Llevo más de treinta años trabajando en medios de comunicación. Muchos de ellos dedicados a la televisión. Y hay algo de lo que veo hoy en las pantallas que me conecta con los años grises de inicios de los ’80.

Vivíamos en dictadura y los medios dominantes, diarios y TV, mostraban un país que existía a medias. La mayoría de los problemas —pobreza, cesantía, hambre en las poblaciones, abusos de poder, el miedo e incertidumbre en que vivía gran cantidad de chilenos— se obviaba. Se comunicaba lo que convenía a la ‘estabilidad’ del sistema autoritario y a la instalación de la economía neoliberal.

Existía la voluntad de omitir u ocultar porque se era consciente del poder de los medios —y en particular de la televisión— en generar estados de ánimo, influir opinión y establecer modelos sociales y culturales. Hoy tenemos democracia y libertad. Pero en la televisión abierta es poco lo que podemos elegir porque la oferta —con algunas excepciones destacables— es chata y homogénea, en las antípodas de lo que se define como TV de calidad. Parte de la crisis de creatividad es porque los talentos y sus jefes están presos en sistemas de evaluación e incentivos que sólo miden rating y rentabilidad.

En esa dinámica, la responsabilidad social de los medios amenaza con estorbar, incomodar y por lo tanto se prefiere olvidar. Dejan de producirse contenidos relevantes social y culturalmente, pero que no consiguen ser rentables, como la programación infantil o el periodismo de investigación. Los contenidos se desvirtúan llegando a transformarse a veces en piezas del absurdo: periodistas que hicieron su nombre investigando temas de fondo ahora corren tras estafadores de poca monta con cámaras ocultas. O comunicadores carismáticos y experimentados ejercen el pelambre como la más seria de las profesiones. No es que sean mala gente. Es que la tele les paga para eso. Porque eso vende.

Algunos dirán que este punto de vista es típico de la elite paternalista. Que la gente es libre de ver lo que quiera. Que si a alguien no le gusta la programación puede apagar el televisor o ver TV de pago. Y que los canales, a excepción de TVN, son de privados que no tienen por qué servir a la comunidad, que están ahí para hacer negocios.

Esa argumentación olvida que la televisión abierta, para llegar a sus audiencias hace uso de un bien público escaso: el espectro radioeléctrico. Y también omite hacerse cargo de la influencia que ejercen los medios masivos. ¿Por qué los avisadores invierten millones en producir y programar mensajes seductores? ¿Por qué lo primero que hacen las dictaduras es tomar el control de las pantallas y manipular contenidos? ¿Será acaso porque la televisión es un medio inocuo en el acontecer social y cultural?

Pienso, por ejemplo, en lo decisivo que puede ser el aporte de una programación con sentido de responsabilidad social para que Chile sea un país donde no campeen la desconfianza, el clasismo, el racismo, el embarazo adolescente, los femicidios.

¡No da lo mismo lo que comunicamos! Hacernos los lesos es una frivolidad.