En 1995 el menor de los príncipes daneses sorprendió a la prensa y a los súbditos del reino al casarse con Alexandra Manley, una joven nacida en Hong Kong y con una exitosa carrera en el mundo de los negocios. La nueva princesa Alexandra, guapa, profesional y disciplinada, se ganó el corazón del reino en tiempo récord.

A los cinco idiomas que manejaba a la perfección (inglés, francés, alemán, chino y japonés) agregó en medio año el danés. Se adaptó a su nuevo estatus de monarca y rápidamente comenzó a ser reconocida como uno de los miembros más queridos de la familia real. Pronto nació su primer hijo, el príncipe Nikolai, hoy de 16 años, y le siguió luego el príncipe Félix, que ya tiene 13 años. La historia parecía sacada de un cuento de hadas.

Pero a los diez años el idilio se vino abajo y la pareja decidió divorciarse. La primera ruptura en 150 años dentro de la familia real que, sin embargo, se concretó en buenos términos. La hasta entonces princesa Alexandra recibió un considerable monto de dinero anual, una lujosa casa en una de las zonas residenciales más exclusivas de Copenhague y la reina Margarita le concedió el título personal de condesa de Frederiksborg, por lo que pudo mantener la tiara con la que se casó, una pieza significativa de las joyas de la familia real.

Sin embargo, la popularidad de Alexandra Cristina rápidamente comenzó a bajar y no mejoró cuando dos años más tarde (2007) encontró un nuevo amor. Se casó con el camarógrafo Martin Jörgensen, 14 años menor que ella, y a quien había conocido mientras éste hacía algunos documentales para la familia real.

Los jóvenes príncipes Nikolai y Felix congeniaron rápidamente con el nuevo miembro de la familia. Otra vez parecía una historia de cuentos románticos. Pero la magia duró ocho años y medio. Ahora la condesa Alexandra anunció nuevamente el divorcio.

En una entrevista a la agencia danesa Ritzau, la condesa explicó que dado que ya no comparten los mismos valores ella había tomado la decisión del divorcio: “Cuando uno se casa hay muchos sentimientos involucrados y uno espera que dure para toda la vida; es una decisión grande y difícil de tomar, pero la he tomado”. Y agregó con triste resignación: “Ya no tenemos los mismos valores y no podía ver que tuviéramos un futuro juntos”.

Cercanos de la pareja han comentado que en el último tiempo llevaban vidas prácticamente paralelas. Mientras él hacía de las noches día recorriendo los sitios más in de la capital danesa, la condesa se había vuelto más discreta y tranquila. Prefería estar en casa, donde se divertía con sus hijos, quienes son su principal preocupación: “Siempre he sido una madre fuerte y cariñosa con mis hijos y por eso me voy a ocupar de que esta situación les afecte lo menos posible”, explicó.

El príncipe Joaquín, que entretanto rehizo su vida al lado de la princesa Marie, de origen francés y con quien tiene otros dos hijos, ha declarado a uno de los periódicos nacionales que, naturalmente, está muy preocupado de la situación por la que están pasando sus hijos: “Estoy muy atento. El bienestar de ellos es lo que más me importa y ahora necesitan es tranquilidad”, dijo. El príncipe confirmó que sus hijos están muy afectados y que le preocupa de manera especial el impacto que la cobertura de prensa pueda tener en los jóvenes que hoy atraviesan por plena adolescencia.

Tras el anuncio de divorcio sólo se ha visto a la condesa Alexandra un par de veces mientras ha ido a dejar al príncipe Félix al colegio, una tarea que hasta hace una semana atrás cumplía rigurosamente Martin Jörgensen. Aun tras los lentes de espejo que la condesa lleva, Alexandra de Frederiksborg está triste.