Rafael Gumucio, escritor: “Mi mamá me decía que era un genio”  

Dislexia, dislalia y discalculia no impidieron que Rafael Gumucio (44) se convirtiera en escritor. “La habilidad de distraerse y andar perdido en la vida puede ser una herramienta muy útil”, comenta.

Su educación tuvo dos aliados. Primero, su familia, donde ser buen alumno era sospechoso: “Mi abuelo materno, el escritor Enrique Araya, pensaba que si a un hijo le iba bien en el colegio había que sacarlo”.

El segundo, el sistema escolar francés. Gumucio partió al exilio cuando todavía no cumplía cuatro años. Cambió de idioma, de cultura y lo primero que se manifestó fue un problema de adaptación. “En el colegio me agarraba a combos, así que me enviaron al siquiatra. Una vez que me convertí en un niño bueno comenzaron los problemas de aprendizaje. Mi mamá tenía sentido común y me ayudó a adaptarme al colegio, pero en lo íntimo me decía que no me preocupara, que yo era un genio”.

La escuela se hizo cargo de un niño con dificultades, pero que quería aprender, que opinaba y tenía múltiples intereses. “Los profesores se dieron cuenta de que era inteligente, aunque las notas reflejaban a alguien con un grado completo de imbecilidad”.

En Francia el TDA prácticamente no existe y las pastillas no fueron alternativa. La sicología infantil sí estaba muy avanzada y practicaban terapias no farmacológicas para los niños que se salían del molde.

¿Qué sería de Gumucio educado en Chile con una familia promedio?

“Seguramente hubiese tomado Ritalín y estudiado en un colegio para tontos con plata. Aquí la gente de cierto sector con problemas de aprendizaje se termina dedicando al deporte, a las motos. El mundo académico se les muestra como muy adverso. No fue mi caso porque, a pesar de no tener dedos para el piano, mi familia me infundió el amor por las artes y las letras”.

Gumucio todavía escribe con faltas de ortografía, pero lo importante son las ideas subyacentes al texto. En ese sentido, ser disléxico puede ser una ventaja porque suelen tener miradas diferentes, originales.

Otra arista son los genes. Su padre y su abuelo, el senador Rafael Agustín Gumucio, pasaron por lo mismo. ¿Y estaría el escritor dispuesto a medicar a sus hijas? No, porque no cree en la homogeneización del sistema educacional; cada niño madura en forma distinta y las pastillas pueden convertirse en una trampa: “La educación tiene dos objetivos contradictorios: por un lado, crear ciudadanos y, por otro, crear genios. Bueno, mis hijas van al colegio por la primera razón, para que se civilicen; no para que aprendan (en el sentido auténtico del término), porque está demostrado que para esto último la educación convencional no sirve”.

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Francisca Cortés, Presidenta de la Fundación Caserta: “Viví años con un juicio sobre sí misma”

Llegó un momento en que hizo crisis, que no pudo más. Francisca Cortés fue diagnosticada con dislexia severa y déficit atencional desde que tiene uso de razón. Asistió a un colegio tradicional donde los informes del neurólogo y la prescripción de Ritalín fueron rutina. “Me hicieron la vida imposible”, dice esta diseñadora y presidenta de Caserta.

Cuatro hitos cambiaron el rumbo de su vida. Primero, las consultas con la neuróloga Alicia Valdivieso, quien le explicó que ser disléxica no era lo mismo que tonta, sino tener una mente diferente y eso podía ser genial. El segundo ocurrió cuando —gracias a que le dijo a su familia que si no la cambiaba de colegio, ella misma se preocuparía de que la echaran— llegó a una escuela más pequeña. Tuvo nuevos amigos y profesores: “Apareció una nueva Francisca. Pude ser yo”.  Luego se comprometió con sus padres a ser responsable a cambio de libertad. Subió las notas, le fue muy bien.

“Mi familia actuó de una forma neutral. Me apoyó, pero también se compró el juicio de que ‘esta niñita no se la podía’; no me fomentó a seguir una carrera tradicional”, cuenta.

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Su madre, Teresa Solari, tuvo el instinto de guiarla por el mundo de las artes y la pintura. Entró a estudiar diseño de vestuario, donde pudo plasmar su creatividad. No volvió a tomar Ritalín, se graduó con honores e inició una carrera en el mundo del diseño. Su primer trabajo fue como directora del área de diseño de vestuario y gráfica de una empresa, donde tuvo de compañero a Beto Cuevas. Luego siguieron nuevos desafíos en empresas de retail, se casó, tuvo tres hijos y todo parecía seguir el curso esperado.

Hasta qué ocurrió un cuarto hito. Un hijo del primer matrimonio de su marido fue diagnosticado con cáncer. Se cuestionó la vida, quiso buscar una explicación para tanto dolor. Le propusieron estudiar coaching ontológico. “Jamás me hubiese atrevido a hacerlo porque implicaba mucha exigencia lingüística. Pero lo hice y me di cuenta de que había vivido todos estos años con un juicio negativo sobre mí misma”, cuenta.

El hijo de su marido mejoró y ella salió fortalecida. Hoy lidera proyectos de conservación, apoya el rescate de tradiciones nativas americanas y preside dos fundaciones. Entre ellas Caserta —cuyo lema es ‘Aprender felices’— dirigida a escuelas vulnerables con el objetivo de promover un estilo de aprendizaje que valore la diversidad y los talentos individuales: “Lo lindo es darme cuenta de que fui diagnosticada con dislexia severa y hoy trabajo en educación. Quizá, si hubiese seguido una formación tradicional este proyecto no existiría”.

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Matías del Río, periodista: ‘Cada curso tiene sus Matías del Río’

El conductor de Tolerancia Cero mantiene una relación entrañable con el TDA. Sí, “entrañable” porque en lugar de negar su condición aprendió a rescatar su lado bueno. La curiosidad, por ejemplo.

“Comencé a tomar Ritalín cuando todavía era algo vergonzoso. Tuve dislexia, disgrafía, ‘dis-todo’. Era de 5.1; repetí de curso y tenía dos o tres promedios rojo, pero tuve una súper mamá que me aceptó como soy. La autoestima salvó mi vida”, cuenta Matías (44).

La parafernalia del ‘mundo Ritalín’ partió desde pequeño, en la básica de los Sagrados Corazones de Manquehue: de las clases a la sicopedagoga y al neurólogo; de ahí a la consulta de Mabel Condemarín. Sí, era un ‘niño cacho’, pero uno aceptado y sobre quien jamás se puso las mismas expectativas que en sus cuatro hermanos mayores: “Mis padres fueron muy intuitivos en una época en que no se hablaba de inteligencia emocional y ese tipo de cosas”.

Creció, entró a la universidad; se interesó por mil cosas –parte del lado bueno del TDA–; fracasó y lo volvió a intentar hasta que se convirtió en una figura reconocida del periodismo que se da tiempo para contar su historia en charlas motivacionales. También es parte de la Fundación Astoreca porque el tema educacional lo apasiona.

Claro que su relación con el ‘mundo Ritalín’ no terminó cuando se hizo mayor: “Hace dos o tres años leí que el Déficit Atencional podía continuar de adulto. Fui al neurólogo y confirmé mis sospechas. ‘Tu caso es de manual’, me dijo. Desde entonces tomo medio Aradix. Puede que funcione como placebo o haga lo suyo, pero lo cierto es que en mi entorno se dan cuenta si tomo o no”.

A veces es duro. Un libro que comparte con amigos, a él le demandará bastante más tiempo leerlo. Por eso que una de sus máximas es terminar lo que comienza.

Pero se aprende a vivir con TDA. Matías puede hacer ocho cosas a la vez (no todas muy bien, claro) y cualquier estímulo le sirve. Un sonido puede ser su perdición, pero también una inspiración: “Esto tiene un componente genético importante. Veo a mi mamá, a sus 70 años, con un guión parecido y dos de mis cinco hijos puede que lo tengan. Sin embargo, lo importante es entenderlo como algo extraordinario; entregar libertad y responsabilidad para que la creatividad y los talentos se desarrollen”.

¿Y cuál es el papel que cumplen los colegios?

“Bueno, aceptar que cada curso tiene uno o tres Matías del Río”.

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