Si para alguien el robo frustrado de un celular que costó la vida del estudiante Matías Michea, apuñalado en la Plaza Baquedano a las dos de la madrugada de este miércoles, parece un hecho policial más, debe volver a leer las pocas palabras que acabo de escribir y preguntarse qué pasa con su comprensión de lectura. Reitero: Estudiante de teatro asesinado a puñaladas a las 2 am de un miércoles en Plaza Baquedano. Hecho que además fue captado por las cámaras de vigilancia del sector y han mostrado en todo su espanto largamente los noticieros.

No estamos hablando de un “cogoteo” vulgar en el callejón solitario y oscuro de un barrio peligroso a un horario imposible, donde, literalmente, mueren los valientes. Hablamos de un grupo de salvajes que acosan a dos jóvenes como una jauría de monstruos durante varios minutos, en un sector que es el corazón de la capital de Chile, en día de semana y a una hora en que cientos de personas, decenas de turistas, ciudadanos y trabajadores, transitan después de su turno laboral o de una velada de esparcimiento. ¿Dónde están los Carabineros? ¿Dónde están los inspectores municipales y sus vehículos de seguridad ciudadana? ¿Dónde está el operador de las cámaras que debe dar aviso de un delito flagrante antes de darle una copia de la grabación de un crimen a la prensa? Es inaceptable.

De poco sirve que después la Brigada de Homicidios de la PDI encontrara al posible autor, en tiempo récord. Un menor de edad que, todos lo sabemos, volverá luego a la calle, probablemente ahí mismo a la Plaza Italia de noche, al ombligo de nuestra urbe, a asaltar borrachines, lo mismo que viene haciendo hace ya mucho rato, como otros antes que él. Tipos en apariencia física como nosotros, pero con algo muy diferente al interior de sus cráneos. Ya es tiempo de encarar la delincuencia como un tema de salud pública y asumir que lo antropomórfico está sobrevalorado. Son los mismos que durante el día arrebatan a manotazos el celular a los desprevenidos en las micros, como me ha ocurrido a mí y a varios conocidos; que destrozan las ventanas de un auto en movimiento o amenazan con un cuchillo en el cuello a mujeres para arrebatarles la cartera, ante la vista impotente de otras personas, como sufrió un par de amigas hace poco en Recoleta y en Ciudad Empresarial. En los tres casos la repuesta de los Carabineros fue nula. Incluso uno se limitó a explicar que en esos sectores “andan flaites brígidos”. Si, ya nos dimos cuenta, mi cabo.

Fui periodista policial, recorrí muchos lugares con Carabineros. Anduve con ellos en operativos por sectores complicados, fui a redadas, participé en seguimientos, patrullé a todo plan cuadrante. Más de una vez estuve en medio de un tiroteo y una vez vi a un carabinero dispararle a un asaltante que huía por los techos de una casa. Recuerdo que mi editor de entonces, en el diario La Tercera, tituló esa nota vivencial “Guerra a la delincuencia”. Tengo, por consiguiente, pleno conocimiento del trabajo que hacen (o deben hacer) las policías. Por eso no me explico cómo es posible que a estas alturas pasen estas cosas. La verdad, no sé dónde están los policías.

Es inaceptable que un programa de televisión muestre horas de grabaciones protagonizadas por un delincuente que, dicen, integra la banda que asesinó a Matías Michea, un pato malo conocido como “Alexis Sánchez”, al que incluso podemos ver con total desparpajo en acción en una dramática y larga escena en que, chorito él, se trenza a golpes con su polola. Tiene 20 años y en 2013, cuando fue detenido (luego de salir en la tele, claro) registraba más de 40 hitos en su ficha policial. Pero quedó en libertad al día siguiente.

Llevo mucho tiempo pensando en la ineficiencia de la policía uniformada y la incapacidad de los civiles que los mandan, tanto como en la desidia irresponsable de los jueces que, garantes de los derechos de estos seres (me rehúso a llamarlos personas) detectan detalles mínimos de su sacrosanto texto legal, que les parece más valioso que el criterio y la seguridad ciudadana y en ellos se basan para soltar al criminal que se larga burlándose en ese dialecto ininteligible. ¿Es más fácil no pensar, no hacerse responsable? ¿Es por eso que los encargados de la vigilancia prefieren no meterse con los verdaderos dueños de la Plaza Baquedano, del Paseo Ahumada, de El Salto esquina Américo Vespucio? Alguna vez lo he escuchado como excusa: “Nosotros los atrapamos, los jueces los sueltan”. Pero eso no tiene nada que ver con dejarles protagonizar un reality del terror impunemente. Porque, insisto, todo el tiempo en que las cámaras grababan a esta pandilla acosando a Matías y su amigo, alcanzaba demás para que llegara un furgón y, sin necesidad de bajarse, solo gracias a lo que llaman “presencia disuasiva”, los valientes carabineros que velan el sueño de la niña inocente, le salvaran la vida. Pero eso no ocurrió. ¿Dónde estaban?

Sin dudas que es menos arriesgado perseguir vendedores ambulantes, dirigir el tránsito, evitar que los taxis tomen pasajeros en lugares no habilitados, hacer guardia en embajadas o atrapar marihuaneros (sobre todo si son conocidos) que identificar, infiltrar y desarticular bandas de verdaderos traficantes o de delincuentes dispuestos a matar. No digo encapuchados que destruyen la propiedad privada y la pública desde hace años cada vez que pueden, ni enjambres de niños bichos que incendian autos o patéticos anarquistas chilensis que ponen bombas que no por artesanales son menos peligrosas, para eso se requiere inteligencia policial y, viendo los hechos, estamos bien escasos de eso. Un estudiante murió a manos de una pandilla “bien conocida” que roba celulares. Deben tener un fin, debe existir dónde vender lo que obtienen después, debe haber una mínima organización. Pero no, nadie investiga nada y tal como el “Alexis Sánchez”, estos imbunches seguirán haciendo de Santiago una ciudad peligrosa. Nuestro Santiago, el que tanto alaban los tecnócratas encargados de atraer inversión extranjera.

Por todos los cielos, para echar a los delincuentes de la Plaza Baquedano no se requiere más que “presencia”.

Por eso la muerte de Matías es más que un hecho policial, más que una tragedia humana y aunque parece que nadie se da cuenta, no basta con una explicación. La autoridad política, la misma que en época de campaña promete este mundo y el otro para combatir la delincuencia, debería hacer algo más que enviar condolencias a la familia y soltar declaraciones. Cómo mínimo, el jefe policial a cargo de la vigilancia y la seguridad, el mandamás del tan pomposo como inútil plan cuadrante, de las unidades desplegadas por el centro, él y su equipo que no estuvo, debería renunciar. El respeto se debe basar no en vestir un uniforme, sino en hacer correctamente el trabajo que como servidor público se le ha encomendado. Y en este caso, señor general, señores coroneles, señores comisarios, ustedes han fracasado. Entregar la placa es lo menos que si algún honor le queda, deberían hacer.

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