Una declaración para comenzar: me cargan los estereotipos. He vivido con ellos primero en Asia y luego aquí en Europa.

Mi marido: “Te presento a mi esposa, Tatiana; ella es chilena”. Yo: “Hola, Tatiana Ramírez, soy chilena”. Cualquiera sea la situación, la respuesta de vuelta suele ser: “¡Latina! Debes extrañar tanto el calor, la salsa y la comida picante”. Y desde ahí partimos con los estereotipos que salen en alguno u otro momento mientras pasas la vida fuera de tu tierra.

Que si trabajas poco, si tienes un temperamento explosivo, si la siesta es fundamental en tu día a día y si todo puede quedar “para mañana”. Que si casi no hablamos un segundo idioma y si lo hacemos es con un acento muy, muy duro, o si el país desde el que vienes es más o menos corrupto, porque la corrupción es asumida como el pan de cada día a través de instituciones y negocios.

Entre las cosas más positivas que escucho es que nacimos para las fiestas, somos encantadoramente acogedores, generosos, abiertos y cálidos y también somos innatos virtuosos entre las sábanas. No es un misterio que hombres y mujeres latinos suelen estar cubiertos de un halo híper-sexualizado no solo en el mundo real sino también en una larga lista de series de televisión.

Por otro lado, recuerdo claramente el momento en que anuncié que me casaba con un danés y la respuesta recurrente fue “¡con un vikingo!”, lo que habría sido repetido si hubiera contado que me casaba con un noruego, sueco, islandés o finlandés. Y, créanme, entre ellos son tan diferentes como un chileno y un argentino.

En definitiva, quienes somos a uno u otro lado del charco pone a veces nuestra identidad en un extraño limbo y aunque somos latinos, somos también distintos. Somos diversos, multiétnicos y multiculturales.

Segunda declaración: me encanta ser chilena y ser latina. Me gusta ser apasionada, estar vitalmente enlazada a mi familia –de una manera que no siempre se entiende en estas latitudes-, creo que las Tortas Montero de mi Curicó querido son inigualables y, sí, creo que bailar es un placer sublime. Pero también soy reservada y aunque me gusta bailar, no bailo salsa ni samba como en un carnaval. Siento mi “ser latina” en el corazón, en quien soy; lo relaciono con la forma en que crecí y fui criada, con mis valores, mis sentimientos, mis órdenes y desórdenes y me siento orgullosa de seguir sintiéndolo así años después de haber dejado Chile. Pero, sobretodo, me encanta que mis hijas sean dos afortunadas personas que tienen en su ADN una doble riqueza cultural.

Creo que el problema comienza al compararnos siempre con todos y perdemos de vista que cada país, cada región en una país, tiene una identidad, y los ponemos a todos en un mismo saco. Eso es absurdo e injusto. Quien quiera que seamos y donde sea que estemos, nuestras experiencias y relaciones son complejas y podemos aportar aún más desde nuestras diferencias; eso es lo fundamental.

Cuando estamos celebrando el mes en que enfatizamos nuestra “chilenidad”, me gusta pensar que mi corazón sigue siendo chileno y latino –incluso cuando me irritan profundamente algunas situaciones y el desarrollo de ciertas actitudes que veo al otro lado del Atlántico-. Y sé que cuando estamos a las puertas del 18 mi mente ya se configura para celebrar mis orígenes, mis raíces, mientras la siguiente generación está también sintiendo el orgullo de sentir que su historia se construye a ambos lados del Atlántico.

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