Bien movido ha sido este último tiempo para los Sánchez-Bolocco; además de la sobrecarga de trabajo de Diana, tuvieron a su segunda hija Gracia (8 meses, y el cuarto de la animadora), se cambiaron de casa, y hace una semana el periodista dejó Chilevisión para integrar las filas de TVN en medio de despidos y de crisis de audiencia. Días “terremoteados” que él disfruta y lo entretienen, a diferencia de Diana que sufre con los cambios. “¡Me cuesta! Cristián se adapta más fácil, yo soy más lenta. Cuando se me mueve el piso en tantos frentes me estreso, complico, dejo de dormir, ¡bajo de peso!”, señala la conductora de Masterchef dando cuenta de lo muy diferentes que son. Ella es estructurada y posesiva; él tiene un espíritu libre y aventurero; las causas de sus grandes conflictos pero también de la inmensa atracción que existe entre ellos.

Se conocieron el 2006 en Canal 13, en pleno proceso de separación de Diana y luego de resistirse por muchos años a entrar a la televisión. Venía vulnerable, desconfiada del matrimonio, a la defensiva… hasta que conoció a Cristián con quien le tocó conducir Alfombra Roja. Aunque guapo, lo encontró medio abacanado, sin embargo, no se resistió a los encantos de Sánchez quien entonces —confiesa— “estaba viviendo la vida loca”. Tanto así que a poco de empezar la relación intentó patearla por teléfono para no amarrarse ni adquirir compromisos, “pero ella no me dejó”, cuenta él entre risas. Diana se defiende: “¡Mentiroso!, sólo te dije que si terminábamos sería para siempre, ¡y ahí te arrepentiste! Conmigo compadre las cosas no son a medias; ¡es sí o no!”. “Sí, me la cantó clarita”, recuerda él.

Ya son nueve años juntos, se casaron en octubre de 2013, tienen dos niños Facundo (3) y Gracia, y junto a los hijos de Diana (Pedro 15 y Diego 12), conforman una familia entretenida, querendona, con mucho humor. La animadora cuenta que con Sánchez aprendió a liberarse, a cuestionarse menos, a pasarlo mejor; mientras que él reconoce que su mujer le quita el sueño, le llena la cabeza y el corazón.

—Y eso que pensó en patearla, Cristián.

—Cristián (C): Es que en ese momento estaba en una muy buena etapa “galanística”; soltero, viviendo la vida loca y pasándolo muy bien. Conocía chiquillas, si quería ir de viaje, ¡partía! Y justo cuando empezamos a salir con Diana, fui al sur con unos amigos, y era tanta su intensidad por hablar conmigo, que empezó a llamarme, sentí el acoso y la quise patear.

—Diana (D): ¡Qué atroz!, estoy quedando pésimo, no puedo creerlo…

—C: Lo estaba pasando tan bien, que no quería que me controlaran. Entonces si la cuestión iba a ser así, mejor no. ¡Y no me dejó cortarle! Y empezó a embolinarme la perdiz y me daba vuelta la conversación…

—D: ¡Mentira!, fui súper clara Cristián. Te dije: “perfecto, pero te vas a arrepentir; nunca más voy a salir contigo”. ¡Y no terminó! Reconozco que en esa época era un poco hinchapelotas, intensa. En mi defensa puedo decir que en lo emocional estaba herida, necesitaba más contención.

—C: Sí, estaba vulnerable y ante esa situación no quería “aprovecharme”, ¡por eso quise alejarme!

—D: Pero te aprovechaste harto igual fresco…

—¿Verdad que usted Diana fue quien dio el primer paso porque Cristián no se atrevía?

—D: Eso dice él, pero lo dio Cristián todo el rato.

—C: La primera vez que salimos me encantó, me mató la cabeza y el corazón a pesar de que su primer comentario cuando la fui a buscar fue: “Oye, qué eres chico”, put… la pesadez gratuita. Todo lo que quería estaba condensado en esta mujer: inteligente, divertida, relajada, espontánea. Conversamos temas íntimos y profundos, me deslumbró. A la segunda salida jugamos el gallito inglés, ¡quedé loco!, fue nuestro primer contacto físico, ¡lo único que quería era rozarla!

—Diana recuerda: Me vas a creer que después de esa salida nunca más se pronunció. Trabajábamos juntos y no me decía nada ni me demostraba que le gustaba. Pensaba: “pucha qué mal estuve y yo que creía que lo hice la raja”; aun así me hacía la cool. A los días le mandé un mensaje agradeciéndole la comida, no alcancé a enviarlo cuando me respondió: “podríamos repetirlo”. Ahí dije ¡yes, este huevito quiere sal! Como es un poco inseguro, necesitaba que le demostrara.

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—Difícil imaginárselo inseguro con las mujeres, Cristián.

—C: Como de inmediato sentí que era una mujer para algo serio, no sabía cómo reaccionar para no equivocarme. Mis pasos tenían que ser matemáticos. Además, hace pocos meses se había separado, no sabía en qué estaba esa situación, quería ser respetuoso.

—¿Lo complicaba que tuviera hijos?

—No era mi escenario ideal, pero yo la quería a ella con todo lo que eso implicaba. Después conocí a Pedro y Diego, jamás fueron un obstáculo ni una carga para la relación; al contrario, también me enamoré de ellos.

—Usted Diana confesó que a esas alturas ya no creía en el matrimonio ni en la relación de pareja.

—Así es. Volver a creer fue un proceso natural y fácil. No le puse mucha cabeza, sí tenía claro que sería difícil que una persona encajara en mi vida con dos niños. Muy rápido me di cuenta de que era el hombre de mi vida, y mis hijos lo amaron desde el primer día. Tiene que ver con sus capacidades, tiene alma de niño, pero a la vez es un súper papá. A él le sale muy fácil el rol de padre, explicarles las cosas; yo me enredo, me complico, me cuestan las mañas y encontrar la palabra precisa.

—Usted Cristián también tenía una separación a cuestas.

—Llevaba ocho años separado, había pololeado un par de veces y me planteaba ¿qué tal si seguía mi vida solo para siempre?, lo que no me asustaba y resultaba cómodo. Sin embargo siempre quise ser papá, tenía esa dualidad. Esa duda se fue aclarando cuando me di cuenta de que ella era la persona y ese el camino. Ahí dejé mis miedos y me entregué, con la confianza de que era lo correcto y me hacía feliz, porque en estos nueve años lo he sido inmensamente; lejos los mejores de mi vida y se lo agradezco. Pedro, Diego, Facundo y Gracia han sido un regalo enorme. Como pareja no somos ejemplo ni tenemos receta de nada, lo cierto es que lo pasamos muy bien juntos y nos gustamos. Con todo respeto Diana, te miro y te encuentro rica, me dan ganas de rozarte un poquito más allá del gallito inglés.

—Ella reconoció que antes era muy estructurada y culposa, que con usted aprendió a liberarse.

—C: Era la clásica lumbrera, niñita perfecta, se daba poco espacio para el error o para probar; aquí probó, le gustó y se quedó (ríe). Esa mujer esquematizada que conocí, fue bajando las defensas y se fue entregando. Me encanta cuando sus compañeras de colegio me dicen que les da gusto verla así.

—D: Hoy disfruto más y soy menos culposa, y eso tiene que ver con la simpleza de Cristián que, a diferencia mía, no está todo el tiempo probándose ni cuestionándose. Me ha liberado verlo, antes a todo le daba la misma importancia, buscaba la perfección. Cuántas veces me ha dicho ¡¿y qué importa Diana?! Por ejemplo le hago una lista de lo que tiene que hacer y a los dos minutos le pregunto ¿llamaste?, ¿hiciste tal cosa? Y me responde: “esto va a estar hecho, ¡basta!”. Y tiene razón, él lo hace a sus tiempos y a su manera. Es más práctico, libre y no se estresa.

—C: Es una evolución que solo se consigue diciéndolo, machacándolo, enrostrándolo. A veces me dice que coloque la mesa, la pongo y ahí sale con que los individuales rojos no, que los azules, ¡¿qué importa?!

—Para un hombre libre como usted Cristián, ¿cuánto le costó asumir la responsabilidad de una familia?

Se adelanta Diana:
— ¡Te costó!

—C: ¡¿Cuándo?!

—D: No con los hijos, sí con los trámites y la estructura. Era tan libre, que no tenía idea de cómo se pagaba una cuenta, no sé cómo lo hacía antes cuando vivía solo. Esos deberes para él eran una lata, no podía bancárselo. ¡Y todavía le cuesta! Nos hemos quedado varias veces sin agua ni calefacción en pleno invierno. Aprendí eso sí a no retarlo; es demasiado sensible.

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—Parece que es cierta su frase que dijo una vez a CARAS que usted es tan yegua y él tan bueno.

—D: Sí. Tiene muchas mañas, es como un niño de cristal, hay que saber tratarlo, no tiene un carácter fácil, pero es mucho mejor persona que yo.

—C: Diana ha tenido una evolución y relajo en el “enyeguecimiento”. Tiene una personalidad simpática, puras bondades, pero al momento de los quiubos, es brava, ¡súper yegua! Ahora, me encanta eso porque la tacita de leche permanente, tampoco me va.

—¿Qué la enyeguece?

—C: Siempre he defendido la importancia de la individualidad. Somos pareja, pero respetémonos como individuos; cada uno tiene su mundo, sus gustos y momentos. Yo ando en bicicleta y al principio fue difícil porque a la Diana —no es que sea posesiva, no—, ¡pero le encanta estar conmigo! Entonces ya antes de partir, ¡caracho!; volvía, y ¡caracho! Ha mejorado, ahora pone cara larga cuando llego nomás. Y le digo por qué mejor no goza con mi goce. Llevamos años en ese aprendizaje.

—D: A ver, no es que salga a andar en bicicleta, es un deportista de elite, entrena por horas todos los días, entonces no digamos que es un paseíto en bici nomás. Me costó, pero lo entendí, lo solté y me liberé. En lo que sigo y seguiré siendo yegua es con el teléfono, ¡nunca me contesta el celular! Jamás lo llamo para hincharlo, sólo para cosas importantes, y no responde. ¡Eso me revienta!, y ha sido motivo de nuestras grandes peleas.

—¿Y por qué no le responde Cristián?

—Soy un espíritu libre, me carga hablar por celular, ha sido el peor invento. La hiperconectividad me violenta. Me resisto a caer en eso, aunque también entiendo que tengo que comunicarme por mis niños.

—Son bastante distintos, ¿cómo logran el equilibrio?

—D: Somos desequilibrados y esa es nuestra gracia. Hay minutos en que nos mataríamos y eso hace la relación entretenida, porque somos muy distintos.

—C: Así como nos llevamos bien, nuestras peleas son muy interesantes, un desafío, aunque yo soy malo para pelear; he aprendido y ha sido positivo. Antes cuando me molestaba algo de Diana, me cerraba y podía estar dos días callado. Ella me ha enseñado a exteriorizar, a comunicarme y resolver, que ha sido sanador. Porque esperar tres días con el compadre taimado solo alargaba el problema.

—D: Me acuerdo que una vez algo le pasaba y no quería hablar. Era tanta mi desesperación que no me dijera nada, que a las 3 de la mañana prendí la luz, lo senté a la fuerza en la cama y lo obligué a conversar, ¡y conversó! No podía dormirme así, él en cambio tiene esa maravillosa capacidad.

—C: Esa vez quería irme a acostar al living, ¡y no me dejó!, como tampoco me permitió esa vez patearla. No, si tengo una libertad la raja, qué rica mi vida (dice muerto de la risa).

Ambos cuentan que la llegada de su hija Gracia ha revolucionado la casa, a tal punto que tuvieron que cambiarse a otra más grande para que tuviera su espacio en un hogar hasta entonces dominado por puros hombres. “Estoy baboso. Con Facundo perdí la cabeza, me enamoré, y con ella ha sido exquisito porque tiene una mirada picarona, con esa energía femenina. Tiene una sonrisa permanente; entrega pura dulzura y paz. Sus hermanos están trastornados y la Diana, olvídate, está enamorada como abuela”, cuenta el animador que en los próximos días debutará en TVN con el Festival de Talca, además de tener en carpeta para este año un franjeado y un estelar. Bolocco, en tanto, está en plenas grabaciones de Masterchef junior, conducirá la Movida del Festival y en marzo regresa con Vértigo.

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—¿Qué pasa con el espacio para la pareja con cuatro niños y esa sobrecarga de trabajo?

—Hace como cuatro días lo recuperamos, responde Diana.

—C: En febrero nuestras vacaciones serán entrecortadas, pero ya tenemos presupuestado para marzo nuestra primera escapada pos guagua. Será una semana solos para pololear…

—¿Cómo manejan los celos en un medio con tantas tentaciones?

—D: No me mareo con estupideces. No me preocupan los besos televisivos ni que muestre las calugas, lo único que me pone celosa es cuando siento que a él le puede gustar alguien o que mire a una mujer de manera distinta. Y como lo conozco, ha pasado un par de veces con personas que no son de TV, ¡y me duele el alma!, me cuesta recuperarme, ¡qué idiota! Nunca al nivel de desconfiar porque pongo las manos al fuego por él. Estoy segura de que si el día de mañana me quiere poner el gorro, me va a decir que estamos mal, porque es súper derecho, sé que está muy enamorado de mí y no me haría ese daño.

—¿Y se lo ha hecho ver cuando mira a otra de manera distinta?

—D: ¡Por supuesto! Soy un libro abierto, como dicen los gringos what you see is what you get. Conmigo no hay recovecos ni segundas lecturas. Imposible que él me diga nunca supe, nunca me enteré.

—¿Y él asume cuando mira?

—D: No, nica…

—C: Bueno, a mí me costó entender que ella fuera tan cariñosa, abrazara y toqueteara tanto cuando saludaba a alguien… Sólo te digo que me encanta la tranquilidad que me da nuestra relación; no ha habido nunca una mujer que me haya movido el piso, dado vuelta en la cabeza, ¡nada!, y eso es solo por lo completa que es ella. Me copa la cabeza, mi corazón, es fácil tener pareja así.

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—¿Y no se pone celoso cuando coquetea en pantalla?

—Nos propusimos no ponernos cortapisas en nuestras pegas. Muchas veces un coqueteo, una mirada o un piquito puede generar un gran momento televisivo y soy un promotor de eso. Nunca me ha molestado algo que haya hecho Diana, al contrario, se las celebro y hasta perfecciono.

—D: El límite está en lo que pasa delante de la cámara. O sea tendría que ser muy pelotudo para gustarle una niña en pantalla y darle un beso, ¿no crees?

—Hablando de TVN, Cristián, ¿no fue un riesgo cambiarse en su peor crisis de audiencia?

—La propuesta me encantó, sobre todo por el momento que está atravesando porque tengo claro que es un instante, un pasaje, ya que la historia de éxitos de TVN nadie la puede desconocer. Como ha quedado claro en esta entrevista, me gusta el cambio, necesitaba esa sensación de adrenalina. Estoy ultramotivado, quiero aportar para sacar el canal adelante.

—¿Usted apoyó esta decisión, Diana?

—Cuando me lo contó la primera vez, me salió lo estructurada y le dije: ‘no pues, ¡¿cómo?!’. Lo pensé cinco minutos y le pregunté qué quería hacer de corazón, ‘quiero irme’, me respondió. Lo reflexioné otros cinco minutos y concluí: ¡tienes toda la razón! Los períodos de crisis son maravillosos, han sido lejos los mejores de mi carrera. Hay mayor disposición para experimentar y la creatividad se dispara.

—C: En un período tan movido, no hemos tenido el minuto de bajar los flaps para vivir el momento. Los cambios ya fueron, ahora hay que gozarlos.

Twitter: @diana_bolocco y @CrisSanchezTV