Lizzie Velásquez es la mujer más fea del mundo. Sus orejas parecen las asas de una tetera que se completa con su nariz ganchuda. Mirarla puede causar rechazo. Tiene cero por ciento de grasa corporal a pesar de no ser anoréxica. Su enfermedad degenerativa es tan rara que ni siquiera tiene diagnóstico.




Lizzie Velásquez es, también, una exitosa charlista en TED. En su sitio (aboutlizzie.com) se presenta como una oradora motivacional. Las imágenes que ilustran la web son profesionales y ella posa como una modelo de dientes gigantes y ojos saltones. Ha escrito dos libros en los que relata su historia de superación y supervivencia en un mundo en el que, según sus palabras, la empatía tiene directa relación con la apariencia física. Y gracias a una campaña digital logró recaudar fondos para hacer un documental sobre su vida, que aún no tiene fecha de estreno.




Es curioso porque ella se siente feliz cuando se mira al espejo. Porque sí se mira, y sí se gusta. Supo transformar en oportunidad lo que a la mayoría probablemente nos hubiese condenado al encierro voluntario y a rumiar la amargura. Pero Lizzie habla de belleza con el mismo aplomo que podría mostrar Gisele Bündchen u otra diosa de la pasarela. Todo el bullying que sufrió cuando niña, cuenta en sus charlas, ella lo transformó en aprendizaje positivo.




Hace algunas semanas, en un evento de maquillaje, un conocido makeup artist que estaba de visita en Santiago me dijo que las arrugas no son líneas de expresión, sino de inteligencia. Y yo, que le tengo pánico a las agujas y las anestesias (de lo contrario me habría animado al botox y a recuperar las tetas pre lactancia) encontré que esa frase era simplemente perfecta. Si Lizzie Velásquez puede convivir con esa cara y ese cuerpo que están en las antípodas de cualquier decálogo de belleza, cualquiera puede.




Las campañas internacionales apuntan hacia el mismo norte. Las principales marcas cosméticas hablan de belleza natural. Los diseñadores sepultaron a las modelos sin curvas y Kate Upton es la chica del momento. No se trata de poner a la celulitis de moda —aunque estaría buenísimo—, pero sí de empezar a pensar que, tal vez, no somos tan feas, ni tan gordas, ni tan petisas, ni tan arrugadas, ni tan flácidas, ni tan narigonas, ni tan crespas, ni tan… Mejor vean la charla de Lizzie. Es más efectiva que las dietas y no tiene efectos secundarios.