No sería Año Nuevo en el reino más antiguo del mundo sin el discurso que su reina, Margrethe II, ha entregado cada 31 de diciembre, a las 6 de la tarde en punto, por 46 años, desde que asumió el trono en 1972. El discurso en cuestión se espera, se escucha, se analiza y se comenta… el mismo procedimiento cada año y aun así sigue sorprendiéndome.

Este año no ha sido fácil para la familia real. Durante el último verano se hizo público el diagnóstico de “demencia” que padece el Príncipe Consorte Henri y esa, sin duda, es una situación fuerte para cualquier familia, quizás más aún para ésta que vive en el ojo público. Aquí la familia real se mueve en niveles de popularidad bastante altos y así como es querida es también respetada en su privacidad y se da una relación muy fluida entre ella, la prensa y los daneses en general. Quizá con más frecuencia que en otras latitudes, aquí es posible encontrarse en la calle o en una tienda con la mismísima reina o alguno de los príncipes o princesas y, de verdad, a nadie se le ocurriría interrumpir la privacidad del momento; una mirada discreta, quizá una sonrisa y una ligera genuflexión de respeto si las miradas llegan a cruzarse, pero nada más… y los teléfonos quedan definitivamente en la cartera. Distinto es si se les encuentra en un evento público ¡en ese caso los flashes no paran!

De vuelta al discurso, la reina se refirió a la riqueza de las diferencias, a cómo Dinamarca necesita también de las habilidades y talentos de todos, de los daneses y también de los inmigrantes. Sí, de este lado del Atlántico el tema de las oleadas de inmigrantes con todos sus desafíos sigue siendo relevante y actual, como comienza a percibirse también en Chile, aunque con importantes diferencias de volumen.

En fin, sus palabras inclusivas y cálidas fueron recibidas de manera positiva y abierta por los daneses y también por quienes llegamos a este puerto por las vueltas de la vida. Sus palabras se recibieron, sin duda, como un mensaje no solo hermoso sino también de unidad en el reino, donde todas las fuerzas y todos los aportes deben ser valorados, porque es con todas las manos y con todas las experiencias como se puede mantener y seguir construyendo una sociedad que quiere seguir siendo abierta y acogedora. Porque sí, las ideas e inspiración que llegan de más allá de nuestras fronteras son también valiosas para el crecimiento de una nación o para mantener la posición que se ha logrado.

Personalmente, yo aprecié muchísimo sus palabras destacando la importancia de que a veces nos demos tiempo para hacer algo que no sea necesariamente “útil”, es decir, lo valioso que puede ser también el ocio. Y lo planteó como un pequeño desafío: tomarnos el tiempo para, de vez en cuando, hacer algo que normalmente no hacemos. Algo que no es “necesario”. Un paseo por el bosque, la playa, un parque; ver una serie de televisión, leer un libro, tejer, bordar… lo que sea, por el placer de hacerlo y ya. O como Su Majestad lo planteó, con un ligero toque de ironía que identifica a estos vikingos: “Creo son importantes las experiencias que le hablan a nuestros sentidos, que hacen más fecunda nuestra imaginación, que nutre nuestros pensamientos y que puede ampliar nuestro mundo. No es del todo tan inútil, incluso”.

Y como dicen por ahí que todo con moderación tiene sus beneficios… le haré caso a Su Majestad y este año intentaré darme más de esos recreos de ocio y ¡ya me estoy ilusionando con ello!

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