Nunca termina de sorprenderme como la gran mayoría de las personas ignora lo más básico del ser humano y es capaz de negarlo con obstinación y horror. O digamos mejor del homo sapiens, suponiendo que por “humano” entendemos todo aquello que es único y exclusivo, nos diferencia y aleja de los otros mamíferos, puesto que implica ciertas facultades y aptitudes superiores, nobles y admirables. Sobre ese supuesto, humanos serían solo algunos de los sapiens.

El resto, no por negarlo puede escapar de esa realidad que aborrece reconocer: el hecho básico de que a pesar de nuestra supuesta cultura y civilización, no somos más que otra especie de mono. Si señora, por más que usted se vista de seda y se compre una cartera de un millón de pesos. Sí señor, por más caro que sea su auto, más museos que allá visitado y más al ras su afeitada. Entre nosotros y cualquier otro primate no hay mucha diferencia.

La enorme mayoría de las personas compartimos con nuestros parientes, un repertorio de comportamiento instintivo que, más allá de las explicaciones y justificaciones, no difiere casi nada y, peor aún, en nosotros lo natural ha sido degradado por la “civilización”, dando paso a aberraciones monstruosas que ni los monos cometerían. El elemento sustancial de eso, claro está que usted lo sabe, es el impulso sexual. ¿Le da vergüencita seguir leyendo? No se preocupe, no hay nadie en el universo pendiente de usted y sus pecadillos. Salvo la ley de Causa y Efecto (o del que la hace la paga, si prefiere).

La enorme mayoría de los seres vivos obedece el mandato de la reproducción y la conservación de la especie y la comunicación compenetrada con el “otro” haciendo honor a la belleza sagrada del regalo del creador. Solo los monos, si no me equivoco, en su desarrollo de hábitos sociales destinados a la supervivencia, derivaron hacia prácticas instintivas de satisfacción de los apetitos e impulsos, transformando al sexo en una forma de intercambio de favores, en una herramienta de sometimiento, dominio y control, en una manera de ejercer poder. ¿Le parece familiar? ¡Es que somos monos pues! Si no me cree, hágase un favor y lea “El mono desnudo”, de Desmond Morris.

Visto así, resulta sorprendente como muchos se escandalizan al conocer los detalles del club de prostitución que funcionaba en calle Lira, al que asistían, entre otros, el dibujante Guido Vallejos, venerable anciano hasta un día antes, y el productor musical Jaime Román, de quien recién nos venimos a enterar que era un cochinote aprovechador de las aspirantes a famosa que caían en sus manos y durante mucho tiempo hizo de las suyas sin que nadie le pusiera freno. Es que el precio de la fama puede ser alto, pero siempre hay quien está dispuesto a pagarlo…

El horror, y de paso el delito, está en que estos viejos cochinos habían encontrado la forma de satisfacer su particular gusto por menores de edad. Pero, ¿por qué la sorpresa? como si esto fuera una novedad. El sexo siempre ha sido un commodity, para que estamos con cosas, y solo en el último siglo, si es que, hemos comenzado a rechazar que entre la mercancía transada estén los niños. Pero no seamos hipócritas, ¡eso no pasa de las palabras! Mientras el club de calle Lira está siendo investigado, en decenas de otros lugares similares una adolescente está siendo explotada ahora mismo, pero también cada noche en las calles, ahí donde la mayoría de las personas de bien, deambula para ganarse el pan y llevarlo a su casa, un niño que come de la basura está dispuesto a dejarse manosear a cambio de un par de chauchas, para luego dormir en el suelo, con los dientes apretados y tapado con papel de diario. Allá en las poblaciones  una madre inescrupulosa vende a su hija o un padre la arrienda a cambio de alcohol o pasta base. Así ha venido siendo hace milenos y así es todavía hoy, en Chile y en cualquier parte donde haya gente.

Pero hoy es peor, mucho peor. Es vergonzoso que en una sociedad que se jacta de ser humana, consciente y justa, que manda artilugios a otros planetas y elige a sus autoridades, se toleren negocios como el de la calle Lira mientras no sean descubiertos, al mismo tiempo que se acepte que para vender automóviles, pasta de dientes o bebidas azucaradas, lo que sea, siempre haya que emplear un señuelo sexual. Aceptamos como si nada la sobre erotización de las comunicaciones, la pechuga y el trasero para cualquier cosa y a cada rato en pantalla, la glorificación de la fama fácil de gente promiscua y dejamos que nuestros hijos se expongan a esos mensajes que rebajan la condición humana a la de un esclavo de los impulsos o un objeto de placer y diversión.

Por algo uno que era más que humano, sin duda, nos llamó “¡sepulcros blanqueados! ¡Raza de víboras!” Porque nunca en la historia de la humanidad la inocencia de la niñez ha valido algo. Ni antes ni ahora se ha respetado derecho alguno de un menor de edad. Esto es y seguirá siendo un discurso vacío, una mentira atroz, mientras haya quienes asesinen niños anónimos en bombardeos, los usen como juguete erótico, los manipulen para vender basura, los esclavicen para fabricar mercancías y los mantenga en la ignorancia en una sociedad que no les asegura más que una vida de servidumbre y consumo a cambio de su alma verdaderamente humana. Nunca será cierto discurso alguno sobre sus derechos mientras no procuremos, como sociedad, que cada uno de nosotros desde la cuna, aprenda a liberar al ángel que habita dentro de la bestia y que las bestias estén amarradas.

Tal vez tendríamos que comenzar por ahí, ¿no cree?

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