Cuando me describen a alguien como entusiasta, lleno de energía, hiperactivo y muy fan de una cosa u otra, una especie de cansancio predictivo me impide acercarme demasiado a ese alguien supuestamente tan dotado para la mecánica social. Al final, si es por trabajo, en general nos avenimos, porque la mayoría de esos torbellinos agradece que otro no le haga todo el caso, lo calme, le ordene un poco la cabeza, descarte tres cuartos de sus prioridades y le responda sin alharaquear. En unas vacaciones o un viaje los podría asesinar, sin embargo. (Casi lo he hecho.) No es que sea distímica pero me cuesta interactuar con gente que no puede estarse quieta un minuto, cuando es tan rico quedarse en un mismo lugar, haciendo algo que te gusta durante largas horas sin ser interrumpida. ¿Para qué tanta variación?

De todos modos, hablando en serio sobre el entusiasmo me di cuenta de que confundía los conceptos. No es lo mismo ser entusiasta que fan, hiperactivo que energético. Hay amargados con mucha energía: ciertos dirigentes políticos o sociales de pensamiento unidimensional no son realmente entusiastas; están obsesionados, que es otra cosa. De los fans (adultos) no puedo hablar mucho porque en el fondo, como a los coleccionistas de cucharitas, no los entiendo: eso de ocupar tu cabeza mucho rato con los ires y venires de otra persona, a menos que seas su asistente o productor o secretario, es un poco patético, hallo. El hiperactivo, bueno, no puede evitarlo. Los entusiastas, en cambio, perfectamente pueden ser serenos, racionales, callados incluso. No es el griterío ni mover nerviosos la patita lo que los define: es la esperanza. 

Una amiga va a poner una librería en Vitacura o por ahí: ¿qué más entusiasmo que eso? Por aquellos barrios no hay casi librerías, y no es porque a nadie se le haya ocurrido. El comercio va donde lo llaman y no suele equivocarse. En el barrio alto de Santiago puedes comprar una infinidad de artículos raros, exquisitos y diversos, importados de muchos países, pero no hay libros porque a quienes viven allí no les interesan: eso es una conjetura razonable. En Vitacura, por librería se entiende esa tienda fea a la que uno va en marzo a comprar forros de cuadernos, gomas y lápices. Bueno, en tiempos en que la industria editorial está de rodillas, en que la incertidumbre en el rubro es total, en que una respetada librería santiaguina acaba de quebrar en La Dehesa, mi amiga quiere intentarlo. 

No lo necesita. Lo quiere hacer. Y lo va a hacer bien porque es inteligente, porque no hace locuras, porque sabe calibrar los riesgos y las posibilidades, porque tiene tino y cuidado, porque la gente la quiere. Pero sobre todo porque es una entusiasta. Entiende bien las dificultades, sabe que no tiene que demostrarle nada a nadie, pero simplemente quiere hacerlo, y ¿quién se lo va a impedir?

Mi amiga no es hiperactiva ni un torbellino imparable ni de profesión fan. Es una entusiasta, y yo, que no lo soy, la admiro tanto.