Estamos viviendo diariamente el ataque de personas que actúan como zombies, hipnotizados por sus celulares.

Antes era fácil, porque si alguien estaba más entretenido jugando con su celular que viviendo la vida en directo que ocurre “del lado de acá” de las pantallas, uno caminaba más rápido no más y adelantaba al zombie fácilmente. Hoy, eso ya no es así. Los zombies han evolucionado: han experimentado en carne propia que si no caminan rápido jugando con sus celulares simplemente no llegan a ninguna parte.

Entonces, la situación es así: tú vas caminando detrás de un zombie que juega con su celular y te dices a ti mismo: “yo voy a adelantar a esta persona porque ella está distraída jugando con su celular”, y entonces, ¡oh, sorpresa!: súbitamente, ¡el zombie camina más rápido y no lo puedes adelantar!

Tengo un amigo que cuando ve que viene una mujer caminando absorta en su celular frente a él, la espera con los brazos abiertos. Ya ha abrazado a varias.

Finalmente, te convences de que puedes caminar bastante rápido por las calles de duro pavimento detrás de los zombies, pero, ¡atención!, esto también puede resultar mal, porque si aparece un chiste en WhatsApp, el zombie se va a detener de improviso, y tú te estrellas contra él.

Finalmente, tú aprendes que los zombies tienen conductas inesperadas y tomas tus precauciones (como irte por el carril dos).

Tal como el caso de las mujeres que van a dar a los brazos de mi colega, varias personas dan por sentado varias cosas: que uno no se va a quedar escuchando las cosas íntimas que dicen (como que a Juanito no se le dan las cosas competitivas), que uno va a tomar la precaución de hacerse a un lado para que ellos pasen como sonámbulos, que uno no va a contestar cuando una mujer estupenda dice “¡hola, mi amor!” a treinta centímetros de uno en la 412.

Igualmente indiscretas son las habladoras: lucen audífonos blancos y hablan continuamente por teléfono sin importarles que todos se enteren de lo mal que se llevan con sus padres, por ejemplo.

No puedo evitar recordar con nostalgia cuando un fabricante de celulares me dijo hace varios años que no fabricaban teléfonos más pequeños porque la gente quería que les llegaran hasta la boca, en parte porque creían que había que hablar sobre un micrófono que quedara a la altura de la boca; en parte por pudor (en esos tiempos había), para que nadie escuche lo que está hablando.

En la 412 hay una habladora que, más encima, es histriónica, entonces hace gestos y se comunica con toda la micro: “Porque tú sabes que yo soy así, y no voy a cambiar”, dice con énfasis, y todas las personas que vienen en la micro piensan en voz alta: “No, no sabemos, y no nos interesa”.

El otro día me encontré con una habladora en el supermercado comentando lo que veía en cada pasillo. No estoy en contra de llamar por celular desde el supermercado y preguntar: “¿Llevo marraqueta o hallulla?” Yo soy así: llamo y corto (¡y no voy a cambiar!). Pero esto otro es distinto: es, en verdad, un estado.

Un estado para mí impensado, porque mi relación con los audífonos ha sido siempre desastrosa. Me los pongo, me mareo y me voy pa’l lado. No atino. Sólo los uso para no escuchar la música electrónica del gimnasio y para seguir los partidos de la “U”.

Me parece extraña esta gente que vive con los audífonos puestos. Un amigo musicólogo dice que, si vas a escuchar música, solamente debes hacer eso: son las 8 de la tarde, te sientas en tu sillón y escuchas música.

Yo hago otras cosas cuando camino por las calles: rezo, recito el mantra sa ta na ma (tres minutos), o converso con el ángel.

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