Despierta a oscuras cada mañana. Prepara desayuno para ella y su marido. Tiene 59 años. El, 63. Sus hijos ya se fueron de la casa. Ella trabaja de empleada en un departamento de El Golf. El es maestro soldador. Ella tose. El tose. Cada noche, con el aire frío, la contaminación de la ciudad se arrastra hasta su barrio. El tiene un taller en el patio. Hace rejas y portones. Es lo que más le piden. Ella le da un beso antes de partir mientras se echa una bufanda tejida al cuello. No quiere agarrarse otra bronquitis. Camina rápido. Así es más difícil que la asalten. Tose. Tiene que tomar la micro antes de las siete. La 405 la deja a una cuadra de su trabajo, pero se demora dos horas en llegar. Quilicura se ha llenado de gente, más de 250.000 personas viven ahí, ella no sabría decir dónde. La mayoría tiene que salir a trabajar o a estudiar por uno de los dos únicos accesos a las autopistas cercanas. La sola espera para que la micro consiga subir a Américo Vespucio Norte, en dirección al oriente, toma cuarenta y cinco minutos. Va de pie, bajo la luz mortecina, rodeada de olores extraños. Le duelen las piernas. Tose. Al menos encontró espacio para tomarse del respaldo de un asiento. Es baja y no alcanza las barras. Cuando la 405 prospera, se olvida del dolor, pero cuando se detiene por culpa del taco a la entrada del túnel del San Cristóbal, vuelve a sentir el peso sobre sus pies.

Camina rápido. Llega justo a las nueve, cuando recién está saliendo el sol. La calefacción la reconforta. Los dueños de casa acaban de salir de la ducha. Ella les avisa que ya pronto les tendrá listo el desayuno. Son dos hombres que viven en pareja. Ella los quiere, al más joven lo quiere más porque lo siente como a un hijo. Mira por la ventana de la cocina mientras se pone el delantal. Al menos ahí no ha llegado la contaminación todavía. A la hora en que le toque irse volverá a sentir la picazón en la garganta. En el comedor los ve engullir la fruta picada y el pan con miel con un apetito que echa de menos. Ya no puede comer con esas ganas. Los hombres se despiden. Ella los acompaña a la puerta y les ruega que vayan abrigados, hace harto frío allá afuera.

Pasa el plumero, el paño y la aspiradora. Ordena. Hace la cama y los baños. Cambia las toallas. Limpia el piso. Después de barrer la terraza, se va a la cocina. Lava la ropa sucia y plancha la limpia. Almuerza un poco de lo que sobró de ayer. Cocina un pollo al tomate con arroz, lava los platos y las ollas. Ahora le toca dejar la cocina impecable. Pasa el paño húmedo, luego el seco, trapea, limpia el lavaplatos. Cuelga las camisas que acaba de sacar de la lavadora. Mañana van a estar listas para el planchado. Son las cuatro de la tarde. Se peina y se pinta. Le gusta llegar bien arreglada a su casa. Camina rápido, tose, espera la 405. De regreso se va a demorar a lo más una hora y veinte. Tiene suerte. Encuentra un asiento junto a la ventana. El aire está peor que nunca. En la noche la mugre va a caer como neblina sobre su calle. Ya es tiempo de jubilarse, piensa. Está cansada.