En uno de esos poco frecuentes días en que tuve horas para mí, a mitad de semana, me fui a pasear por mi nuevo barrio con mi amiga Karen. Aprovechar el sol tibio de este otoño que está, por lejos, más agradable que en el otro lado del Atlántico fue una maravilla. Y lo que fuimos descubriendo, mejor aún.

Conversando de un cuanto hay, mirando edificios y detalles llegamos a la esquina de Compañía y Libertad. Allí estábamos frente a la ya mítica “Peluquería Francesa” -la segunda más antigua del mundo- y nos pareció que el “Boulevard Lavaud”, contiguo a la peluquería, era el lugar ideal para un cafecito conversado. Pensado y hecho, allí en medio del Barrio Yungay, patrimonial e histórico.

¡Voilà! Fue como entrar en una máquina del tiempo. La ambientación es excelente, sorprendente, curiosa, entretenida, ondera… ¡sí! Lo reconozco, quedé fascinada y encantada. O sea, tener la mundana necesidad de ir al baño y entrar a través del ropero de Narnia, casi ¡es nada menos que genial!

Pasamos las puertas interiores decoradas con las “dias” originales de portadas del Ecran -si recuerdo bien-, sí, esas de las glamorosas divas de Hollywood de mediados del siglo pasado, y nos sentamos para seguir conversando la amistad en medio de una aromática infusión y de un rico cappuccino. Créanme, es un panorama liberador y con mucha onda sentarte ahí para ponerte al día sobre la vida misma con una buena amiga.

Como broche de oro y en esas vueltas de la vida, vino uno de esos encuentros completamente casuales con Cristian Lavaud, dueño y nieto del fundador Emilio Lavaud. Junto a él recorrimos cada rincón del boulevard que se ha formado de la unión interior de las casas vecinas a la peluquería. El “Antiguo Almacén”, el salón “la democracia” -creado en la propiedad que fuera sede de la DC por muchos años- y la casa museo de “Los Coleccionistas, al otro lado de la calle, … un verdadero viaje nostálgico entre artefactos, piezas recicladas de demoliciones, arte y curiosidades, que te alegran el alma porque dan cuenta del interés y preocupación de quienes guardan con cariño y cuidado las raíces históricas y culturales de la capital y del país incluso. Los relatos detallados de Cristian actualizaron esos datos históricos que, fragmentados, estaban en nuestro recuerdo de clases de historias pasadas. Escucharlo hablar es toda una experiencia, porque no es usual en nuestros días encontrarse con alguien que se mueva con tanta soltura, fluidez y pasión entre nombres, fechas y eventos, transformando la historia en un cuento que te gustaría sentarte a escuchar hasta el último detalle final. Y ciertamente que 150 años de tradición dan tela para historias.

La presentación de la carta del restaurant es también algo especial y su contenido, una tentación que hace agua la boca. Desde ya sé que tendré que llevar a la mini vikinga a probar ese postre único y centenario que es el “Dulce Patria”, que tiene -naturalmente- una historia increíble, con un toque curioso y refinado.

Fue, en definitiva, un panorama que sin organizarlo mucho -solo queríamos juntarnos a conversar- se convirtió en una experiencia para gozar lo mejor del presente, con el orgullo de conocer un poco más del pasado y recuperar momentos y objetos que han dibujado nuestra identidad y cultura. Y así fue como un día cualquiera de mitad de semana, un café conversado con Karen se convirtió en una verdadera experiencia histórica y cultural.

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