Nunca he sido del tipo deportivo. Bailar ha sido el único “ejercicio” que he disfrutado. Acá en Dinamarca, sin embargo, he sido una corredora esporádica y este año descubrí el yoga.

Dos partos a cuestas. Cambios hormonales. Un metabolismo al que siempre quiero culpar de que no me guste mi paso por la balanza. No dejemos de lado el efecto “gravedad”. A eso súmenle rutinas de trabajo a veces intensas, más un marido, dos hijas adolescentes. No quiero sonar exagerada ni histérica, pero de verdad mi semana puede ser bastante intensa.

Tal vez por eso, este año, de repente, me sentí cansada y sentía que el cuerpo me dolía por todos lados, principalmente la zona del cuello y los hombros. Como un regalo del cielo, en esos días mi amiga Susana me preguntó si me interesaba en comprar un abono compartido para un número definido de sesiones de yoga. Lo mejor era, además de la compañía de Sus, una valenciana con quien me río mucho aunque algo más de una década nos separe en años, era que podíamos probar distintos tipos de yoga.

Comencé y me quedé con el yoga Kundalini. Probé también la línea Ashtanga Vinyasa, pero creo que a esa llegué con 15 años de retraso… ¡o 20 quizás! En fin, me gustó la experiencia y me sumé al enorme y creciente grupo de daneses, hombres y mujeres que se apuntan al yoga tanto para sesiones como para vacaciones dedicadas a esta tendencia, filosofía, religión o como quieran llamarla, que nos llegó desde la India. Yoga es “in” por estos días.

Oficinistas, estudiantes y jubilados se inscriben en centros especializados, fitness center o en cursos vespertinos de yoga como nunca antes. Aquí dicen que, en los últimos años, los vikingos se han entregado al yoga para lograr balance en el cuerpo, tranquilidad en el alma y en la mente y se ha convertido casi en un deporte popular. Una magnífica forma para desestresarse, lo llaman otros.

Al menos para mí, en mis 45+ y con un brevísimo historial de actividad física, decidí darme un tiempo para el relajo. Cuando prové Ashtanga yoga y en esa sesión veía a los veinteañeros doblando las piernas hacia atrás hasta casi alcanzar sus cuellos o doblándose hacia adelante sin mayor esfuerzo para dar con la nariz en las rodillas, sólo pensé en lo afortunados que eran y en que yo volvía con toda paz a mi Kundalini. Cuando un amigo, con toda su inocencia, me preguntó si ya había llegado a la posición del escorpión, la carcajada seguramente se oyó al otro lado del Atlántico. Si alguna vez creí no ser tiesa, tener coordinación y la flexibilidad de una contorsionista, ya no es el caso.

Pero como la esperanza es lo único que se pierde y habiendo tanto vikingo y vikinga en la misma, he seguido intentando ser aplicada para asistir a las sesiones, aunque no siempre con la regularidad que quisiera. Y sí, duele, pero como dice una camiseta de la vikinga mayor “No pain, no glory”. Y así espero llegar con toda la gloria del mundo a los “titantos” que vienen.

Comentarios

comentarios