Es difícil referirse a la serie de atentados con bombas artesanales que hemos visto en el último tiempo sin caer en caricaturas, sobre todo teniendo en cuenta que ya ha cobrado la vida de una persona y otras han resultado con diversas lesiones. Lamentablemente el tema parece estar circunscrito al ámbito delictual, sin que nadie parezca capaz de plantear la necesidad de mirarlo también desde aquello que suelo llamar “el alma humana”, a pesar de las burlas de algunos amigos sumamente agnósticos.

Uno lee la prensa o ve las noticias y pareciera que la ley antiterrorista, con más o menos elementos según el gusto de quien opine –la mayoría sin entender mucho de estos asuntos–, bastaría para enfrentar este fenómeno. Apenas se plantea como complemento una renovación del sistema de inteligencia, sin reparar en el hecho que para ello se requiere, precisamente, gente inteligente.

Los organismos encargados de anticiparse a estos hechos e identificar, antes, a quienes podrían estar detrás brillan por su ineficacia. Sencillamente, ni las policías ni la famosa Agencia Nacional de Inteligencia cumplen con esta misión. Ya lo vimos en el capítulo anterior del “Caso Bombas”, cuando un grupo fue llevado ante la justicia con pruebas irrisorias, como si fuera trabajo de aficionados más interesados en salir en la tele que en investigar de la manera seria y acuciosa que merecía la situación. Decir que a las autoridades les salió el tiro por la culata sería un guiño de ironía que no resultaría gracioso.

Ahora, poco después de que tres jóvenes fueran detenidos como sospechosos de ser los autores del bombazo en el centro comercial de la estación del Metro Escuela Militar –secuencia registrada en detalle cómo si se tratara de una película de acción por las dichosas cámaras de vigilancia ciudadana–, una persona murió a causa de la detonación de otro extinguidor relleno con pólvora, esta vez en el barrio Yungay, en Santiago Centro. Pero resulta que todavía no se puede determinar si Guillermo Landskron Silva, de 29 años, tenía algo que ver con el acto terrorista o simplemente iba pasando. 

Aunque existen muchos aventurados que se inclinan por una trama de conspiraciones, aseverando que los autores de los bombazos serían sujetos que saben muy bien lo que hacen, interesados en inculpar a otros, yo pienso que efectivamente se trata de “antisistémicos”, a pesar de lo patético del concepto. No es difícil comprender que debe haber cientos, si no miles de personas hastiadas de la sociedad que hemos construido, muchos de ellos dispuestos a poner su odio en un contenedor y hacerlo explotar. Un “sistema” que absorbe la identidad, la voluntad y el potencial de cada uno de nosotros para volvernos simples esclavos en las galeras de una economía destructora de todo lo bueno, ofreciendo a cambio solo dinero para comprar cosas que disfracen el vacío existencial con un falso sentido de realización. No es de extrañar que una sociedad que promete autos lujosos, viajes de ensueño, placer sin límites y poder para pasar por sobre el otro, pero al mismo tiempo niega la posibilidad de obtener todo eso a una enorme mayoría, termine creando monstruos con el cerebro atrofiado, simples autómatas movidos por el resentimiento que a estas alturas de humanos apenas si tienen la apariencia antropomórfica.

En medio de toda la polémica escuché a un “experto” decir que esto no se resuelve con una ley más o menos dura, con uno que otro retoque al Código Penal, con más o menos agentes encubiertos, sino “desarticulando el mecanismo que genera el impulso antisistémico”. Suena técnico, serio, inteligente incluso. Pero si lo pensamos bien eso equivale a darle la razón a los descriteriados que creen que con una bomba chapucera pueden lograr algo más que dañar inocentes y terminar, si no muertos, en la cárcel. Es cierto que “el sistema” es en general una buena basura, no vamos a venir aquí a explicar por qué. Pero también es verdad que ya es muy tarde para comenzar otra vez. Sabemos que al final todo cae por su propio peso y sobre eso, en materia de decadencia y desaparición de civilizaciones, vaya si hay bibliografía para consultar. Ahí podemos enterarnos de que uno de los primeros signos del final cercano es la aparición masiva de hordas bárbaras dispuestas a socavar los cimientos de las ciudades para luego saquear lo que quede entre las ruinas y escombros.

Pienso en que no está lejos el día en que escasee la energía, en que haya que pelear por el agua, en que la rabia y el hambre, el sufrimiento y la codicia desaten a la bestia. Se necesitaría, precisamente, gente inteligente de verdad para hacer frente a tal amenaza. Pero a esos los que tienen el poder rara vez los escuchan. Lamentablemente, para reconocer la inteligencia hay que ser inteligente… y si quienes han construido “el sistema” y quienes hoy los conducen acaparando privilegios que insultan a quienes llevan el palanquín, lo fueran, evidentemente este mundo sería otro. 

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