Cuando cumplió cinco años sintió el peso de la corona de golpe. Un decreto real estipulaba que era el hijo legítimo de toda Inglaterra y sus dominios. Como príncipe de Gales y absoluto heredero al trono, entonces ya comenzaba a entender por qué su educación estaba dividida en mil facciones estratégicas. Como por ejemplo que la sangre alemana de su padre, Felipe de Edimburgo, fuera vista como un elemento disociador después de dos catastróficas guerras mundiales. En su programa de estudios estaba la historia de Escocia como si se tratara de un libro sagrado de cabecera, También debía saber al pie de la letra cada una de las epopeyas de la casta materna: la misma que después de varios escándalos, tuvo que depositar toda la confianza en una joven Isabel.

Esa mujer era su madre. Una figura que, siendo un niño, siempre tuvo que observar como una monarca cuyo gran compromiso estaba con su nación, al igual que su abuela Victoria. De una cultura prodigiosa, Carlos no protestó y se aferró a cultivar sus intereres. Sabía que no era el más guapo en su corte, pero sus habilidades en los deportes y su humor suelto y nada relamido, lo convirtieron en un líder nato. En los caballos buscó refugio y alimentó una mirada sofisticada de ver el mundo. Se declaró un viajero, un amante de territorios lejanos. Las Carpatos en la Europa Oriental, las antiguas tierras australianas que habían conquistado sus ancestros y, por supuesto, Africa. Cada vez que puede regresa al continente donde la ciencia confirma que se creó el hombre. La diversidad de los pueblos y sus contrastes culturales lo convirtieron en un estudioso de la historia de la humanidad. De ahí su decisión de licenciarse en arqueología, antropología e historia en Trinity College y después en Cambridge. Cuando en 1969 fue investido con las armas de Gales en el castillo de Caernarfonm, confirmó sus inquietudes de adolescente. De algún modo estaba todo escrito y él estaba preparado. Al momento de usar el kilt, la tradicional falda de las ceremonias escocesas, lo llevó con carácter y elegancia de cazador ancestral, aunque las cacerías —al revés de todos sus antepasados— nunca estuvieron entre sus pasiones.

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Mientras hilvanaba su personalidad, también tejía una segunda piel. A los pocos años llamaba la atención por su buen vestir, con trajes hechos a medida en Gieves, tal como siempre lo hizo su padre Felipe y su abuelo Andrés de Grecia. Su carrera militar partió en la fuerza aérea, pero donde brilló fue como oficial de marina. El mar lo encandila y en las artes de la navegación encontró otra familia. Sus vacaciones favoritas eran en Palma de Mallorca, cuando sus tíos, los reyes de España, lo invitaban a cruzar el Mediterráneo.

Su matrimonio con Diana de Gales ha sido la gran sombra en su vida de príncipe. Su corazón siempre estuvo con Camila Parker, pero la más linda de las niñas Spencer era lo que correspondía. Ella, con sangre Estuardo, era lo que la corona británica necesitaba para callar las voces que insistían en que la germanofilia devoraría todo.

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En los más de sesenta años de su madre como reina, Carlos ha tenido tiempo para reinventarse mil veces. Como caballero de sombrero e inmortal pañuelo de seda en la solapa, abriga sus pensamientos ecologistas. Su orgullo es la granja orgánica que administra en Highgrove y su gran meta 2015 fue obtener la denominación de origen de la manzana inglesa. De regreso en la ciudad, patrocina organizaciones de carácter patrimonial e histórico. Pero es en el campo donde es más feliz. Es cuando mira sus enormes manos de granjero y se ríe.