Con garbo de una mujer de realeza y enfundada en un vestido camisero blanco de Givenchy, Meghan Markle (36) —ahora duquesa de Sussex— atravesó la embocadura del hipódromo de Ascot aferrada a la mano del príncipe Harry.

Era su primer Royal Meeting, aquella longeva tradición que convoca a la familia real y a la nobleza británica cada junio desde 1771 para dar inicio a las carreras de caballos purasangre en los circuitos ecuestres del condado de Berkshire. Pero a seis millas del castillo de Windsor, la sagrada cita anual entre aristócratas no solo vale para ver corridas durante cinco días, sino para conmemorar más de trescientos años de historia del buen vestir de la realeza.

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Parte del dress code exige, entre otras cosas, llevar la cabeza tapada con fascinators o sombreros de al menos diez centímetros de ancho, y Meghan decidió ser fiel a la usanza con un tocado bicolor obra de Philip Treacy, diseñador predilecto entre los ingleses.

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Sin embargo, mucho antes de que los duques de Sussex llegasen al encuentro, la reina Isabel II, de traje y sombrero amarillos con flores azul añil, ya había acaparado buena parte de la atención. Lo mismo la condesa Sophie de Wessex con su apuesta por un tocado de gran diámetro y plumas palo rosa; las princesas de York Beatriz y Eugenia, una con un vestido de encaje azulino y tocado de flores, y la otra con una jugada absoluta por el blanco —muy comparada con la de Meghan—; o Camilla, la duquesa de Cornwall y su sofisticada indumentaria de tinte vainilla.

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El gran look ausente se lo adjudicó Kate Middleton, que continúa en proceso de postparto. El resto de los invitados optó por sombreros de jaulas florales y rosas XL, así como fascinators tapizados de plumas y mariposas de colores. Nunca es suficiente gala cuando se trata de una corona que, tal como en pleno siglo XVIII, invita cada año a los suyos a apostar por un purasangre y presumir la historia de la moda que aún desfila ceñida a sus cabezas.