Apenas son las 13:00 de un frío sábado otoñal, cuando lentamente comienzan a poblarse las mesas. Doña Tina dibuja una sonrisa, se toma las manos y observa atentamente como los mozos reciben a los comensales. Su mirada no perdona detalles. A uno de los garzones lo manda a guardar el celular y a otro, a acomodarse la camisa. Hace casi 40 años que junto a su marido José Olivares puso la primera piedra de la hostería que lleva su nombre y que hoy es considerada uno de los emblemas de la cocina criolla en la capital.

Las bandejas pasan con dos tentadores platos de filete a lo pobre, Agustina del Carmen Gómez Palma los mira y reflexiona. “Cuando era más joven y tenía ganas de comer carne, no podía. Compraba un pedazo y lo repartía entre mis siete hijos. Nunca alcanzaba para mí y ahora que podría comer lo que quisiera ya no me interesa. Hay que vivir la necesidad para saber lo que pasa. Me invitaban a una fiesta y yo no iba para ahorrar, me fui quedando siempre acá. Si hasta me buscaban de madrina y yo decía cómo si tengo que trabajar”, confiesa, al rememorar los inicios de su pequeño imperio gastronómico que actualmente recibe hasta  500 personas por día.

foto-vertical-Nunca aprendió ni a leer ni a escribir pero gracias a su capacidad de trabajo e intuición logró vencer todos los obstáculos que la vida le puso en el camino. “Cuando compramos esta propiedad mi marido trabajaba para pagarla y yo para mantener a mis hijos. Un día no tenía nada y mis guaguas lloraban  de hambre. Se había acabado la leche y no sabía qué hacer. Fui a la cocina y vi un poco de harina que había dejado mi suegra y dije voy a hacer pan. Algo que yo nunca había cocinado antes. Al rato, salí a la calle a ofrecerlo y así vendí mis primeras tres docenas de pan. Al otro día hice seis, luego nueve, luego doce y  nunca más salí de aquí”, recuerda orgullosa.
 Desde que tuvo su primer hijo a los 18 años, estuvo embarazada durante diez años, en los que la alegría de la maternidad fue matizada con momentos duros, de gran sacrificio. “Sufrí mucho cuando tenía que dejar a mis niños para ir a trabajar. Salía con uno en el brazo, estaba esperando otro y siempre había uno que se quedaba llorando. Pero con el tiempo pude darles todo eso que yo no tuve. Con mi marido que falleció hace 14 años estábamos todo el tiempo emprendiendo nuevos desafíos para salir adelante. No sabe cómo lo extraño, él era como mi otra mitad. Todo lo que he logrado fue porque estaba a mi lado. Fue muy trabajador y creativo, de la nada hacía maravillas, todo lo que usted ve aquí lo hizo él”, cuenta con lágrimas en los ojos.

No lleva maquillaje salvo en ocasiones especiales y confiesa que de esos años le queda la costumbre de usar los zapatos hasta que se van directo al tacho de la basura, no importa cuantos pares nuevos tenga en su clóset. Asegura que cocinar, lavar y planchar son las tres cosas que más le gusta hacer y que para ser feliz sólo necesita una buena cama y un buen perfume. “Prefiero la vida de pobre que la de rico. Podrán tener mucho pero a veces su corazón está completamente vacío y lo único que importa es el último modelo de auto. Las cosas lindas de la vida son las más simples y no tienen precio”, reflexiona.

dona-tina-vertical-2Todos los martes llega hasta la calle Los Refugios de Lo Barnechea, gente a pedirle ayuda. Ese día se dedica a obras sociales y entre los que más necesitan se corren la voz. Junta pañales para adultos y se preocupa de los niños que no tienen nada. “Me liberé de la cocina pero la echo mucho de menos, voy y hago lo que quiero, pero dueña de la cocina ya no soy, así que tengo más tiempo para ayudar a los que más necesitan. Pienso que antes que tenía menos daba más”.
Tres infartos y cuatro angioplastias coronarias no han podido contra ella y los doctores le dicen que es “por su buen corazón”, el que en 2007 se estremeció cuando el ex mozo del restorán Herman Jean De Massier llegó junto a su mujer Ilfraudra, con un embarazo avanzado. El matrimonio haitiano le explicó que ella partiría de regreso a Haití y que habían decidido dar el hijo en adopción porque regresar con él a la isla era una sentencia a la extrema pobreza de por vida. Agustina y su hija Angélica no podían creer lo que estaban escuchando.
Al día siguiente, ya sabía lo que tenía que hacer: ella sería la madre del niño. Sus hijos celebraron la decisión y hoy a sus cinco años, José Martín es uno más del clan Olivares Gómez. Su hija Angélica también oficia de madre y sus seis hijos, Luis, Jorge, Miguel, Carlos, Raúl, Pedro; de padres. “Es un regalo de Dios que ha unido más a nuestra familia”.
“A los tres días de nacido la mamá lo tomó y me lo pasó diciéndome aquí tienes a tu hijo. No hay palabras para describir lo que fue ese momento”, recuerda, entre  lágrimas. Luego de un par de minutos en silencio, agrega: “Me da una pena muy grande porque ella se fue y no supo nunca más de él”. José Martín aparece desde un rincón y la sonrisa se instala en su rostro nuevamente.

—¿Cómo vive la maternidad hoy?

—Juego con él que es algo que no hice con mis hijos. Nunca tuve tiempo para prestarles demasiada atención porque siempre estaba trabajando para sacarlos adelante. A las siete cuarenta cuando lo pasa a buscar el furgón ya lo tengo listo, los otros se iban caminando nomás.
Además del cuidado de José Martín, las clases de cocina, su rol como Embajadora de los feriantes y el trabajo en el restorán, Doña Tina tiene un gran sueño que espera cumplir antes que termine este año. Se trata de un libro con recetas de nuestros platos típicos. “Es increíble cómo la cocina te puede salvar de todo tipo de problemas desde económicos a emocionales. Hay tanto que compartir, por eso es que estoy pidiendo ayuda a los empresarios, a todos los que por años les he comprado productos para el local. Necesito que me den una mano para entregar todo lo que sé y que sea una herencia para las nuevas generaciones”, explica. Además, quiere participar del programa Elige Vivir Sano que impulsa Cecilia Morel, con quien espera poder comunicarse.

Sus hijos ya están acostumbrados a su vitalidad desbordante. “En energía no le gana nadie”, asegura Angélica, la nueva dueña de la cocina.
“Cada una tiene su manera de cocinar y aunque diga que le pongo muy poca sal a las cosas ha terminado por aceptar qué hay distintos estilos. Todo lo aprendí de ella pero uno va desarrollando sus propias formas. No es fácil trabajar en familia para nada. De verdad que no pero sin su tremendo empuje nada de esto hubiera sido posible. Los hijos la admiramos profundamente”, concluye.