Cuando mi editora me dio la noticia de que tendría que viajar a Portugal a cubrir la semana de la moda de Lisboa, apenas lo podía creer. Era mi primera visita al país luso y me puse de cabeza a investigar sobre su cultura. Entre libros y portales web aprendí una serie de datos que pensé que me serían útiles. Hasta que una compañera de trabajo me dijo. “Te falta lo más importante… ¿Acaso no sabes lo guapos que son los portugueses?”. Me quedé muda. Hasta ese momento mi único acercamiento al macho portugués había sido a través del fútbol. La vanidosa estampa de Cristiano Ronaldo era una razón más que suficiente para interesarme en sus partidos. Pero tampoco sabía mucho más y el alcance de mi compañera por supuesto que me interesó.

“Tienen una combinación única —continuó mirándome con hijos vivaces—. Son los hombres más especiales de Europa, incluso más que los italianos y franceses, ya que son más amables y mucho más afectuosos”. La idea de que Lisboa era el paraíso de los hombres guapos por supuesto que me cautivó. Y aunque concentré mi investigación en los asuntos culturales y turísticos del país luso, en ese momento no valoré la inmensa verdad que encerraban las palabras de mi compañera, y que comprobé apenas bajé del avión.

No sólo era su forma de caminar, ni su porte varonil. Tampoco ese acento que inevitablemente me hacía recordar la calidez brasileña mezclada con una profunda sensualidad europea. El encanto de los portugueses era algo que iba más allá. Supongo que se debe a sus orígenes. Es que Portugal ha sido testigo de un flujo de diferentes civilizaciones durante los últimos 3 mil años. Celtas, fenicios, griegos y romanos son algunos de los pueblos que han dejado sus huellas de masculinidad. Matadora combinación que explica desde dónde proviene su hechizo.

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Por lo mismo, en cuanto me presentaron a quien sería nuestro chofer, quedé paralizada. Con su metro ochenta y sonrisa encantadora, Francesco era de esos hombres que sorprenden por su encanto. Tenía unos ojos celestes que me hacían recordar el mismo mar Atlántico y una postura atlética inolvidable. Y no era el único. Desde el guía turístico que nos acompañaba por las escarpadas callecitas de Lisboa —y que con su gallarda mirada celta casi detenía el tráfico— hasta el sofisticado diseñador de zapatos que, entre algunas canas, deslumbraba más por su presencia que por sus colecciones, todos los hombres que conocí tenían esa encantadora combinación.

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Cordiales, masculinos y profundamente cultos. El varón portugués puede pecar de engreído, pero no de delicado. Siempre preocupados de su apariencia, no dejan que su vanidad interfiera con su virilidad. Entre impecables zapatos de diseño local y pañuelos al cuello para protegerse del viento de la costa, han sabido extraer lo mejor de la sensual frialdad europea y darle el toque justo de simpatía e inteligencia. Tanto así, que más de una sorpresa me llevé al darme cuenta que muchos de ellos dominan a la perfección varios idiomas, sobre todo el español. Y las mujeres, sobre todo las latinas, caíamos rendidas a sus pies.

Será porque no pecan de la frialdad típica de los franceses, ni de la exageración jocosa de los italianos. O porque su cercanía con el mar los ha empapado de una identidad mucho más festiva e incluso estival. Alegres, pero elegantes. Pretenciosos, pero masculinos. Una receta mágica que me hizo sentir como si estuviera en la tierra prometida. Por lo mismo, cuando volví a Santiago y nuevamente conversé con mi compañera, me alivié al comprobar que no sólo fueron mis hormonas las que me traicionaron. El encanto portugués es único y no somos pocas las que nos hemos paralizado ante su hechizo.