Tiene 17 años. Parece nacida y criada allí. Su ladeado sombrero negro hace juego con sus zapatos de cuero que ya suman varias calles recodidas; un look que la hace mimetizarse como una neoyorquina más entre un mar de gente. Pero mientras Dianne Liu camina por las calles del barrio Clinton Hill en Brooklyn, me cuenta que llegó a principios de semestre a estudiar cine en la Facultad Audiovisual del prestigioso Pratt Institute, de Artes y Comunicación. “Nací en California, pero me fui a Canadá cuando tenía un año. Mis papás son chinos, en casa siempre hablamos mandarín, pero en el colegio era todo en inglés”, comenta Dianne con un perfecto acento norteamericano  y una cámara análoga colgando al cuello.

En Brooklyn tener una historia étnica y cultural tan particular como la de Dianne es un plus. A la ciudad que nunca duerme llegan fotógrafos, pintores, actores, directores y cantantes, todos con un objetico en común: buscan ser descubiertos, y cualquier detalle distintivo ayuda.

Si bien el look de Dianne parece único, lo cierto es que se ve replicado en cientos de jóvenes que no les gusta comprar en el retail, a ellos les agrada diseñar su propia estética. Estos jóvenes neoyorquinos —denominados hipsters por la cultura pop hace ya veinte años— compran en las thrift shops, o tiendas de ropa de segunda mano. Si a alguien se le pasó por la mente el hit de Macklemore “Thrift Shop” en que el que se ve al cantante comprando ropa con sólo $20 dólares en el bolsillo, dio en el clavo: se trata de prendas baratas, antiguas, con un estilo que dista mucho de lo que se ve comunmente en los malls. En nuestro país, la calle Bandera en el centro de Santiago podría ser un buen ejemplo.

Pero las mejores thrift stores de Nueva York no están en Manhattan. ¿Por qué? Todos los jóvenes de familias de elite —algo así como los Gossip Girl de la vida real— van con sus tarjetas de crédito relucientes a comprarse las mejores prendas en esas tiendas del centro de la ciudad y ¡arrasan!. Las tiendas de segunda mano en general no son muy lucrativas, y si se les compara con cualquiera de la 5th Avenue, nunca podrían competir en ingresos, por lo que sería imposible pagar los altos arriendos de locales comerciales que se cobran en zonas como Manhattan. Pero en Brooklyn se vive otra realidad, aquí la mayoría de los adultos-jóvenes se visten en estos sitios, aquí hay más cantidad de tiendas pequeñas, más rincones, más movimiento y más reciclaje de moda.

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Dianne me contó que hace no mucho, estaba vitrineando en una de estas thrift shops cerca del Pratt Institute, (estaba apurada porque tenía que ir a una locación a colaborar en la filmación de un cortometraje). Había entrado a una pequeña tienda ubicada en Bedford Avenue —por lo hipster del área, ésta no era una simple tienda desordenada de ropa usada, sino una bella boutique— Dianne se probó zapatos, bufandas y gorros.

Pasaron los minutos y se dio cuenta que no le quedaba efectivo, sacando cuentas sólo alcanzaba a pagar los zapatos o el gorro de lana. En ese momento, su celular suena: “¡Vamos, Dianne! Ya están todos acá en la locación, sólo faltas tú, ¿dónde estás?”. Ella respondió “¡ya voy!, me distraje y me puse a vitrinear, pero me tomo un taxi ahora”, exclamó sin soltar el celular de su oreja, mientras caminaba hacia la puerta y dejaba en el camino lo que se había probado.

La vendedora, no le prestó atención a la joven en todos esos minutos, ya que  su concentración estaba en el último número de Edible Brooklyn —la revista de tragos y panoramas gastronómicos locales— y sus ojos estaban fijos en unas fotografías de cupcakes orgánicos.

Al llegar a la locación, Dianne no alcanzó a saludar, tomó el micrófono para la filmación y empezó a trabajar. Cuando se calmó un poco la cosa, Mason, uno de su grupo, elogió sus zapatos de cuero negro: “No te los había visto ¿Son nuevos?”.

“Sí, los acabo de ro… comprar en la thrift store de Bedford Avenue”. Ella jamás se percató que se había ido sin pagar esos increíbles zapatos que le quedaron como a cenicienta en esa fría tarde otoñal.

-¿Y esa bufanda y ese gorro no son los mismos que devolviste?, le pregunté.

-”Sí, pero volví otro día y tuve suerte porque todavía estaban, y los compré”

-¿Y qué hiciste por lo de los zapatos?

-”Los lustré hace poco”.

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