Nunca ha ido al Parque Arauco, ni al Alto Las Condes ni a ningún mall. Hace unos meses tuvo que acompañar a una amiga extranjera al Costanera Center y quedó impactada con las “hordas” de personas entrando, a paso rápido, al centro comercial. Adentro le sorprendió la cantidad de tiendas con “cachivaches”.

El mall representa todo lo opuesto a Diamela Eltit González (67), quien intenta hacer una vida de barrio en una antigua casa de fachada continua en Ñuñoa, donde vive junto al político Jorge Arrate. Su lugar favorito tampoco son las ferias literarias ni los hoteles cinco estrellas, como lo son para muchos escritores best sellers. Ella se siente como pez en el agua en una sala de clases, ya sea en la U. de Chile, donde hace clases de Literatura los primeros semestres, o en la U. de Nueva York, donde enseña Letras la segunda mitad del año, desde 2007. Su trabajo continúa centrado en una mirada sociológica sobre la marginalidad. Su última mirada es que el actual sistema neoliberal en Chile esconde una sociedad llena de carencias económicas y afectivas.

“Como decía el filósofo francés Guy Debord estamos viviendo la sociedad del espectáculo, donde todos explotan, al mismo nivel, por ejemplo, el drama de los niños del Sename, el idilio de un futbolista con una actriz, las boletas falsas de SQM… Todo es un espectáculo constante que, creo, está ahí, para esconder una realidad muy dramática que es una desigualdad social preocupante y peligrosa. Detrás de este espectáculo se esconde que más del 50% de la población chilena gana menos de 300 mil pesos”, dice la autora de Lumpérica (1983).

“Esta sociedad de emociones fáciles y adicta a los melodramas esconde un drama cotidiano de millones de personas, cuyo salario está bajo el índice que les permite una sobrevivencia digna. Los endeudamientos tienen a familias de capas medias muy agotadas; hay una cierta especulación inmobiliaria y los precios de viviendas y arriendos hoy son estrambóticos… La vida está siendo difícil en esta sociedad neoliberal”, refuerza su idea.

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–Pero esta sociedad a la que se refiere está prefiriendo a un presidente liberal, de centroderecha, que es Sebastián Piñera, según las encuestas. ¿Para usted existe una contradicción en esto?

–Sí y no, porque Piñera creo que representa el lugar deseado por este sistema, representa el éxito económico. Estamos inmersos en un sistema que es dominante y a su vez domina. Hay elementos de domesticación sobre la población mediante los salarios bajos, empleos frágiles, vulnerabilidad de los menores, desigualdad con las mujeres… Entonces que un presidenciable probable sea hijo y padre del sistema a la vez no me parece tan raro.

–¿Qué opina de Piñera?

–Esta vez pienso que no debería ganar. Es un candidato que tiene muchos haberes. Una persona con una riqueza excedida. Uno se pregunta ¿acaso no existe una adicción inversionista en él? Porque él llegó a un punto en que el dinero deja de significar y se encuentra en una esfera más abstracta que, creo, tiene que ver más con una adicción. Son esas adicciones las que le han pasado la cuenta a Piñera que, en la manera de que no puede controlar los chistes, tampoco puede controlar la oportunidad de inversión. Es como un ludópata. Ese en su gran problema y por eso está constantemente envuelto en conflictos de interés. Si llegase a ser presidente que, personalmente, creo que no está tan claro, no sabemos si esa adicción lo va a perseguir.

–¿Usted está entre las desilusionadas del gobierno de Bachelet?

–La propuesta inicial de Bachelet era muy atractiva e interesante y yo voy a defender por siempre la gratuidad en la educación, más allá de la forma en que se concretó.

–Según usted, ¿dónde estuvo el error?

–Se debería haber empezado por las universidades públicas y estatales que deberían haber dejado atrás los rankings y ampliado sus matrículas como lo hizo la U. de Buenos Aires con la recuperación de la democracia, que abolió el examen de ingreso y entraron los que quisieron. En Perú, Bolivia y Venezuela existe la universidad gratuita, por qué no en Chile.

–¿Cómo ve el actual momento cultural del país?

–Está todo muy marcado por los factores políticos que, de una u otra manera, inciden en la siquis… No es la obra de teatro o un libro que tú leas, sino que hay que agregar el “teatro del afuera” por decirlo de alguna manera al momento cultural. La verdad es que no veo mucha política cultural. Sí la veo un poco burocrática. Falta un poco de imaginación, una cierta locura, hay que perforar la actual burocracia cultural con actos más inesperados. Quizás inspirada en esto, Eltit cuenta que está a punto de terminar una nueva novela.

“Está centrada en lo de siempre: en los espacios aledaños, no en los centros, ni en las historias redondas”, dice desde el living de su casa. Mientras tanto, Hueders acaba de editar El infarto del alma (1994), libro-documental con fotografías de Paz Errázuriz sobre parejas de locos que vivían en el manicomio de Putaendo. “Es sorprendente que libro poético tan periférico tenga cuatro ediciones y una obra de teatro”, comenta con orgullo.

Por estos días también se publica un libro con dos guiones inéditos de Diamela Eltit. “Se llama Dos Guiones (Editorial Sangría) y es de esos libros raros, de gusto muy minoritario. El primero es uno que escribí hace muchos años inspirado en la obra Kaspar del austríaco Peter Handke y que la artista visual Lotty Rosenfeld materializó en un filme. Se trata de un niño que se perdió, creció con animales y luego tuvo que reinsentarse en la sociedad. Yo me inspiré en un chico neoprenero muy severo que conocí en una población periférica en los años 80. El segundo guión es un proyecto para teatro que nunca llegó a puerto, como muchas cosas en la vida”.

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–Me hablaba de la situación política del país… ¿Cuál es su mirada?

–Creo que estamos en un punto donde las cosas van a tener que comenzar a ajustarse por todos lados… Ya me inscribí para votar en Estados Unidos en las próximas presidenciales, ya que estaré en Nueva York. Estoy meditando sobre las elecciones… El nacimiento del Frente Amplio me parece muy interesante.

Al ir escuchando la voz pausada y suave de Eltit una pregunta cruza inevitablemente la entrevista: ¿Las escritoras y escritores buscan llegar a la mayor cantidad de lectores? ¿La masividad es sinónimo de éxito? ¿Todos buscan reconocimientos?  La respuesta de ella es “No”. Al escribir –dice– no piensa en premios ni en reediciones. “Cuando escribo no lo hago pensando quién me va a leer y quién no. No pienso en términos numéricos. Quizá por eso tengo una mala fama con mis libros, en el sentido que no se leen y no se conocen, lo que no es tan real”, dice.

–¿Se sigue negando a participar en promoción para ser candidata al Premio Nacional de Literatura?

–Sí, porque se ha transformado en un concurso como cualquier otro, con una promoción muy agresiva y con una sobrevaloración. Está bien que alguien se gane un premio, pero no puedes hipotecar tu vida por un premio.