Su investigación “periodística” —matiza— no le permite señalar a nadie, pero “sí que me atrevo a decir que no fue un accidente”. En su nuevo libro Diana, réquiem por una mentira, explica el motivo a golpe de pruebas y declaraciones. Todo empezó cuando Calleja pidió una entrevista a Mohamed Al-Fayed para un especial televisivo por el décimo aniversario de la muerte de la princesa.

Tras su encuentro con Al-Fayed, Calleja tuvo acceso a documentos que merecían más atención que unos simples minutos en pantalla. De ahí salió el libro Diana de Gales: me van a asesinar, del que CARAS dio cuenta en su día. Lo publicó antes de concluir la investigación de la Corte Suprema británica, la cual se cerró en 2008 de la misma manera que las de la policía francesa y Scotland Yard años antes: el coche en el que viajaba Diana se estrelló en un túnel de París a causa de la embriaguez del chofer, Henry Paul.

“Los informes del juicio reconocen que aquella noche no funcionaba ninguna cámara de seguridad, semáforos ni radares en la ruta entre el hotel Ritz y la casa de Dodi Al-Fayed. Ni siquiera en los bancos de los alrededores. Pero los informes no saben responder por qué”, dice Calleja. Estos enigmas la llevaron a la escritura de este segundo libro en el que aporta mucha de la información que fue robada durante la investigación policial francesa y a la que Al-Fayed tuvo acceso antes de los hurtos.

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Calleja da a conocer que el cuerpo de la princesa fue incinerado al día siguiente de su muerte. Y que el ataúd que recorrió trece kilómetros por las calles de Londres una semana después seguido por sus hijos estaba vacío. Los príncipes William y Harry, que entonces tenían 15 y 12 años, lo ignoraban. Al-Fayed siempre sostuvo que Diana y Dodi fueron víctimas de un complot de los poderes del Estado británico, liderado por el príncipe Felipe de Edimburgo. Según el entonces propietario de los almacenes de Harrod’s, el motivo era impedir que el futuro heredero de la Corona tuviese un hermanastro musulmán.

Las pruebas de Calleja se sustentan en los propios miedos que la princesa de Gales expresó en sus últimos años. Como una carta manuscrita en la que escribió: “Mi marido está planeando un accidente con mi coche. Una avería en los frenos y graves heridas en la cabeza para dejar el camino libre”. De hecho, las acusaciones de Al-Fayed en contra del marido de Isabel II provienen de Diana, que le habría dicho: “Si me pasa algo, puedes estar seguro de que el príncipe Felipe, ayudado por la inteligencia británica, es el culpable”.  En otra confesión que la princesa le hizo a Al-Fayed podría estar la clave del supuesto complot: “Creo que soy un personaje incómodo”, decía. “Sí, era un personaje incómodo”, sentencia Calleja. “Incómodo para la monarquía y para el establishment, y no sólo el británico. Y ella era consciente de que estaba haciendo cosas que iban en contra de ello”.

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—¿Qué cosas?

—Su gran venganza fue hacerle sombra a la familia real. No quieren que nadie destaque. Pero al separarse, consciente de su poder mediático, ella mismo empezó a jugar con él y fue la primera en llamar a los medios para comunicar sus pasos. Visitar a enfermos de SIDA o a la madre Teresa de Calcuta no era un problema. Pero sí involucrarse en las minas antipersonales y planear un viaje a Israel para defender la causa.

—En este caso, ¿en qué punto queda Henry Paul? ¿Acaso era un kamikaze?

—Era el jefe de seguridad del Ritz. Se dejaba sobornar por los paparazzis para que les avisara cuando llegaba un famoso. Accedía porque pensaba que con ello no le hacía daño a nadie y encima se sacaba un dinero.  Los servicios de inteligencia vieron, por tanto, que era una persona a la que se la podía convencer, de modo que no era un agente, pero hacía trabajos para ellos. Con Diana y Dodi no sospechó nada. Le dieron 12 mil euros para que cogiese la ruta más larga entre el hotel y el apartamento del egipcio. Todavía llevaba el dinero en el bolsillo cuando ocurrió el accidente.