Minifalda, zapatos de plataforma, Rolex de hombre y pelo rubio hasta la cintura, Susan Greenfield es una de las científicas que rompe esquemas en el Reino Unido. A sus 64 años ha recibido más de 31 honores, entre los que se destaca el de Michael Faraday y la mujer del año según The Observer. Es la única científica que dirigió el Royal Society of London por doce años y, después de varias críticas que la acusaban de un vestir inadecuado para su edad, posó para la revista Hello. Lo suyo es el estudio del cerebro y el comportamiento humano. Lo hace con palabras simples, que atrapan, y es una de las pocas científicas con programa de televisión propio en la BBC. Esta profesora de la Universidad de Oxford revoluciona a sus pares, se gana elogios mundiales, pero también críticas. La tachan de exagerada, de no entender la importancia de la tecnología. “No soy antitecnología ni nada de eso que dicen. Sólo creo que es importante que entendamos el equilibrio y el peligro al que nos exponemos con el uso excesivo de éstas”, comenta. 

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Su último proyecto se llama Mind Change y explica de qué manera cambia el cerebro con el abuso de internet, redes sociales y videojuegos. “Estamos engordando, volviéndonos más autistas y en ocasiones asexuados”, advierte.

“En un mundo donde la constante es la preocupación por la cantidad de azúcar o sal que le ponemos a la comida, deberíamos empezar a mirar al exceso de conexión al que nos exponemos todos los días y mi último libro es un wake up call al mundo. Son más de 500 estudios donde se revisa en tres diferentes aspectos la vida moderna: las redes sociales y sus efectos sobre la identidad y las relaciones sociales; los videojuegos y su impacto en la concentración y sus links con la adicción; y por último, el exceso en el uso de buscadores como Google, que tienen efectos negativos en el pensamiento, el aprendizaje y la memoria. “Nuestro cerebro se adapta al ambiente y en el siglo XXI también lo está haciendo, entender las implicancias de este fenómeno es tan importante como preocuparnos del calentamiento global”.

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La típica escena del metro donde todos van mirando el celular le resulta triste, y cree que estamos perdiendo tiempo: “Los celulares nos están alejando de placeres como mirar el cielo al caminar o hablar con otra gente. No hay nada más triste que entrar a un lugar y ver cómo la gente en vez de mirarse o charlar, mira su aparato. De qué me sirve estar en una comida con mis grandes amigos, si sólo estoy atenta de quién me puso me gusta o no en mi Facebook, o de mi amigo que está de vacaciones en Hawaii”, dice y lo hace de manera tajante.

—Suena como anticuado, porque eso es lo que nos gusta de la tecnología, el que nos sirva para acortar las distancias, ¿o no? 

—El tema está en distinguir quiénes son amigos y quiénes no. Nuestros “amigos” de Facebook o de las redes son una especie de audiencia a la que estamos todo el tiempo tratando de entretener y esperando que nos den aprobaciones o nos digan cosas. Se pierde el tiempo, porque estar siempre conectado significa estar de manera constante a la espera. Recuerdo un desayuno con el primer ministro de UK. La señora que estaba a mi lado se veía muy emocionada con él, pero nunca escuchó una palabra de lo que dijo, ya que estaba demasiado preocupada por lo que respondían en Twitter.

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—¿Estamos viviendo todos un poco así? De alguna forma estamos involucrados en las redes, ¿cierto?

—Es una forma extraña de ver la vida la que estamos adquiriendo, es como si todo el tiempo viviéramos en una película y tuviéramos que contarles lo que hacemos en nuestras vidas a otras personas, viviendo la vida de otros.

—Usted dedica un capítulo de su libro para contar cómo las redes sociales nos hacen entrar en una crisis de identidad. ¿Cómo se explica esto?

—Es realmente malo para nosotros lo que algunos llaman la nueva forma de comunicar o de compartir. A veces compartimos lo que queremos ser, pero no lo que realmente somos. Es difícil desarrollar la identidad propia si todo el tiempo estás compartiendo lo que haces. Los jóvenes a cualquier cosa le sacan foto, y todo lo suben a la web, hasta lo que van a comer. Entonces pregunto si están interesados en la comida o en lo que están compartiendo. Ahora, yo me pregunto: ¿por qué todos deben interesarse por eso? Me sorprende cómo van a interesarse por la vida completa. Es absurdo e infantilizado como el niño que todo el tiempo le dice a la mamá: mira, me estoy poniendo un calcetín, ahora voy a comer tallarines y así.  Los niños necesitan esa seguridad de vuelta, pero los adultos, me parece grave que estén buscando todo el tiempo esa aprobación.

—¿A quién afecta más todo esto?

—Principalmente a los más jóvenes. Ellos siempre están esperando que sus 500 amigos de Facebook le pongan me gusta o lo aprueben por lo que están haciendo. Ese espacio se vuelve una tribuna, un escenario donde se está a la espera de la aprobación. Es una contradicción, porque por un lado buscan sentirse parte de este grupo, pero por otro tienen la necesidad de sentirse especiales como un rockstar. Si quieres  gustarles a todos dejas de ser auténtico, dejas de ser especial. Ya no se relacionan de manera natural o más fortalecida por la comunicación cara a cara, que en algún tiempo tuvieron los adultos, donde había que desarrollar habilidades sociales. 

—¿Es más solitaria esa vida?

—Claro. Es que todo el tiempo estás expuesto a mirar las vidas perfectas de las personas, que tienen novios lindos, autos espectaculares, pero nada de eso es real a no ser que seas George Clooney. La gente no vive así, la realidad se distorsiona. Y mientras más distorsionas la realidad tu verdadero yo es el que más se frustra, cuando te hallas con ese verdadero yo cuesta mucho que encuentres parejas, personas que te complementen o estén contigo. Estás más solo.

—Pero, ¿cómo va a ser todo tan negativo? Cuesta entenderlo. Las redes sociales nos permiten vivir el mundo sin fronteras. No nos habríamos conocido si no fuese por las redes… 

—Sin duda, facilita las cosas. El problema es cuando la gente sólo quiere conocerse a través de internet, porque la manera en que las personas se comportan en la vida real es diferente a como lo hacen en las redes. Las cosas que decimos, que comunicamos, la identidad es mucho más frágil en las personas que sólo se comunican por internet, y está comprobado que baja la autoestima. Si ahora me estuvieras conversando cara a cara me mirarías a los ojos, me tocarías el hombro. Desde ahí podría ver cómo eres. Y quizá tendría más empatía contigo.

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—¿Cuáles son los efectos de esta sobreconexión?, ¿qué pasa con las relaciones que se forman a partir de Tinder o Imatch?

—Claro que son menos felices. Está comprobado que las ondas cerebrales de las personas que usan en exceso el internet son diferentes de las otras. Cuando nos relacionamos de esta forma nos tocamos menos. Hay menor comprensión y entendimiento, son comportamientos más parecidos a las personas con autismo, incluso hay oportunidades donde cuesta distinguir la emoción que te puede producir una cara o un objeto. Estudios han revelado que los usuarios de internet tienen menor capacidad para desarrollar habilidades sociales y eso es porque nuestro cerebro está cambiando.

Susan Greenfield asegura que ella nunca ha tenido Facebook ni Twitter, que prefiere pasar más tiempo libre con sus amigas a mirar las pizzas o los pasteles de chocolates que otros se comen. “Prefiero pasar más tiempo con mis verdaderos amigos, cara a cara con gente que escojo. Quizá porque soy mayor que tú, pero es una vida más privada la mía”, cuenta.

—Se puede vivir entonces sin las redes, da la impresión de que lo estuviéramos haciendo mal todo este tiempo.

—Pues claro, esa es la idea. Recuperar quiénes somos y hemos sido antes del uso excesivo de internet. En USA se hizo un estudio para evaluar las habilidades de los jóvenes después de cinco días sin acceso a las redes y… ¡adivina! Bastaron sólo cinco días para que estos jóvenes recuperaran de cierta manera habilidades sociales e interpersonales.

—¿A qué tipo de habilidades se refiere?

—Lo que nos hace personas, reírse, sentir, ponerse colorado, tocarse, y hasta preguntar. Porque incluso el exceso de Google también afecta nuestra manera de aprender a preguntar. Ya no preguntamos, no sabemos cómo preguntar. La idea es vivir de una nueva manera, independiente si lo haces en un summer camp  o si estás en tu casa o en la oficina.

—¿Cómo hacerlo?

—Nadie usaría un abrigo de piel por la calle ahora, aunque en alguna época fue de lo más elegante. Lo mismo ocurre con esto, no se trata de control, sino que de cambiar la forma en que vivimos la vida, es un cambio cultural por el que debemos pasar. Hay que mostrarle a la gente joven que tiene que existir ese cambio y tiene que venir de los padres también, que les muestren a sus hijos que hay vida más allá de los dispositivos digitales. Decirle a la gente que no haga algo es la garantía más grande para que lo siga haciendo. Hay que buscar hacer cosas interesantes. Me acuerdo del caso de un australiano que se leyó mi libro. Me escribió para agradecerme: había salido a andar en bicicleta con su hijo y nunca lo había escuchado reírse así frente a la pantalla. Y ya sabemos que la risa de los hijos es  música para los oídos de cualquier papá.

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—¿Cuáles son los primeros pasos para la desconexión digital?

—Lo primero es preguntarse qué tanto estoy ganando al ver todo el tiempo el teléfono, qué es lo realmente importante, qué de eso me hace sentir fantástico, diferente o mejor. Lo segundo es mirar a la gente con que te encuentras y no el teléfono. Si debes contestar una llamada urgente lo puedes hacer, pero ten la deferencia de decirle a tu interlocutor que lo harás. El tema es no hacerle sentir al otro que el teléfono es más importante que él. Hay también una app que cuesta 10 dólares, que se llama Freedom. Ahí le pagas al sistema para que desconecte el internet cada cierto tiempo, sus usuarios reportan que han recuperado su productividad, y en Silicon Valley están de moda los campamentos donde la gente paga para no tener conexión y recuperar sus habilidades sociales, y aprenden nuevamente a conversar. 

—Parece que esta dieta es sólo cuando uno es muy adicto..

—Si te pregunto cuándo fue la última vez que te dormiste sin revisar tu celular, entonces ahí encontrarás la respuesta.