Si los chilenos no estuviéramos presa del más profundo sopor de la consciencia seríamos capaces de darnos cuenta de que somos un pueblo realmente privilegiado. Es cierto que padecemos injusticias e incomodidades, cual más, cual menos, y aunque la desigualdad vergonzosa dé la impresión de que “la gente” lo pasa peor que “los de arriba”, a fin de cuentas a la hora estirar la pata no debe ser ninguna gracia presentarse ante la parca como un sujeto tan pero tan pobre que solo tuvo dinero. Ya lo dijo aquel sabio que predicó en el monte la suerte del que ríe al último.

A propósito de sabios y montes, es, precisamente, privilegiado nuestro país, no me cabe duda. Pero en nuestra ignorancia no logramos ver el milagro y la magia detrás de lo aparente, cegados como estamos de egoísmo consumista competitivo y mecánico. Asistimos sin capacidad de asombro ya, sin curiosidad ni maravilla, al espectáculo televisado de erupciones volcánicas preciosas y apenas nos da para evaluar los daños a la propiedad privada. Si alguien se atreve a aventurar un significado místico seguramente recibirá la burla y la risa de la masa ignorante y, peor aún de los que creen que saben. Para los originarios habitantes de estos parajes la actividad volcánica era un acto conciente de la madre tierra, una acción deliberada para reestablecer el equilibrio perdido del ecosistema. Ahí donde los sabios mapuches veían ceniza sagrada y bendición, los geólogos modernos solo ven magma y fuerzas telúricas, las autoridades catásfrofes y pérdidas, sin concebir siquiera que los ritmos y ciclos naturales tienen su propia armonía, si importar para nada las arbitrariedades egocéntricas de los parásitos efímeros que somos.

Todos sabemos que existía una sabiduría profunda en los pueblos conectados con la naturaleza, que hay personas especiales capaces de mantener vivo y en reserva (porque los que venden, promocionan y comercian “sabiduría” en manuales, ferias y festivales prueban con ello su ignorancia) este saber milenario. Pero en lugar de identificar a estos sabios (como Darío Salas Sommer, cuya obra moral para el Siglo XXI es la base filosófica de los congresistas en Rusia, o como Claudio Naranjo que en lugar de ser consejero del Ministerio de Educación tiene que venir a ferias comerciales donde gente que jamás ha leído un libro suyo lo usa para atraer público dispuesto a pagar para creerse especial) tenemos este montón deprimente de legisladores y dirigentes dando verguenza ajena cada día, sin proponer nada de verdadero valor a la sociedad y, además, enriqueciéndose a costa del trabajo nuestro. Entre ellos, los bienintencionados padecen de impotencia.

Hoy es cuando más necesitamos una voz sensata, una sabiduría trascendental que nos devuelva el significado de la existencia, no de acuerdo a la superstición de éste u otro bando, sino a las leyes cósmicas universales. Pero en lugar de eso, esto. No es de extrañar entonces que los sabios verdaderos valoren su privacidad como un tesoro, manteniéndose lejos de los mercaderes del templo. A fin de cuentas, es difícil convencer a un sujeto hipnotizado de que el desarrollo humano es algo más que golosinas para el ego y las fantasías que le venden por televisión.

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