Alejandro Aravena (1967) aparece caminando por el patio de la PUC de San Joaquín. Alto, de andar relajado, tiene esa apariencia que se divide entre un artista y un ingeniero y un peinado que pareciera ser la extensión física de sus ideas: desordenado pero ponderado, lógico. Acaba de inaugurar su último edificio, el tercero que levanta en ese campus. Lo recorre con la familiaridad que le da el haber pensado cada centímetro del espacio. Se abre paso por medio de los taladros y martillos, mientras los obreros siguen trabajando en el nuevo Centro de Innovación Anacleto Angelini, un cubo de cemento de unos 50 metros de altura, con enormes bloques de hormigón que entran y salen de la fachada. A su juicio, cumple con uno de los objetivos que busca en sus proyectos, “que en mil años más no se sepa en qué época fue construido”.

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¿Cómo llegó Alejandro Aravena a ser uno de los mejores arquitectos del país y el único chileno en ser parte del jurado Pritzker, los Nobel de la arquitectura? Aravena egresó a los 17 años del colegio Alemán y se encontró con el momento de decidir sus estudios. Era bueno dibujando y también para las matemáticas, por lo que supuso que arquitectura era una buena opción. Entró a la Católica. “Mi paso por la universidad fue una mezcla de rebeldía con disciplina. Ahí te encuentras con buenos profesores, los que te enseñan a pensar, y también con los malos, esos a quienes les quieres probar que lo que están diciendo está mal. Ahí empecé a desarrollar una cierta independencia intelectual”, dice. En segundo año atravesó por el rigor de las comisiones de fin de año —“me fue tan mal que me dieron ganas de mandar todo a la cresta”—, pero en tercero hizo un trabajo que todavía recuerda y que sintetiza lo que es como arquitecto hasta hoy. “Teníamos que hacerle la casa a un personaje que escogiéramos. Algunos de mis compañeros se la hicieron a escultores, cineastas o filósofos, arriba de cerros o alejados de la ciudad. Yo se la hice a Morales, un taxista amigo de mi viejo, en un lote en Santiago Centro”. Tenía que poder guardar su taxi dentro de la casa, porque era su herramienta de trabajo, y lo ubicó en el centro, de modo de optimizar sus tiempos con su tarea como taxista. “Menos mal me saqué una buena nota, si no quizás en qué estaría”. Así, su modo de ver la arquitectura es “construir pensando y sintetizando el problema”, adecuándolo a las distintas realidades. Se graduó y viajó a Venecia para conocer los edificios que estudiaba desde los libros. “Esos eran los verdaderos profesores”. 

Se sentaba durante una semana al frente de cada edificio, para dibujarlo y medirlo.Tenía que tragarme el cuerpo de conocimiento de la disciplina. Así estás, de una u otra manera, recorriendo el mismo camino que hicieron los arquitectos originales”. Llegó de vuelta a Chile entusiasmado. “Volví con esa ansiedad por demostrar todo lo que quería hacer. Pero tuve malos proyectos. Pensaba, la arquitectura ha hecho esto, y yo estas mugres… por suerte eran proyectos perecibles, destinados a desaparecer. Decidí que no había estudiado arquitectura para eso, así que me retiré”. Abrió un bar. En 1997 decidió volver y participó del concurso para construir la iglesia del campus San Joaquín, pero lo descalificaron por presentar su proyecto en una hoja que no correspondía. “Ya van a ver”, pensó. Un año más tarde le encargaron la facultad de matemáticas de esa universidad, edificio que terminaría siendo finalista de un concurso de arquitectura latinoamericana, y que le valdría una invitación para ser profesor visitante en Harvard, en 2000. “La invitación era por un semestre, pero me quedé cinco años”. Como vivía en Chile, viajaba semana por medio a Boston a hacer los cursos. “Dejé una huella ecológica bien grande”, se ríe. Su taller en Harvard trataba sobre la política habitacional chilena y el rol que podía jugar la planificación de la ciudad en el combate a la desigualdad. Con lo que aprendió y vivió, tomó la decisión de hacer algo importante. 

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“Vi a gente que no tenía vida por su carrera, y yo buscaba algo más equilibrado e impactar en la sociedad. Pensaba, ‘en qué me voy a gastar mis latidos’, y ahí surgió la idea de hacer vivienda social”. Pero no cualquiera. Mientras iba y volvía de Estados Unidos, él, junto a Andrés Iacobelli y Pablo Allard, creó, en 2006, Elemental, una empresa asociada a Copec y a la Universidad Católica que diseña proyectos de interés e impacto social, y a la que llegan arquitectos de todas partes del mundo. “Un do tank más que un think tank”. La premisa con la que trabaja es tan lógica como novedosa. Las viviendas sociales son casas construidas de modo que puedan cambiar y crecer con el tiempo.

El presupuesto está concentrado en los primeros 35 metros y se construye la estructura para dejar abierta la posibilidad de agrandarla o modificarla si es que la familia incrementa sus posibilidades económicas. “Nos pusimos como meta que las casas aumentaran su valor en el tiempo. Si uno recibe un subsidio una vez en la vida, uno querría que ese patrimonio familiar creciera en valor. Las casas le permiten a la gente cambiarlas en la medida que van queriendo o pudiendo. Ese cambio se da gracias al diseño, no a pesar de él. Si las casas aumentan en su valor, el presupuesto del Ministerio de Vivienda, que es de 2 billones de dólares al año, podría verse como una inversión más que un gasto social”, dice. Pero la manera en cómo están construidas no es lo único que está pensado. Su ubicación, explica, también es crucial. Los lotes de casas se construyen insertos en las redes de oportunidades que las ciudades concentran, de modo de no erradicar la pobreza a la periferia, de acercarle los beneficios de la ciudad a todos y que, con el tiempo, alcancen estándares de clase media. “La redistribución del ingreso no es la única manera de combatir la desigualdad. La ciudad entera es un atajo hacia la equidad. Al estar insertos en las mismas redes de oportunidades, esas viviendas alcanzan mejores estándares con el tiempo”, explica.

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El primer proyecto lo hicieron en Iquique. No querían llevar el campamento a Alto Hospicio, entonces los instalaron en el centro, a dos cuadras de la playa y de las actividades de la ciudad. Las casas, además, empezaron a cambiar de forma el mismo fin de semana después de haberse entregado. “Sería malo que no ocurriera”, dice. El proyecto tuvo tal éxito que se replicó en ciudades a lo largo de Chile e incluso llegó a Monterrey, México, y por él ganó el premio internacional de diseño Index, en la categoría Casas.

En 2008, y con sólo 41 años, Aravena se metió en las grandes ligas de la arquitectura y dio un paso hacia donde ningún otro chileno había llegado en esta disciplina. Todos los años, miembros del jurado Pritzker, la máxima distinción que puede tener un arquitecto en vida, recorren ciudades en busca de obras “que combinen talento, visión y compromiso, y que produzcan significativas contribuciones a la humanidad”. En 2006 vinieron a Chile. “Me pidieron que les mostrara las facultades de matemáticas, de medicina, de arquitectura, las torres siamesas y otros proyectos de vivienda social de Elemental”. Dos años más tarde recibiría una llamada invitándolo a ser parte del jurado. Ser jurado dura mínimo tres años y es extensible indefinidamente. El lleva seis. “Ser Pritzker es una mezcla de bendición y maldición. Bendición porque uno está expuesto al trabajo de los mejores y te abre las puertas del mundo. Pero es una maldición porque al final del día uno se va a acostar y piensa ‘cómo puedo yo juzgar esto, igualar ese nivel’. Es envidia y admiración”. 

Aravena, además, fue recientemente presentado en el listado oficial de los Global Ted Talk 2014, que este año será en Río de Janeiro. Se le pidió hablar sobre el plan de reconstrucción de la ciudad de Constitución, o sobre el desafío global de la vivienda social que debe dar solución a 2 billones de personas en los próximos 15 años. “Todavía no sé bien de qué voy a hablar”. Eso sí, le advirtieron que esto requería mucho ensayo. “Tengo 13 minutos para probar un punto y la audiencia es extremadamente exigente. Supongo que no queda otra que decir cosas elementales pero no obvias”.

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—¿Cómo te defines como arquitecto?

—Sintético. Si hay un poder en el diseño es el de síntesis. Formular la pregunta y que la respuesta sea lo suficientemente sintética sin reducir la complejidad de la pregunta. Buscamos también una cierta austeridad y atemporalidad. Pensamos en mil años desde que se construye el edificio. No se puede estar muy a la moda porque queda obsoleto muy rápido.

—¿Cuándo te diste cuenta que Elemental ya no era una empresa local?

—Un día estaba comiendo en la casa de Alexander Mamut, un oligarca ruso. Estábamos conversando sobre unos proyectos y saltó la duda de cómo llevarlo a cabo. Mamut se dirige a mí y me dice ‘No sé, los que tienen una marca global son ustedes’. Nos quedamos pensando, ¿será verdad lo que nos acaba de decir?

Alejandro Aravena termina de comerse la manzana que llevó durante toda la entrevista. Se para, la bota y vuelve a perderse dentro de ese edificio robusto, atípico, del que es imposible no detenerse a admirarlo y desde donde nunca dejaron de escucharse los martillos, los taladros, las sierras y las lijadoras.