele gigante” y así… colegio a distancia, comida en cápsulas… Un producto del futuro que nos gustaba mucho a los hombres era un mameluco especial que iba a repeler la suciedad y se podría usar día y noche, haciendo innecesaria tanto la ducha como cambiarse de ropa.

Los grandes también hablaban del futuro; así, algunos tíos imaginaban un mundo en que todo sería de todos, otros un futuro de desarrollo industrial y prosperidad, con frecuencia discutían por el futuro. Pero ese futuro de ellos era aburrido, le llamábamos política. “Los grandes están hablando de política”.

Poco a poco, todas esas cosas llegaron; a medias, pero llegaron. Nada resultó ser exactamente como lo soñado, pero todo llegó. A veces no nos gustó, otras resultó mejor que lo esperado e incluso aparecieron algunas con las que nunca soñamos. Solo el auto volador sigue pendiente. El futuro de nuestros padres también llegó, intentaron el país en que todo era de todos, luego intentaron el país de la prosperidad, llegó la conciencia social —más o menos— y llegó la prosperidad —más o menos— pero esos futuros tampoco nos gustaron.

Y así, en trozos y silenciosamente fue llegando el futuro. Y no nos dimos cuenta cuando empezó a llegar en cuotas, sincronizado y semestral: el nuevo iPhone en julio, el color Pantone del próximo año que se nos anuncia puntualmente en diciembre… El bombardeo de innovaciones en envoltorio comercial transformó el futuro en uno a corto plazo y luego en un casi presente. Ya ni los niños ni los adultos ven el futuro como una utopía en construcción que quizá tengamos la suerte llegar a conocer.

Me fascina mirar la galería de afiches en el cine, contar y clasificar la oferta de películas; esa es la oferta que cuenta, esa es la oferta por la que la gente está dispuesta a pagar y la que finalmente puebla su imaginación. Poco interesa que mis amigos hipsters cinéfilos descarguen la última película del nuevo cine malayo. Dice mucho más esa cartelera de las multisalas donde siete de cada diez películas son de fantasía (animación, hobbits, superhéroes) y dos son comedias.

Hemos satisfecho nuestra necesidad de ensoñación con mundos virtuales desalojados del tiempo y con la sorpresa periódica de productos tecnológicos predecibles. De manera que ya no imaginamos el futuro como un lugar resplandeciente que se vislumbra en un recodo lejano pero aún al alcance de nuestra biografía. Lo hemos acercado a la fuerza, lo hemos alcanzado; hemos cambiado un gran futuro lejano por pequeños trocitos de futuro, más chicos, es cierto, en general pacotilla, pero frecuentes y al alcance de la mano.

Ya no tenemos año 2000. Nuestros problemas comenzaron cuando dejamos atrás el futuro.