Como una niña criada a la antigua, entre clases de equitación y ballet, Diana Frances Spencer era inteligente, pero tímida. Sus padres lo sabían y cuando decidieron separarse, hicieron todo lo posible para que ella y sus hermanos pudieran salir ilesos de la ruptura. Cuando su padre volvió a tener una segunda mujer, la condesa de Dartmouth, apenas compartió con ella unos días de descanso. Porque como toda familia bien, las cosas en público nunca se ventilaban. Si había una fiesta en Sandringham, una competencia de caballos en Northamptonshire, o días de vela en las islas escocesas de Seil, iba todo el clan como si las desavenencias nunca hubieran existido. De algún modo Diana tempranamente aprendió a que las apariencias tenían un valor, se acomodó a un sistema que le resultaba incomprensible, pero eficaz.

Cuando creció y se cambió a Londres para seguir su vida de estudiante, mientras el rock y el punk de los ’80 sacudían la cabeza de cientos de jóvenes ingleses, ella no permaneció inmutable. Al revés, se sentía atraída por un nuevo mundo, lejos de las imposiciones de una familia relegada a la vida bucólica y burguesa. Se sentía al fin liberada. Pero el sueño duró poco. Conoció a Carlos, el heredero a la corona, un joven que inmediatamente le pidió salir, otro día noviazgo y demasiado rápido matrimonio.

Como la canción de Spandau Ballet, “estaba escrito”. Se lo dijeron en su cara. Ella era una verdadera rosa inglesa, una mujer que encarnaba lo más rancio de las familias desde las cortes eduardianas y su sangre ahora valía oro. Gold, otra vez como la canción que parecía seguirla como una banda sonora. Era lo que la Corona necesitaba, una inyección de savia nueva, para dejar atrás y oculta la genética alemana que venía rondando a los Windsor por tantas generaciones. Su propio suegro, Felipe Mountbatten, era un alemán con parientes nazis que nunca se acostumbró a las tradiciones inglesas, al punto que logró incomodar hasta al indestructible Winston Churchill, quien se tomaba la cabeza a dos manos cuando veía que la familia que conducía su país era tan germana como el strudel que ya era parte de la repostería en Buckingham.

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¿Sintió Diana que su rol era tema de Estado? No tuvo a quién preguntárselo. “En este mundo, todo lo que escojo ha llegado a ser insoportable”, como la canción. No veía otro camino, “me basta sentir el amor con tan solo un roce”. Llegó finalmente a la iglesia con un vestido de 25 kilos y mil perlas, el más impresionante de los que se tenga registro. Como una joven que encarnaba esperanza, antes fue sometida a la prueba de inmaculación, donde un equipo de doctores y otro religioso confirmó con exámenes e impertinencia que era una mujer virgen y digna.

“Sola otra vez, sin nadie a quién preguntarle”, como esas canciones del New romantic que definitivamente la convencieron de casarse con el pelo corto y aireado. Todo los demás era del pasado, las telas, los broderíes, el banquete, las flores. Entre ella y la reina Victoria casi no habían diferencias, salvo ese peinado que tanto gustó en las revistas. Llegaron los hijos y ahí pudo sentirse completa. Pero todo fue demasiado rápido. “Estar sola no es muy divertido, así que estás buscando emoción y tú sabes adónde ir”, resoplaba Simon Le Bon.

La amante, Camila Parker, seguía presente. El abandono llegaba a ser ridículo y en las fiestas simplemente se dedicó a pasarlo bien. Adicta a los vestidos italianos, a los zapatos y, por supuesto, a la música. Duran Duran y sus amigos Elton John y George Michael, parecían acompañarla mientras tejía su estilo. Dejó atrás su linaje y ese boato innecesario que todo el mundo vio cuando llegó vestida como novia de otra época en la enorme catedral de San Pablo. Era finalmente otra mujer, la primera de su especie seguramente, la misma que exigió un divorcio que era tema de Estado y después salió del hotel Ritz de París en una loca y sospechosa carrera como un millonario de origen musulmán.

Como la canción sabe que debe correr, la siguen los servicios de inteligencia, los paparazzi y ella sólo quiere tener a sus hijos cerca. “¡Basta!”, dice. Otra vez como la canción de Spandau Ballet: “Por qué me resulta difícil escribir la siguiente línea, si yo sólo quiero decir la verdad, toda la verdad”.