Hoy escribo mientras la nieve cae fuera del ventanal y me parece casi divertido pensar que es “hyggelig” y disfrutar la vista de mis pinos pasando de verdes a blancos.

Cuando he vuelto a Copenhague para celebrar las fiestas de fin de año juntos en familia, con el vikingo, nuestras hijas y el fiel Balder, pienso que mis primeros siete meses de reencuentro con Chile han sido intensos.
Con más intensidad de la que imaginé he sentido el cambio del día a día que recordaba de cuando me fui de mi patria, a eso de fines del siglo pasado. Es cierto que cada año he vuelto, a veces sola, a veces en familia, a ver a mis padres, hermanos y para que la familia que he construido aprendiera a conocer la parte de las raíces que vienen de mi lado, pero muy distinto es estar en “modo vacaciones” que en “modo rutina diaria”.

Básicamente, nada ha sido como imaginaba, pero ir a los detalles sería largo y prefiero concentrarme en lo que ha hecho esto llevadero a pesar del impacto de los cambios. Esto, porque entre otras cosas, creo que los años fuera de esta larga y angosta franja de tierra, si bien y naturalmente me han abierto la visión del mundo y me ha dado una mirada crítica ante muchas situaciones de vida, también me ha hecho querer con más intensidad la base sobre la que se construyó la mujer que soy. La familia y el sentimiento de familia que conocí desde mi niñez ha sido fundamental y lo sigo experimentando. En casa sigo siendo “la niña” y aunque casi supero la “Señora de las cuatro décadas” de Arjona, mis padres a sus 84 años y con una salud delicada siguen poniendo el punto final a todo cuando estamos en la casa paterna. La cercanía, el respeto, esa entrega absoluta e incondicional de padres y hermanos me parecen maravillosas, aunque los años en Escandinavia hayan dejado su huella en mí y haga que por momentos también me parezcan demasiado intensas.

Las amistades de siempre han madurado también, aunque nos sigamos riendo de las mismas tonteras de hace 30 años. Veo que, con mis amigas del colegio, coloquialmente referidas como “las viejas locas”, la amistad ha seguido construyéndose y han sido un apoyo enorme con la cotidianeidad chilena. La mini vikinga que vive conmigo no las llama “tía” como es tradición, sino que usa sus nombres de pila tal como yo lo hago –la igualdad danesa en todo su apogeo- y veo que las siente también como un apoyo para ella.

Un tema que me causó profunda confusión y me preocupó fue la actitud política en Chile. Si bien desde el comienzo sentí en el ambiente una actitud básicamente negativa, de rechazo, desconfianza y escepticismo hacia la llamada “clase política”, me sorprendió la virulencia de la campaña presidencial. Esa mala costumbre de encasillar a la gente en los extremos sin que sea posible una conversación constructiva, que no haya espacio para la autocrítica o esa visión cortoplacista que impide ver que los profundos cambios que necesitamos para ser una sociedad más justa pasan también por un cambio de actitud y de mentalidad colectiva, me preocupa ahora más que cuando llegué. Sí me alegró vislumbrar, finalmente, un incipiente cambio en los nombres que aparecen en la arena política y eso me hace revivir la confianza en que la renovación de la vida política y el servicio público son todavía posibles para el beneficio de nuestro país.

En fin, ahora estoy nuevamente en “modo vikingo” y ya les contaré cómo ha sido este reencuentro con el reino del norte tras haber dejado los 32 grados de calor santiaguino para aterrizar en la fría, nevada y hermosa capital danesa.

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