La noticia de que el Papa Francisco aceptaba la renuncia (por razones de edad) de tres obispos chilenos, entre ellos el de Valparaíso, Gonzalo Duarte, fue como echarle más leña a la hoguera. La indignación se apoderó de muchos fieles de la diócesis, la tercera más importante de Chile, y reabrió el dolor entre una decena de hombres que acusan haber sufrido abusos —sexuales, de poder y conciencia— por parte de Duarte, como también de otros sacerdotes de su círculo, entre ellos Humberto Henríquez, cuyo nombre se repite en los diversos testimonios.

Por eso, que el Papa anunciara la partida de Duarte sin pronunciarse ni anunciar acciones, impulsó a varios a hacer pública su historia y buscar justicia.

Al cierre de esta edición serían ocho los ex seminaristas denunciantes, de los cuales cinco han optado por el anonimato. Los tres más públicos se reunieron el pasado lunes 11 de junio con el enviado especial del Vaticano, Charles Scicluna. A la cita se sumaron, además, dos ex sacerdotes (cuyos nombres se mantienen en reserva) quienes a su vez afirmaron representar a un total de diez religiosos, quienes dejaron sus hábitos luego de las amenazas, hostigamientos y la serie de abusos, todos teniendo como punto de inicio el Seminario Mayor San Rafael. Los diez hombres recomenzaron sus vidas, algunos se casaron y formaron familia, pero se reúnen una vez por mes para hablar de su historia y rezar por la Iglesia. El obispo maltés se emocionó y lloró al escucharlos.

Según habría reconocido el propio Scicluna, se trataría de un caso similar al protagonizado por el párroco de El Bosque, Fernando Karadima. Aunque más grave, considerando que se trataría del arzobispo de una poderosa diócesis (no de una parroquia como en el caso de Karadima), ex obispo castrense, con fuertes redes en el mundo militar y empresarial, quien incluso estuvo entre las opciones evaluadas por el Vaticano para ser nombrado Cardenal de Santiago en el 2010.

CARAS conversó con tres de los denunciantes cuyos casos hoy están en manos del Vaticano, quienes fueron escuchados por Charles Scicluna y que están evaluando los pasos legales a seguir. Dos de ellos (Sebastián del Río y Mauricio Pulgar) llevaron sus denuncias hasta la nunciatura, con los documentos que los respaldan. La Conferencia Episcopal (en una nota de El Mercurio) respondió que “no hay ni hubo ninguna investigación en curso”. Agregaron que solo hubo una denuncia ante la justicia civil hecha hace años” por Pulgar contra Duarte y otros obispos y sacerdotes, sobreseída porque los hechos estaban prescritos. Sin embargo, miembros de la iglesia entregaron declaraciones que contradicen lo dicho por miembros de la Conferencia Episcopal y han asegurado que las denuncias contra el obispo de Valparaíso sí existirían. El primero fue el sacerdote Francisco Javier Astaburuaga, quien aseguró, a través de una carta publicada en El Mercurio que sí existen documentos formales en los cuales se denuncia a Gonzalo Duarte “por abuso de poder, de conciencia y de acoso sexual”. Y agregó que él mismo entregó un texto “en la Nunciatura Apostólica el 5 de mayo de 2008 y todavía espero respuesta”.

Se sumó al del sacerdote Eugenio de La Fuente, párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, quien dijo que la declaración de la Conferencia Episcopal no se ajusta a la verdad y explicó que “se entregó una denuncia eclesiástica con fecha 19 de Mayo de 2010 en la nunciatura apostólica de Santiago de Chile”.

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Sebastián del Río, ex seminarista: ‘SON MATONESCOS, INCONSCIENTES, PERVERSOS’.

“Gonzalo Duarte es un sicópata, un hombre que sólo piensa en él; ha hecho mucho daño. Hablo desde mi experiencia personal y tras conocer otros casos, todos muy potentes. Fue el primer sacerdote al que —a los 10 años— le conté que quería ser sacerdote: ‘déjate de pensar en estupideces’, me contestó. Para mí fue duro; él era muy cercano a mi familia; casó a una de mis hermanas, bautizó a mi sobrina. Lo veía como un referente, el director pastoral y luego rector de los Sagrados Corazones de Viña,donde estudié con mis hermanos.

Pero mi vocación era muy fuerte y entré en el seminario en 1999. Desde el principio noté el estrés, la tensión que se vivía. Era frecuente ver salir o entrar seminaristas de la pieza del padre rector pasadas las 11 de la noche o a la hora de la siesta; y no era para confesarse, porque para eso estaban los directores espirituales… El mío era Mauro Ojeda, un gallo carismático, que se presenta como el típico sacerdote bonachón, pero detrás de esa fachada había un depredador sexual. El era uno de los formadores y llegó a ser rector del seminario.

En 2003 empezó a acosarme; se metía a mi pieza. Yo me ponía nervioso; dejaba la puerta abierta cada vez que él entraba. Lo estaba pasando muy mal. Como era mi director espiritual, por su culpa empecé a ver las cosas al revés, lo blanco era negro. El quería convencerme de que yo era homosexual.

En noviembre de ese año, Santiago Silva, obispo auxiliar de Valparaíso (y hoy presidente de la Conferencia Episcopal), me dijo que Mauro se había enamorado de mí… ‘Te exijo que lo confrontes’, me advirtió. Cuando lo hice, Mauro se largó a llorar: que quería estar conmigo, que le hiciera cariño, masajes, le sacara los zapatos… Salí arrancando, no lo podía creer. Después de eso comenzaron sus castigos y maltratos a vista y paciencia de los otros formadores, pero nadie hacía nada. A Mauro Ojeda lo sacaron en el verano, supuestamente porque había dejado la embarrada económica. Así que los tres años siguientes transcurrieron con mucha calma y espiritualidad. Gonzalo Duarte me llevó a trabajar con él durante tres meses para que fuera su secretario. Sólo el primer mes bajé 10 kilos a causa del maltrato; a tal punto que me dijo: ‘si no adelgazas no pienso ordenarte sacerdote nunca’. En 2007 me mandó a vivir a una parroquia en Casablanca. Ahí Reinaldo Osorio, el párroco, me dijo que el obispo le había informado que no me ordenaría sacerdote y que se hiciera cargo de mi salida. Quedé tremendamente desconcertado. Llamé a monseñor Santiago Silva y le pregunté qué pasaba; yo llevaba casi 10 años en este proceso, podrían haber retomado las riendas de mi vida mucho antes… Al parecer Silva conversó con Duarte porque éste me invitó a su departamento. Cuando llegué me contó que le dolía mucho la espalda. Me llevó a su pieza, entró al baño, se desnudó la parte de arriba y me pasó una crema para que le hiciera un masaje… Jamás debí hacerlo; vulneró mi integridad… Accedí porque estábamos hablando de mi ordenación. Le pedí que no se enterara nadie… ‘Esto no tiene ninguna importancia —contestó— dale nomás, aplícalo con más fuerza…’. Ahí me catapulté al infierno. Me fui de ahí consternado, en cuanto terminé el masaje; no había que tener dos dedos de frente para darse cuenta de su intención.

Entretanto accedí a contarle al promotor de Justicia de la Diócesis de Valparaíso la historia de acoso que sufrí con mi ex guía espirirtual, Mauro Ojeda. A los dos días me llamó Duarte, furioso. Había decidido no ordenarme por ‘copuchento, hablador y metete’, cómo era posible que sacara a la luz las prácticas abusivas, de connotación homosexual y de abuso sexual de su clero. ‘Mucho cuidado con lo que dices y lo que hablas porque te voy a cerrar las puertas de todas las diócesis de Chile’, y así fue. En la Conferencia Episcopal empezó a decir que yo era homosexual, que estaba despechado y que sólo quería ser sacerdote por mis papás. Yo tenía 28 años. Imagínate lo difícil que es rehacer tu vida luego de estar casi diez dedicado a la Iglesia. ¿Qué hago con la psoriasis, las emociones, el destrozo que me provocaron? Llevé mi caso a la nunciatura, así como a todos los dicasterios y también los hice llegar al Vaticano. Porque a la jerarquía de la Iglesia chilena no les creo nada: son matonescos, inconscientes, perversos. Por eso llevé el caso a Roma en el 2010. Dicen que gracias a eso Duarte finalmente no fue nominado Cardenal.

Le estoy profundamente agradecido al Papa Francisco porque desde que se conoció su decisión de aceptar la renuncia de los tres obispos, muchos empezamos a vivir en paz después de mucho tiempo. Porque la situación de Valparaíso es una podredumbre: entras al seminario buscando vida que es Jesucristo, pero terminas encontrando muerte, de hecho, sabemos de casos que terminaron en suicidio.

Estamos evaluando los pasos jurídicos a seguir. Eso lo está viendo mi abogado, Francisco Feito. Una arista podría ser abuso de DD.HH. Y el derecho canónico dice que hay que restituir cuando se han cometido graves faltas, reparar el daño. Quiero que se admita que aquí hubo un grave menoscabo moral, abuso y manipulación de conciencia y el obispo encubrió a diversos personajes que cometían los ilícitos y que se reconozca que jamás he mentido. Tengo todos los documentos que comprueban mis denuncias, pero Duarte me ha denostado de forma privada y pública. Ya no le creo al perdón de Duarte”.

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Mauricio Pulgar, ex seminarista

“Gonzalo Duarte era profesor del seminario, aunque lo conocía de antes, cuando iba a la parroquia de Quilpué donde yo era acólito. Tenía como 13 años y me dirigía espiritualmente José Donoso. Duarte siempre le hacía mucho cariño a los acólitos, pero como yo era más grande me mantenía distante, además que había algo que me causaba rechazo en él. Cuando entré al seminario, fue mi profesor de Liturgia. En clases se obsesionaba con que habláramos de la masturbación, de la homosexualidad; decía que a uno le podían llegar a gustar otros hombres y que eso no era malo, pero que si nos pasaba sólo podíamos hablarlo con él… Se volvió reiterativo; yo lo confrontaba, que perdíamos el tiempo hablando de estos temas, y se empezó a enojar conmigo.
No me acuerdo por qué, pero en familia siempre se habló de que había que alejarse de Duarte. Dos de mis hermanos estudiaron en los SS.CC. (donde él fue rector) y eso siempre se decía. Así que era parco con él, no dejaba que se me acercara.

Los conflictos se acrecentaron cuando me negué a ir a su casa. ‘¿Por qué no van a mi departamento el fin de semana, lo vamos a pasar bien, vamos a celebrar misa juntos?’, nos dijo a un grupo de seminaristas; celebrar una eucaristía entre dos o tres personas era como ir a un concierto de rock. Pero me negué y ahí definitivamente caí en desgracia.

Para mala suerte mía, un día entré a una sala y Duarte le tenía la cabeza sujetada a un seminarista —que hoy es sacerdote—, forzándolo claramente para darle un beso. Me vio y con grito ordenó que cerrara la puerta. Luego me tocó ver a este mismo chico siendo obligado a besar esta vez al sacerdote José Olguín en la sacristía del santuario de Lo Vásquez, que está al lado del seminario. Este niño (era menor de edad) sufrió un colapso nervioso y tuvo que ser hospitalizado. Entre Duarte y José Olguín me hicieron la vida imposible por haberlos visto.
Un día José Olguín empezó a tocarme los hombros, los brazos, las manos. Me molesté, y como había estudiado karate, le hice una llave que lo dejé en el suelo. Fue un escándalo, dijeron que yo era violento, que tenía que cultivar la virtud, la paciencia y la humildad. Le echaron la culpa a mi mamá, que como ella era separada entonces era prácticamente una prostituta. Para protegerme de ella, decidieron que no podía salir del seminario ningún fin de semana. Me quedaba solo en ese tremendo edificio.

Entonces decidieron mandarme al sicólogo. Me decían: lo que pasa es que eres homosexual y no lo quieres asumir, por eso no te gusta que te toquen.

Sobreviví los tres años, pero en lugar de renunciar a mi vocación pensaba que tal vez tenían razón y que a lo mejor no tenía que seguir viviendo… además ellos me insinuaron de que el problema era yo.

Mi mamá fue a verme porque no entendía qué estaba pasando; en la sala se paseaban los formadores a ver qué hablábamos y ella se dio cuenta de que pasaba algo raro, pero yo tenía prohibido contarle algo (llora y gruesas lágrimas bajan por sus mejillas).

Fui a hablar con el rector (Jaime Fernández); Duarte era vicario general de la diócesis, profesor y director espiritual. Le dije que me sentía acosado. Puso cara de espanto, pero no podía ser que no supiera lo que estaba pasando. Me dijo que no me fuera, que arregláramos las cosas, que a lo mejor estaba estresado. Le pedí que me ayudara a entrar a teología en la UC. Tuve la genial idea de ir a hablar con Santiago Silva, formador de teología y profesor (luego fue obispo auxiliar de Valparaíso; más tarde obispo castrense y hoy presidente de la conferencia episcopal). Me dijo que yo era un estorbo, lo peor que lo podía pasar a la Iglesia, que lo mejor que podía hacer era matarme.

Aunque decidí no seguir, ayudaba a dos sacerdotes —José Donoso en Quillota y Humberto Henríquez en Los Andes— los fines de semana con sus parroquias mientras estudiaba teología en la UC. Descubrí que el primero malversaba los fondo de la iglesia y pronto me llegaron reclamos de que llegaba en la noche con niños a la parroquia, que les daba plata. Lo denuncié con otros sacerdotes; él me pegó, me amenazó de muerte. Empecé a ayudar más a Humberto Henríquez. Un día en que se me hizo tarde y él insistió en que me quedara; le dije que no; me dio un sándwich, una bebida, pero empecé a sentirme mal. No recuerdo nada más, sólo que desperté de noche, con unos jadeos. Abrí los ojos y él me estaba violando; traté de moverme y no pude. Cuando salió el sol, agarré mis cosas. El insistía: que estas cosas pasan, que estaba todo bien, que ahora estaba en su círculo y que podía tener toda la protección que quisiera; si quería ser obispo tenía las puertas abiertas, que así lo habían iniciado a él. Abrió un cajón con plata y me dijo: ‘esto es para ti, ahora puedes tener todo el dinero que quieras…’.

Hice denuncias en 1998 y el 2000; pedí una entrevista con el obispo Gonzalo Duarte; me dijeron que no me iba a recibir por ningún motivo, que las puertas estaban cerradas y que desapareciera, que no me atreviera a hablar o que pagara las consecuencias, y efectivamente eso pasó: comenzaron a hablar cosas, no me dejaron dar las pruebas finales en la universidad y no pude terminar la carrera. Me vine a trabajar a Santiago.

Inicié acciones judiciales, presenté una denuncia canónica en 2012, pero fue un chiste porque no me dejaron presentar pruebas (entre ella una grabación que le hice a Henríquez donde reconocía haberme drogado y violado). Tampoco entrevistaron a los testigos de contexto, no les importó. Entonces presenté acciones judiciales; Humberto Henríquez no fue a declarar y el juez determinó que los delitos estaban prescritos. Yo lo sabía, pero esperaba que en la iglesia tomaran una actitud de humildad, que pidieran perdón, pero eso no pasó. Al contrario, llamaron a las empresas donde trabajaba y lo perdí todo; quedé en la calle porque no pude seguir pagando los préstamos que tenía; vendí lo poco que nos quedó, comía de lo que sobraba en la feria, hasta que repunté.
Hoy decidí seguir mi camino con los protestantes”.

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Marcelo Soto, ex seminarista

“Entré en el Seminario Mayor San Rafael en Lo Vásquez en 1991. Mi primer año transcurrió bastante bien. En 1992 llegó Humberto Henríquez. Venía derivado del Seminario Mayor de Santiago y quería ordenarse en Valparaíso para permanecer en la diócesis. Aunque yo tenía 21 años y él 31, nos hicimos súper amigos.

A los dos años lo ordenaron cura y lo nombraron vicario de la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Quilpué. Iba a verlo todas las semanas. Nos llevábamos bien, así que me pidió que lo ayudara con algunas capillas.

Un domingo volvimos a la parroquia. Era tarde… Me dijo ‘vamos para mi pieza a conversar un rato antes de que te vayas’. Partimos al dormitorio y justo lo llamaron; mientras iba a atender el teléfono me dijo: ‘saca una película de ahí para que la veamos’. Eran vídeos de VHS. Tomé uno y lo puse. Era una película porno gay. A los tres minutos volvió y al verme se puso a reír. Le dije que no quería verla, que me hacía mal. Se me acercó: ‘qué importa si te gustan los hombres o las mujeres, uno tiene que ser cura por la plata y ese tiene que ser su objetivo: la plata, si te metes con hombres o mujeres da lo mismo’. Se me abalanzó… Forcejeamos. El era grandote y yo chico; me bajó el pantalón y me tocó los genitales. Me congelé. Fueron 30 segundos que se me hicieron eternos, quedé en shock, casi inmóvil, como anestesiado, pero reaccioné y lo empujé. Como pude agarré mis cosas y me fui. Cuando llegué al seminario entré al dormitorio y lloré, sin parar.
Esa semana vinieron al seminario el obispo auxiliar, Javier Prado, y también Gonzalo Duarte, vicario general de la diócesis y mi director espiritual; él era profesor de liturgia y siempre hablaba del pirulín. Tenía una fijación con eso.

Javier Prado saludaba de beso en la cara, lo que me incomodaba mucho. Una vez corrió la mejilla y trató de besarme en la boca… A él tuve que contarle lo que me había hecho el padre Henríquez. Me dijo que no lo hablara con nadie, salvo con mi director espiritual que era Duarte. Quedó de hablar con Humberto Henríquez para conocer su versión.

A la semana siguiente Duarte y Prado me llamaron; Humberto les había dicho que todo estaba bajo secreto de confesión así que no contó nada. Decidieron enviarlo donde una sicóloga…. Ahí Prado me cuestionó: ‘pero, Marcelo, ¿no habrás hecho algo tú que lo haya llevado a eso? Monseñor, de verdad no hice nada —le contesté—, teníamos una amistad desde mi punto de vista muy sana y jamás le di ningún motivo para que pensara que yo quería algo con él o que soy homosexual, lo que no soy’. Duarte intervino: ‘te pido que no lo comentes con nadie, además que tú sabes que el hilo se corta por lo más delgado’. Claramente me estaba amenazando.

Esto fue en septiembre. Humberto Henríquez me llamó como tres veces más al seminario: ‘¿Viste que no me hicieron nada, que yo hago lesa a la sicóloga y le digo lo que ella quiere escuchar y está feliz? Tú tienes que hacer lo mismo, olvídate de lo que pasó: sigamos’. Entré en dos crisis profundas: la vocacional y no saber si yo era el causante de todo esto. Tenía 21 años, era muy inmaduro, de una familia muy conservadora. Terminé el año, lo pensé, lloré y a fines de febrero cuando tenía que volver decidí que no quería ir más. Renuncié y a los pocos meses me casé. Como era de bajo perfil los curas hasta me dieron carta de recomendación para encontrar pega.

Nunca conversé de esto con nadie hasta hoy. Este trauma me produjo una enfermedad autoinmune, una artritis a la columna y a mís 47 años ya estoy jubilado por invalidez. Según el doctor se gatilló por una situación muy dolorosa, estresante. ¿Qué más pudo haber sido?

Cuando vi hace algunos años la noticia de Mauricio Pulgar denunciando su caso en TV, me sentí culpable. Yo fui el primero en denunciar a Henríquez, le pedí a Prado y a Duarte que tomaran cartas en el asunto, pero le pusieron sicólogo a él y a mí no, y a mí me hicieron sentir tan desechable, pasado a llevar en mi dignidad. Y después Humberto Henríquez siguió abusando.
¿Qué hizo Duarte cuando lo nombraron obispo de Valparaíso? Escondió a Humberto Henríquez en San Felipe. En vez de tomar el sartén por el mango, lo ocultó. Pero si ya tenía una denuncia que era la mía, y a Mauricio lo drogó y lo violó… Y entiendo que hay más casos, porque esas personas se están contactando con nosotros. Se está armando un movimiento grande, de ex seminaristas, ex sacerdotes, laicos, que tienen testimonios y fueron afectados por el tema. Tengo la certeza de que hay monaguillos en Quilpué y en Los Andes que fueron abusados por este sacerdote (Humberto Henríquez) que hoy ejerce libremente el ministerio en San Felipe. ¡Sigue siendo sacerdote, esto es insólito!”.