Viene saliendo de la cámara hiperbárica. Con una hora diaria dentro de esta moderna cápsula —lo último en tecnología para oxigenar el cuerpo y evitar la oxidación de las células, muy popular entre los futbolistas profesionales para recuperarse tras los partidos— a sus 88 años Delfina intenta combatir sus “achaques” y enfrentar el que ahora es su mayor proyecto: una obra de teatro dirigida por su hijo Gonzalo y donde trabaja con parte de su “tribu”, como a ella le gusta llamar a su familia, un clan intenso y numeroso formado por sus 4 hijos, 12 nietos y 8 bisnietos, con ella como la reina madre.

Tal parece que la famosa cámara funciona porque Delfina llega al living de su departamento en avenida Colón como si despertara de una reponedora siesta. “Parece que las viejas estamos de moda. Si no, no me explico por qué se interesan tanto en mí”, dice perfectamente lúcida y no como la “vieja de m…” como —acusa— la mostraron hace poco en la portada de un suplemento. “Me veía de 95 años. Salí fatal”, dice herida en su orgullo, aunque sus hijos se ríen y le dicen: ¡Mamá, si usted YA ES vieja!

“¿Qué se han creído? Son unas mierdas mis hijos pero muero de amor por ellos, los adoroooooo”, dice enfatizando la “o”, igual que en el famoso comercial de 1980 donde le gritaba a Nissim Sharim arriba de una bicicleta: “¡Cómprate un auto Pericoooo!” y que le dio fama al protagonizar una de las primeras campañas de créditos de consumo. Una contradicción más para Delfina que abomina el capitalismo y que aboga por la libertad del hombre… Una mujer de libre pensamiento que rompió con los códigos de su época y los de su propia familia. Que juega siempre con los límites: pituca y guachaca (ganó el cetro popular en 2013); beata y marxista; profunda para jugar a ser frívola; bacheletista pero declarada amiga de Sebastián Piñera. Junto a otros actores participó en un par de comerciales para promocionar a las AFP a pesar de que jamás ha cotizado en un fondo de pensiones. Y hace un par de años perdió un millonario contrato con una firma de cecinas (donde caracterizaba a “Mi bella genio”) cuando admitió que esperaba que “les diera cáncer a los que pelan a Nicolás”, en referencia a aquellos que criticaban a su hijo ministro, entonces titular de Educación en los momentos más difíciles de la reforma. Y a ella ni le importó.

“Mi mamá es una contradicción”, asegura Joaquín (cineasta), el mayor de los cuatro hijos de Delfina —del primer matrimonio de la actriz con el arquitecto Joaquín Eyzaguirre— y hermano del actual ministro secretario general de la Presidencia, quien para variar está apurado y anuncia que pronto deberá partir a una reunión, porque un ministro no descansa ni los días sábados. “Tú sabes mijita que así como antes le sugerí que se metiera al PPD y luego al FMI por ‘cierta parte’, ahora le digo que haga lo mismo con la República”, dice bajándole el tono a los aires de gravedad que ha adoptado Nicolás desde que regresó a la función pública.

Son precisamente sus dos hijos mayores los que más protestan al momento de hacer las fotos. “¿Por qué tenemos que cambiarnos, acaso estamos muy mal vestidos?”, hasta que finalmente —luego de los ruegos del equipo— aceptan ponerse otra chaqueta.

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Es sábado, día en que —casi arrastrados por la madre— estos cuatro hombres se reúnen a almorzar y a ponerse al día con sus vidas. Una experiencia intensa, que incorpora a nietos, nueras y amigos. Todos con su personalidad, egos y excentricidades, donde el humor, la ironía, la política, el amor a la cultura y el cariño conforman una mezcla potente, tan intensa que apenas se logra contener en el pequeño departamento de Delfa.

Es primera vez que los cuatro hijos aceptan aparecer en una portada y hablar de su famosa madre. Con la salvedad, claro, de Nicolás, quien a contrapelo acepta ser parte del retrato pero ni hablar de la entrevista. A la hora de las fotos evita los histrionismos tan propios del clan: “Piensen que esta es una obra de teatro y yo interpreto al árbol…”, dice con ese humor tan negro que lo caracteriza. Aunque después, con los otros tres hermanos reunidos en torno a la grabadora, cuando el ministro ya se haya marchado, su nombre seguirá presente como uno de los miembros más entrañables —y al mismo tiempo más incomprendidos— del clan.

“Estoy con la obsesión de la tribu, con todos sus ritos, especialmente con los almuerzos de los sábados”, dice Delfina, ya más tranquila cuando el ajetreo se ha terminado. “Vieras tú mis peleas ideológicas por los bautizos. Pero soy yo la que quiere que los niños sean católicos ¡y punto! Soy la abuela y se acabó (dice con voz autoritaria). Así que llamo al cura, consigo los padrinos, la iglesia, todo”.

—Bien dictadora.

—Es que la familia es fundamental para mí. Me crié entre 34 primos; y nosotros éramos 4 hermanos, de los cuales quedamos dos vivos. Fue en la casa de mi abuelo donde entendí la importancia de la tribu porque pasé toda mi vida con viejos eternos, tíos maracos, primas casquivanas, toda esa maravilla que es la diversidad la tuve desde siempre.

Así, agotada y con mil actividades a la vez (está contratada por TVN, es presidenta de la Fitam, panelista del Sin Dios ni late) se encarga de organizar los almuerzos, de llamar uno a uno a hijos y nietos para confirmar la asistencia, y cuando ya están en su casa, hasta les quita el celular si se les ocurre sacarlo en la mesa.

“Soy la matriarca. Imagínate que aparte de mis cuatro hijos tengo 12 nietos y 8 bisnietos, el mayor de 20 años. El otro día le dije que le iba a comprar condones porque ya voy para tatarabuela…”.

Se suman a esta tribu las 13 nueras, “porque mis hijos tienen una verdadera obsesión por el matrimonio. Suena el timbre y es una señorita de blanco que viene a casarse”. Tanto así que el año pasado la familia celebró en Maitencillo el matrimonio de Nicolás con Bernardita Piedrabuena, y donde, cuenta Delfina, la Presidenta Michelle Bachelet hasta se sacó los zapatos para seguir bailando. Y en marzo fue el turno de Gonzalo con la actriz Francisca Sáez Toledo, que se celebró hasta altas horas de la madrugada con orquesta caribeña y todo. Es precisamente Gonzalo quien lidera la obra que hoy tiene a la matriarca como protagonista. Las alas de Delfina se llama y si bien no es una obra autobiográfica, representa la historia de una actriz al final de su vida quien memoriza su última obra. “Ella dialoga con la joven actriz que fue al principio. Eso mientras una corte de ángeles observa todo y contribuyen a que estos dos puntos del tiempo se vayan encontrando”, cuenta el hijo actor, el menor, el regalón de todos, sobre la obra que se presentará entre el 12 y el 14 de mayo en el Teatro Municipal de Las Condes y que itinerará por Iquique y Talca este 27 y 28 del mismo mes, respectivamente, para lo cual la actriz se prepara con sesiones en la cámara hiperbárica más las 14 vitaminas diarias que toma cada mañana.

Criada en el corazón de una familia de ascendencia vasca, con un padre conservador y una madre católica y de ultraderecha, fue enseñada al igual que las mujeres de su época para no tener otro destino que casarse, criar hijos y organizar la casa. “Provenía de una estructura familiar del “verbo momia” —cuenta Joaquín—. Mi abuelo era de la DC ultraconservadora y, la abuela, una momia salvaje. Inés Edwards se llamaba, por supuesto, ella era la que tenía la plata”.

A los 21 años Delfina se casó con el arquitecto Joaquín Eyzaguirre, quien la llevó de viaje por el mundo y le mostró un escenario que terminaría por seducirla. Joaquín y Nicolás eran unas guaguas cuando decidió matricularse en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Ahí se hizo íntima de Marta Rivas —la célebre abuela de Rafael Gumucio y Marco Enríquez— y Hortensia Bussi, que entonces ya pololeaba con Salvador Allende. Eran los tiempos en que ser actriz y vender el cuerpo eran la misma cosa. El escándalo fue total. “¡En los ’60 ser actriz era incluso peor: las prostitutas por lo menos cuentan con una entrada fija, pero los actores ¡nada!, jajajá”, dice Juan Cristóbal y los hermanos ríen a pesar de que en su tiempo la decisión de Delfina tuvo un destino trágico: se separó de su marido y en el juicio perdió la tuición de sus dos hijos. Su madre pudo haberse quedado con ellos para así evitar que los jueces tomaran tan drástica medida, pero ella no aceptó y los niños pasaron al cuidado del padre. “Por supuesto, mi mamá quiso castigarme. Como parte de la oligarquía era una mujer muy soberbia”.

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—¿Le quitaron a sus hijos o usted los dejó, como a veces se comenta?

—Me he hecho esa pregunta muchas veces… Tal vez no hice lo suficiente por quedarme con ellos; primó ese estímulo brutal de estar descubriendo un mundo que se me abrió con la universidad, y luego el teatro me apasionó de tal forma que no tuve armas para resistirme… Son las disculpas que me doy por no haber dejado el teatro. No era capaz nomás, a veces uno no es capaz.

—¿Sus hijos la entendieron?

—Ellos tienen una imagen mía muy potente, por mi valentía, aunque creo que sintieron un abandono tremendo. Yo tenía 24 años, que son nada que ver con los 24 años de hoy: era una niñita, hija de una familia conservadora tradicional, con muy pocos argumentos para defender mis impulsos.

—¿Nicolás y Joaquín nunca se lo sacaron en cara?

—Jamás. Lo que pasa es que tampoco tuvieron una relación paterna tal como hubiesen querido; Joaco, mi primer marido, es un hombre bien talentoso, inteligente, pero no estaba preparado para quedarse con dos niños.

Delfina, sin jamás proponérselo, abrió un espacio hacia un mundo totalmente diferente, una nueva dimensión. Pasados cinco años su mamá se separó de su padre, al igual que varios miembros de la familia. “¡Se separaron todos! El mundo estaba cambiando y yo fui la primera en atreverme”.

Aunque para los hijos el costo de la “transgresión” fue alto. No lo reconoce abiertamente, aunque con una mezcla de ironía y humor el hijo mayor recuerda: “Yo era chico, debo haber tenido 9 años y Nicolás 8. En la casa de mi abuela Inés no se podía nombrar a mi mamá, estaba prohibido. Nunca pregunté por qué, los cabros chicos obedecen nomás. Recién vine a cuestionarme sobre los efectos emocionales a eso de los 35 años (risas). Pero la echaba de menos… Todos mis amigos volvían del colegio y sus mamás los esperaban con unas onces maravillosas, con queque y todo exquisito. Pero en mi casa eran horribles, con pan duro y una mermelada de ‘samboa’, una cosa asquerosa que ni te cuento. Era así nomás. Yo tenía 5 años cuando ella se fue y para mí no tener mamá era lo más normal, a pesar de que a mi papá le costó ponernos en el Verbo Divino porque éramos hijos de padres separados”.

Delfina volvió a casarse con el actor y director de teatro Gustavo Meza, y juntos se instalaron en Concepción para impulsar el Teatro Experimental. Ahí vinieron sus otros hijos: Juan Cristóbal y Gonzalo. Recién embarazada comenzó a recomponer los vínculos familiares. “Ella vino a vernos un par de veces; salíamos en trolley a pasear. Pero me aterrorizaba que algún compañero del Verbo Divino viera a mi madre embarazada… Y es ridículo porque nadie tenía por qué saber que esa señora era mi mamá, pero era tal el pensamiento conservador que tenía instalado que me moría de vergüenza, ¡y sólo tenía 9 años!”, recuerda Joaquín.

Ya eran unos preadolescentes cuando conocieron el mundo de Delfina en Concepción. Y se enamoraron. “Fue como si aterrizáramos en Marte —recuerda Joaquín—, un lugar distinto donde se hablaban otras cosas. De partida, podías decir huevón, cuando en la casa de mi papá te volaban la cara de un charchazo si se te escapaba un garabato. Mi mamá nos empezó a hablar de Darwin, de la evolución de las especies, de otras cosas que no habíamos escuchado nunca”, cuenta Joaquín. Eso mientras que por la casa circulaban figuras como José Donoso, Gonzalo Rojas, Jorge Díaz, Nemesio Antúnez, Nicanor Parra. “Una vez hasta almorcé con una señora con las uñas muy cochinas a la que le decían Violeta…”, evoca.

Juan Cristóbal agrega: “Mi mamá abrió un espacio por el cual el Nico y Joaco pudieron transitar y les mostró un horizonte distinto, un mundo al que no habrían podido acceder de haberse quedado en Santiago. Les abrió la cabeza”.

Los dos niños Meza apenas caminaban. A Joaquín lo separaban diez años con Gonzalo, el menor, sin embargo, se volvieron muy unidos.

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Recuerdan con especial cariño su capítulo en Santiago, entre 1969 y 1978, cuando la familia ya de vuelta desde Concepción se instaló en un amplio departamento en la calle Juana de Lestonnac, Providencia. “Ahí convivíamos los cuatro hermanos, incluida la polola del Nico y la mujer de Joaquín, que entonces tenía 21 años; ahí también nació Javiera”, cuenta Juan Cristóbal sobre la nieta mayor de Delfina, hoy reconocida fotógrafa.

Era un departamento antiguo y encantador, ubicado en un quinto piso sin ascensor. Un dúplex muy bien cuidado, de muros altos, molduras en los techos y piso de parquet, decorado con cuadros de Gracia Barrios, Nemesio Antúnez, entre otros amigos entrañables de la actriz. Todo combinado con muebles y platería heredada de su mamá.

“Mis hermanos mayores fueron súper importantes en la preadolescencia. Ellos tenían un grupo de música que yo admiraba. Crearon un espacio con todos los amigos que circulaban tocando guitarra. ¡Y mi mamá tenía una paciencia! Llegaban de a veinte a almorzar”, recuerda Gonzalo.

Ahora es Delfina quien se sorprende: “No sé cómo vivíamos, no lo puedo entender, porque con mi sueldo de actriz mantenía la casa. Siempre tuve el sentido de la madre nutricia, muy preocupada de la comida. Así, cuando yo no estaba presente, sabía que mis niños tenían un lugar, un espacio donde se producía su vida social y ante el cual yo tenía acceso. Hasta el día de hoy me gusta verlos comer, ¡me encanta!”. Y luego, extasiada por los recuerdos, mirando a sus hijos, agrega: “Estos cuatro seres humanos me tienen absolutamente repleta. Cuando me preguntan a qué hombre he amado con ternura, pasión y desesperación, al lado de lo que siento por ellos, no ha existido nadie. Para mí los hijos son la prolongación de la especie, una sensación sublime; inteligentes a veces, tontos en otras, lindos en algunos momentos, horrorosos por instantes, sobre todo porque se visten pésimo, pero es una sensación tan completa que me duele cuando nos peleamos”.

Juan Cristóbal suspira y se agarra la cabeza con las manos: “No sé cómo lo hizo mi mamá para sobrevivir a cuatro hombres”.

Todos con carácter, se sienten “propietarios” de su madre, lo que por supuesto no facilitó las cosas para Delfina cuando, ya separada de Gustavo Meza, quiso rehacer su vida.

“Tuve muchos pololitos, pero cuando tus hijos son hombres debes cuidar hasta el color de rouge que te pones… Estuve muy involucrada con un dramaturgo argentino, Jorge Dragoon, un hombre inteligente, brillante, regio. Nos encontramos en una gira y la cosa empezó a crecer de manera bastante potente. Lo pasábamos muy bien, me gustaba mucho y decidí no ocultarlo más. Así que un día fui y le dije a Joaco: ‘Tengo una amistad muy importante con una persona muy inteligente. Es argentino…’ Y me contestó: Ay, qué vergüenza una mamá que tiene un pololo argentino, es lo peor que me puede pasar… Después fui donde Nicolás y le comenté:…‘entonces él va a venir a Santiago y se va a alojar con nosotros’. Y me dijo: ¿qué edad tiene usted mamá?, está hablando como una niñita de 14 años… Después partí donde Juan Cristóbal, que me miró y me dijo: pobrecita, ella cree que está pololeando, cómo se arma esas ilusiones cuando no tiene ningún destino… Y finalmente, cada vez más derrotada, hablé con Gonzalito. ¿Sabes qué me contestó?: Ya mamá, ¿y tiene auto? Así son mis 4 hijos”.

Los hermanos ríen. “Lo del argentino es algo que está en el imaginario; ninguno de nosotros conoció a ese huevón. ¿Tú viste a la mamá con él?”, le pregunta Joaquín a Juan Cristóbal. “Sí, los vi juntos, aunque no sexo explícito”, contesta muerto de la risa. Por algo Gonzalo es el regalón porque declara: “Nosotros siempre quisimos ver a mi mamá emparejada. Ella desechó a un colombiano que todos lo queríamos mucho”. Pero la idea es descartada de plano por el resto: “‘¡Noooo, era in-so-por-ta-ble”, dice Juan Cristóbal. “¿Qué colombiano?”, pregunta Joaquín, haciéndose el despistado. “Uno que era millonario, muy simpático”, lo defiende Gonzalo. Pero Juan Cristóbal declara sin dar lugar a más opiniones: “Me parece muy bien, de muy buen gusto que mi mamá se haya mantenido soltera”. Y Joaquín no puede estar más de acuerdo: “Además que éramos muchos, un huevón más nos fregaba la vida. Te apuesto que Nicolás también piensa lo mismo”, y zanja el asunto con mayoría de tres a uno.

—Perdón pero a eso se le llama celos.

—Joaquín: No, se llama metro cuadrado. Imagínate compartir a la mamá entre cuatro. Además estaba el teatro que era su otra pasión. Nosotros debíamos, además, compartir a la mamá con el público.

—Juan Cristóbal: Hasta hoy. O sea, no te explico lo que es salir con ella…

—Gonzalo: Sor Teresita personificada, la gente se le acerca, la toca, le llevan guaguas para que las bese. Es difícil salir con alguien que está “santificado”. ¡Y a ella le encanta!

—Juan Cristóbal: Entonces si ya de chicos nos costaba tener un espacio con la mamá, con un caballero metido ahí, ¡fregábamos todos! Sólo podía ser alguien outdoor.

—Joaquín: Que ni fuera a almorzar ni nada. Bien lejos.

—Juan Cristóbal: Y sin detalles.

Los hijos tuvieron que convivir con las dos caras de Delfina. Una, deslenguada y alegre. Pero en otras se encerraba y caía en profundas depresiones. Juan Cristóbal recuerda: “Mi mamá entraba en unos ciclos depresivos que sólo con el tiempo logramos entender, porque cuando éramos más chicos nos costaba porque se metía a la cama y no se levantaba más. Pero teníamos consciencia y éramos súper cuidadosos; no hacíamos ruido, le llevábamos té, le hacíamos cariño. Cuando alguien despliega esa cantidad de energía, en algún momento tiene que venirle un bajón…”.

Una de las crisis más negras fue tras el fin del Ictus, la célebre compañía de teatro que integró Delfina durante casi dos décadas. “No se acabó, fue ella quien decidió irse porque la búsqueda artística que tuvo durante mucho tiempo, con Pepe Donoso y los mejores dramaturgos del país, de pronto se vio truncada y ella ya no quería seguir agarrándose a charchazos”, cuenta Juan Cristóbal. Y Joaquín agrega: “Se peleaban como salvajes por cuestiones intelectuales. Cada obra era un parto”. Gonzalo añade: “Fue muy intenso, hasta que a ella no le gustó el rumbo que estaban tomando y en vez de seguir agarrándose de las mechas prefirió irse. Claro que la decisión tuvo un costo emocional muy fuerte”.

Vuelve a aparecer Delfina radiante después de la sesión de fotos, de pollera fucsia, una llamativa blusa amarilla y zapatos de su amiga Techi Edwards, quien murió el año pasado, otro dolor para ella. “¿Un postrecito?”, dice con ese tono elegante. “Nada pues mamá, ¿no ve que interrumpe?”, la molesta Joaquín. Y Juan Cristóbal: “Estamos pasándolo súper bien Pollito, no se preocupe”.

Retomamos la historia del Ictus.

—Joaquín: Cómo no se iba a deprimir si a los 60 años mi mamá terminó un proyecto intensísimo. La actriz famosa, esa que hoy todo el mundo conoce, es de hace sólo dos décadas cuando la llamó Vicente Sabatini para empezar a hacer teleseries.

—Juan Cristóbal: Cuando se fue a la tele sentí que ahí me cambiaron un poco a la mamá. Me costó entender esto. No era el éxito, que jamás nos impresionó porque estábamos rodeados de gente exitosa. Pero el tremendo talento artístico fue algo que siempre me impactó. Tengo recuerdos de muy chico de haberla visto actuar sin poder creer que fuera ella, porque se transformaba.

—Joaquín: A mí me resultaba difícil sacar a mi mamá del personaje.

—Gonzalo: La primera vez que trabajé con ella fue en una obra que le cargó, y alegaba en todos lados, en la casa, en los camarines. Pero cuando se prendían las luces todo era fantástico, lo hacía perfecto, y yo me preguntaba, ¡pero cómo lo hace tan bien si esta obra ni siquiera le gusta!

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Y del amor de madre, confiesan:

“Yo soy bien apegado a ella, me cuesta soltarla”, dice Gonzalo. Y Joaquín agrega: Yo creo que somos todos bien cercanos, lo que pasa es que el Nico tiene mucho trabajo y es distante por una cuestión obvia, porque no para. Y siempre está agotado. Entonces llama a mi mamá a veces y ella cae en espasmos de la emoción. Es lo más cariñoso que hay, un gran tipo, totalmente destrozado por su trabajo. Es un estropajo, ustedes lo vieron”. Y Juan Cristóbal pregunta: “¿Alguien se puede exponer a esa cuestión conscientemente? Nunca he entendido por qué acepta esos puestos”. Joaquín es quien contesta: “Porque le tiene que gustar el poder pues huevón, ¡obvio!”.

Pero Delfina no está de acuerdo: “Creo que él tiene una cosa muy cristiana. Tengo la impresión de que siempre está pagando una culpa, que le gusta el sacrificio, y eso lo tiene muy metido desde que era un niñito de tres años, desde que íbamos al sur y nos metíamos a las casas de los campesinos, él se preguntaba por qué él tenía cosas y los otros no. Un sentimiento muy profundo que no tienen nada que ver con una identidad política o un partido”.

Joaquín remata: “El Nico es un muy buen tipo al final de cuentas, lo que pasa es que hace todo lo posible porque no se le note”.

Aún no se sabe si Nicolás interpretará una de las piezas para guitarra que compuso Juan Cristóbal para la obra que tendrá a Delfina de regreso a las tablas. “Todavía estamos en conversaciones —reconoce Gonzalo—. La idea es que grabe una de las melodías, además que toca muy bien, es concertista”.

Delfina no puede más de la emoción: “Trabajar con mi tribu es una gloria que no te explico. A pesar de lo cansada que estoy, sin saber si tendré la energía suficiente para enfrentar una gira, que es muy agotador, ha sido lo máximo. Y se dio todo: mi nuera —la mujer de Gonzalo—, por ejemplo, vino a reemplazar a una actriz que se fue. Y Juan Cristóbal participa con algunas canciones de su disco Angel. Joaco dijo que podía ayudar con la estética; y mi nieta Javiera, que es fotógrafa, ofreció hacer el diseño de luces. Vicente, el hijo de Juan Cristóbal, que es dramaturgo, está revisando los textos. La familia se ha ido sumando”.

Todos en torno a una madre potente. “Ella nos dio la oportunidad de entrar en su mundo. Gracias a eso no nos transformamos en contadores o ingenieros, como podría haber sido nuestro destino. Estamos obligados a responder a eso. Es el cromosoma Guzmán”.