Seamos francas: no es lo mismo que los cuarenta a una la pillen fantaseando con un vestido de novia que en una relación con libreta. Esta afirmación puede parecer machista y hasta patriarcal, pero así como me preocupo de ahorrar y darle lo mejor a mi familia, mis principios me impiden mentir.

No da lo mismo quedarse soltera, sobre todo cuando cumplir 50 años ya no parece una fecha de ciencia ficción.

No da lo mismo quedarse soltera, sobre todo cuando cumplir 50 años ya no parece una fecha de ciencia ficción. En esta etapa de la vida, más que nunca, ser ‘la señora de’ importa demasiado. Un marido ‘viste’, igual que un collar de perlas. Incluso muerto, la figura del esposo (pobrecito) resulta útil si lo que una busca es permanecer digna ante el paso del tiempo.

Convengamos que es difícil envejecer y perder el atractivo, incluso para una mujer que, como yo, ha construido su vida sobre pilares tan sólidos como elegir el mejor yogur familiar. Hubo una época en que mi figura era de gusto masivo. Pero el tiempo pasó, implacable, y me convertí en un target cada vez más específico, al punto de ser gusto de coleccionistas de objetos raros.

Con dolor debo admitir que el primero que dejó de mirarme con ganas fue mi marido. Después me volví invisible para los hombres menores, asunto que no resultó un golpe al ego demasiado tremendo. Para ser honesta, significó otro tipo de inquietudes: si en la calle un joven me observa, no sé si es porque todavía me encuentra rica o porque soy el blanco de un posible lanzazo. Ante la duda, afirmo mi cartera y emprendo la huida.

Con dolor debo admitir que el primero que dejó de mirarme con ganas fue mi marido.

Ahora me coquetean, con suerte, los viejos. Al principio me molestaba, pero un buen día me sorprendí mirando a un sesentón con la facha de Clint Eastwood… y no pensé en una de vaqueros. ¿Cuál será el siguiente paso? Si el mercado del deseo es cruel, para las mujeres que pasan los cuarenta es cruel y desigual en comparación a cómo funciona con los hombres.

Estoy consciente de que esta columna la escribo mientras me aflige un profundo estado de melancolía. Así las cosas, recurrí a un amigo que me conoce de chica y, como doctor, su punto de vista científico resulta iluminador. ¿Y qué me dijo el desgraciado? Que una investigación del biólogo evolutivo Rama Singh concluyó que los hombres serían responsables de la menopausia, una condición que sólo sufrimos nosotras, ya que en todas las otras especies tanto machos como hembras son fértiles hasta la muerte.

Mi primera reacción fue a la defensiva. “¡Pero a mí todavía me falta para eso!”, le dije. El me miró con esa mezcla de ternura y racionalidad, tan propia de los médicos del barrio alto, y me explicó cómo miles de años de preferencia sexual masculina por mujeres más jóvenes provocó una mutación que favoreció que la fertilidad tuviera para nosotras fecha de vencimiento.

Mi primera reacción fue a la defensiva. “¡Pero a mí todavía me falta para eso!”, le dije.

¿Cómo no indignarse entonces (y esto no es moralina sino biología) cuando tipos como Woody Allen festinan esta realidad tanto en la vida real como en filmes del estilo Maridos y esposas ?

Ante un futuro tan adverso, sólo queda conservar la dignidad y emprender la travesía por el desierto como ‘la señora de’. Por lo demás, a una mujer de familia no debe importarle cómo anda el mercado del deseo, sino sólo las alzas de precios en los supermercados.