La carta al director, firmada por José Luis Vergara Bezanilla el domingo 27 de mayo pasado en El Mercurio decía así: “Tengo 87 años, soy pintor y abogado. Hace 60 años que vivo en mi casa de La Perousse, en Vitacura, mi único bien, mi hogar y mi refugio. Cuando construí mi casa, este barrio era un campo.  La especulación inmobiliaria ha cambiado la fisonomía de los barrios y ha distorsionado el valor de las contribuciones. Estas subieron, desde el 30 de abril, de manera brutal en casi un tercio. ¡Un tercio! Mi modesta jubilación no me alcanza para pagarlas. Me siento, de facto, expulsado de mi hogar, exiliado del barrio de toda mi vida. Vivo una vida sencilla, austera, no tengo auto y no hago negocios con mi vivienda. ¿Es justo que se castigue a un propietario de una casa que no tiene gravamen alguno y no exista, en cambio, un impuesto al lujo, al segundo auto o a la segunda vivienda? Pagar una contribución desmedida por una casa sencilla como la mía no tiene lógica alguna. Hay aquí una complicidad entre el Estado y el mercado inmobiliario que perjudica a personas de clase media como yo, segregando aún más la ciudad en que vivimos. ¿De qué sirve subir las pensiones de las personas mayores si por otro lado se las castiga de manera inmisericorde con esta “contribución” a la propiedad, fruto del esfuerzo de toda la vida? ¿Queremos a los abuelos en asilos, queremos una ciudad con barrios sin adultos mayores y gente sencilla como yo? Una ciudad deshumanizada, una ciudad no para los habitantes sino para los especuladores”.

—Adelante. Mucho gusto. Un beso. Ven por acá. Por favor, asiento.

Es el mediodía de un frío viernes de junio y José Luis Vergara Bezanilla, el hombre de la carta, se sienta en una desvencijada silla de plástico ubicada en el patio delantero de su casa. Desde allí contempla su selvático antejardín, repleto de plantas y árboles, un espacio igual de frondoso que el jardín que se esconde en la parte trasera de su casa, una construcción de los años 60 donde vive solo. Aquí, en el corazón de Vitacura, donde el metro cuadrado actualmente se cotiza a 50UF o incluso más, Vergara Bezanilla decidió hace cinco décadas construir su casa, poco antes de abandonar su carrera de abogado para dedicarse a la pintura y “vivir quitado del mercado común del hombre sencillo que se desenvuelve todos los días igual sin ninguna variación”, dice mientras peina su barba blanca con los dedos de su mano. “Yo me escapé de eso. Y estoy acá en la soledad. Este lugar significa absolutamente todo para mí”.

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El modo aristocrático de José Luis —el sexto de una acomodada familia de 11 hermanos—, contrasta con la vida modesta y a ratos precaria que lleva hoy. Viste unos pantalones gastados, una chaqueta de tela percudida sobre la que lleva un cinturón, una bufanda de polar y encima de su pelo blanco la clásica boina con la que se ha retratado en varios cuadros que guarda en el living de su casa, una construcción que se nota fue distinguida, pero que está a mal traer.

Vergara Bezanilla apenas vive con su pensión de 200 mil pesos. Por eso puso el grito en el cielo cuando a fines de abril una carta del Servicio de Impuestos Internos le anunciaba que debía pagar 700 mil pesos de contribuciones cuatro veces al año. Hacía tiempo, cuenta sentado en su jardín, venía tratando de que alguien escuchara su argumento: que aunque él vive en una de las calles de mayor plusvalía en Santiago, no tiene recursos para pagar las contribuciones. Por eso, indignado, el pasado sábado 26 de mayo llegó a la casa de su amigo el escritor Cristián Warnken, quien vive a pocas cuadras, con un borrador escrito a mano. Al leerla, dice Vergara, Warnken quedó conmovido. Entonces se sentó frente al computador, transcribió el manuscrito y lo mandó por mail a las cartas al director de El Mercurio. Al día siguiente la breve nota circulaba no solo en el diario sino que era compartida cientos de veces en redes sociales. Mientras por la puerta de la casa de Vergara Bezanilla —que no tiene timbre—, se asomaban uno tras otros los periodistas de los canales de televisión para pedirle que contara su historia, adultos mayores de otras comunas se llamaban por teléfono para comentar la carta, alarmados por lo que, en ella, aseguran, se atreve a plantear: el drama de la clase media empobrecida que se esconde en los barrios ricos de Santiago.

Allegados en Vitacura

Cuando por la pantalla del televisor de su casa, ubicada en la calle Lo Beltrán, Víctor Gutiérrez Marín, presidente de la Junta de Vecinos Nº 9 de Vitacura, escuchó el relato de Vergara Bezanilla, dice que quedó tan conmovido que cambió varias veces de canal para ver todas las notas que pasaban los noticiarios. “Quedé súper angustiado con su testimonio, porque lo que él plantea es la punta de un iceberg. Lo que hay detrás es un temazo: una clase media que tuvo un muy buen pasar, pero que hoy está completamente empobrecida y sola. Hay muchas personas como él que están viviendo una situación similar en Vitacura y nadie lo habla”, dice preocupado.

“Lo que yo he visto me hace sentir una impotencia salvaje. Según los números pareciera que en Vitacura todo funciona bien, aparece como una de las comunas más ricas de Chile, pero tiene escondida una realidad que no se ve. Vitacura es una comuna rica, pero falsa”, dice. Gutiérrez, quien tiene 63 años, si bien es ingeniero comercial y trabaja haciendo asesorías laborales, se define como una persona que toda la vida ha tenido “vocación de servicio”. Vive hace 28 años en Vitacura y hace tres es presidente de la junta de vecinos de su barrio. En las últimas elecciones municipales se postuló a concejal como independiente, aunque se reconoce simpatizante de derecha. Y si bien no salió elegido, una de las propuestas de su programa era enfocarse en las necesidades de los adultos mayores de la comuna.

“Yo camino mucho por el barrio y así me he dado cuenta de la cantidad de personas mayores que deambulan solos por Los Cobres de Vitacura o en los supermercados. Se sientan en las bancas acompañados de su perro para mirar a la gente, esperando que alguien les hable. Lo veo, pero también lo sé porque en charlas informales a la salida de la iglesia, en los cafés, me he instalado a conversar con muchos de ellos”. En esos diálogos, asegura, le ha ido tomando el peso a los dramas que esconden esas personas tras las fachadas de sus casas. “Algunos no se atreven a salir. Otros no tienen los recursos para hacerlo, porque tienen problemas económicos. Están enfermos, reciben pensiones pésimas y no saben qué hacer”, dice.

“Para vivir hay muchos que tienen a gente allegada: estudiantes o cajeras de supermercados a quienes les arriendan una pieza. Es una realidad camuflada, pero yo la veo porque, por ser presidente de la Junta de vecinos, me piden muchos certificados de residencia. Es impresionante descubrir la pobreza que está viviendo mucha gente en Vitacura”, dice. Antonia Larraín, directora de Desarrollo Comunitario de la Municipalidad de Vitacura, reconoce que el problema de la pobreza encubierta es una realidad creciente en la comuna. “Cuando llegué a trabajar hace 13 años a la municipalidad, los adultos mayores que se acercaban a pedir ayuda social venían con la cara casi tapada para que no se descubriera que estaban pasando un problema económico”, dice. “Con los años la verdad es que esta pobreza encubierta se abrió un poco y muchos adultos mayores, que por lo general son el universo de gente que viene a pedir ayuda social, empezó a relajarse un poco más y a reconocerlo”.

Según el último Censo, Vitacura es hoy la comuna que tiene más adultos mayores entre su población: de los 85 mil habitantes, 22,9% son adultos mayores. De ellos, 3.880 se han inscrito en el Registro Social de Hogares (RSH) —lo que hasta hace poco se llamaba Ficha CAS o Ficha de Protección Social— y según la última actualización, a abril de este año, 1.718 están en el rango de vulnerabilidad socioeconómica. Es decir, más de la mitad de los inscritos. “En general son personas que han vivido toda la vida en el mismo lugar, tuvieron un buen pasar, trabajaron años, fueron profesionales, pudieron tener a sus hijos en colegios pagados, pero como no se impusieron, hoy tramitan la pensión solidaria básica: estamos hablando de 110 mil pesos”, explica Larraín. “Con ese valor no alcanza para pagar ni las contribuciones, ni patentes, ni para comer, ni para nada. Acá hay adultos mayores que viven solos en una casa de 300 millones de pesos, pero que por dentro están deshechas, porque no las pueden pintar, no las pueden mantener.  Llegar a estas historias, para el mismo municipio es difícil, porque muchos adultos mayores, con tal de no reconocer la pobreza en la que viven, se enclaustran en sus casas o departamentos”, dice.

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Beatriz Fernández, socióloga de la Universidad Católica y autora junto a su par Soledad Herrera de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez, ha seguido el tema de cerca y asegura que ese empobrecimiento y aislamiento de la soledad se va dando de a poco, como un efecto en cadena difícil de detener, porque, a la vez, en los barrios ricos es difícil de detectar. “Algo que les pasa a muchas personas mayores que tienen un estatus de calidad de vida con ciertos ingresos altos en Chile es que cuando se jubilan de repente se ven con 50% o menos de ingreso de lo que acostumbraban y se enfrentan ante la dificultad de seguir solventando el nivel de gastos que tenían. En el caso específico de las personas que viven en sectores más acomodados como Vitacura, Las Condes, Providencia eso coincide con una cosa bien del entramado social: que como son personas que se compraron esa casa y vivieron 50 años en el mismo lugar, toda su vida la hicieron en función de ese barrio. No solamente tienen apego hacia la casa, sino que a los vecinos porque los conocen. Irse de ahí, lo que resolvería quizás el costo de vida, no es tan fácil, porque para ellos significa cambiar todo su imaginario social y todo lo que han construido en un entorno que conocen y donde efectivamente se sienten seguros. Muchos, ante estos casos, dicen vender sus casas y resolver el problema, pero irse a un sector distinto en ese contexto de la vida es muy difícil. Hay un choque importante”, explica. Ese sentimiento de pertenecer a un sector, a una clase que puede elegir y que ha estado acostumbrada a autovalerse, explica la socióloga, se cruza con otro tema: la vergüenza a pedir apoyo social cuando comienzan a verse en aprietos económicos.

“Porque si tú eres una persona mayor que vienes de un segmento más vulnerable, posiblemente ya recibes beneficios estatales y estás acostumbrado a ese link, entonces no te da vergüenza pedir esa ayuda. Pero cuando se trata de personas que toda su vida se han mantenido a sí mismos, que han podido solventar sus gastos, da vergüenza ir a decir que necesitas ayuda, porque también hay una cosa de posición social: quieren mantener cierta imagen. Y por dentro dicen ‘cómo yo me voy a acercar al municipio’. Eso hace que todo sea más complicado. Porque son personas que ante su nueva condición de pobreza no asumida prefieren esconderse. Antes que mostrarse vulnerables y dependientes, la reacción es decir que no, no necesito ayuda, me las banco como sea, paso hambre. Y lo que empieza a suceder muchas veces comienzan a aislarse: tratan de no juntarse con el resto porque es una forma de defensa para no terminar demostrando que tienen carencias económicas”.

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Canapés en la cartera

Otra de las comunas donde el problema de la pobreza encubierta entre adultos mayores se visibiliza cada día más es Providencia, donde el Censo 2017 arrojó que 18,5% de su población son adultos mayores. De ellos, según el último registro realizado por el Departamento del Adulto Mayor, 958 se encuentran en situación vulnerable. De esas historias Mariana Ariztía, quien trabajó 27 años como receptora y actuaria del Primer Juzgado de Policía Local de Providencia, asegura, conoce por montones. A sus 71 años bien llevados, jubilada hace 10 años, desde 2011 dirige la Junta de Vecinos 3A, cuyos límites son, al sur Eliodoro Yáñez, al norte Andrés Bello, al oriente Pedro de Valdivia y al poniente Manuel Montt; un sector donde viven más de 5 mil personas, según sus cálculos, 60% de ellas adultos mayores. Además, participa en Unión Vecinal, que reúne a todas las juntas de vecinos de la comuna. “En este trabajo he descubierto cosas dramáticas –dice—. Este es un sector donde antiguamente llegaron a vivir muchos ejecutivos de la Caja de Empleados Particulares que se han ido muriendo. Ahora están quedando las viudas que, en épocas de esplendor, cuando sus maridos trabajaban, tenían mucho más. Pero hoy son viejitas que tienen 80 o 90 años y varias viven solas y de manera miserable, en departamentos que valen sobre los 130 millones, pero en condiciones insalubres”.

Reticentes a hablar de sus penurias, para poder sobrevivir, comenta Ariztía, muchas han empezado a arrendar piezas de sus departamentos. “Meten a gente extraña a sus casas, que yo encuentro que es la denigración más grande a la que tiene que llegar el ser humano para poder comer”. Mariana asegura que la pobreza oculta que están viviendo los adultos mayores es algo que preocupa a distintos sectores de Providencia. Más aún desde el aumento de las contribuciones ocurrido a fines de abril. De hecho, tras la publicación de la carta de Vergara Bezanilla, la compartieron por email entre varias juntas de vecinos quienes han estado en contacto para ver cómo hacerlo para instalar este tema en la agenda nacional, así como pasó con el Sename. Entre los que urgen porque eso ocurra están María de los Ángeles Puig y Arnaldo Nieto, quienes viven hace 52 años en una de las últimas casas que queda en pie en la calle Manuel Barros Borgoño. Son el único matrimonio que permanece de los antiguos. Todos los demás, dicen, se fueron “empujados por las inmobiliarias”.

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Quedaron aislados en un barrio donde, recuerdan con nostalgia, antaño vivían abogados, ex presidentes de la Corte Suprema, arquitectos, profesores. El fue ejecutivo de Nestlé por más de 30 años. Ella trabajó por 27 en Los Gobelinos, de la que eran dueños sus padrinos. Ahora viven con la jubilación de él —500 mil—, más la de ella —130 mil—. Dicen que no pasan penurias porque se ajustaron a vivir con lo que tienen, pero como ya no les alcanza para darse gustos—solo en isapre gastan 250 mil pesos al mes, en contribuciones tienen que pagar 240 mil cada cuatro meses—, dejaron de salir a comer y de visitar a sus amigos en la costa.

“Por eso uno se va aislando”, aseguran. Y aunque les han ofrecido repetidas veces más de 500 millones de pesos por su casa, dicen enfáticos: “Nosotros no nos vamos de acá, porque tenemos educación y raíces”. Otro vecino que está movilizado por destapar este problema es Pedro Torres, agricultor devenido en escultor, quien vive en el barrio Santa Isabel y a sus 75 años bien llevados prepara una carta que le quiere hacer llegar al Presidente de la República, al presidente del Senado y a la presidenta de la Cámara Baja.

“Mi jubilación de 137 mil pesos solo se reajusta mensualmente según el IPC. Es decir, máximo 4% al año, mientras las contribuciones desde la última que pagué el año pasado a la primera de este año subieron 40%”, agrega indignado. “De un día para otro en Chile empezaron a considerar que todos éramos ricos cuando no es así. A nadie le gusta, y menos en comunas como Providencia donde es conocido el tema de la pobreza enmascarada, hablar de este asunto. Por eso en muchas ocasiones ves a las señoras salir de sus casas muy arregladitas. Con su pañuelo al cuello, con los zapatos bien lustrados. Pero puede que no tengan ni para comer”, dice.

“Eso es totalmente cierto”, agrega Mariana Ariztía. Y para demostrarlo, da un ejemplo. “Cuando era funcionaria, siempre veía en los cócteles de la municipalidad cómo había señoras que abrían las carteras y echaban los canapés en ella. Yo decía ‘estas viejas emperifolladas que vienen y no tienen ni la educación para comerse un par de pastelitos y punto’. Ahora que soy dirigenta entiendo que no lo hacían por mala educación, sino por necesidad. Para muchos adultos mayores en esta comuna, es el único momento donde pueden darse un gusto. Y para muchos otros es el único momento que tienen para comer”.