París me hace sonreír. Los parisinos suelen hacerme sonreír… Esta mañana fui a desayunar a un café cerca de la Torre Eiffel que me gusta, y mientras revisaba la tarjeta de invitación para la pasarela de Alta Costura de Chanel, llegó mi jugo de naranja, mi cappuccino y el croissant que había perdido.

Entre su rápido francés y mi chapurreada versión de primer día en suelo franco, comentamos algo sobre el desfile y sobre la Maison francesa por excelencia, y con toda su soltura me suelta un: “¿avez-vous défilé aujourd’hui, madame?”(¿desfilará hoy usted, señora?). Encantada y divertida no pude menos que soltar yo la risa y agradecerle su buen ánimo mañanero ¿quién dijo que los parisinos no tenían sentido del humor?

Este es un viaje que no estaba programado, pero cuando las posibilidades se dan y el destino es París, la llamada se contesta de inmediato. Y así me vine de los 2 grados de Copenhague a los -2 parisinos. Insisto que el shock térmico me destruye y solo siento que quiero estar bajo los cobertores de una cama grande y suave. Pero la sola idea de hacer eso aquí en París se cataloga de absolutamente descabellada y absurda. Así sea con grados bajo 0 siempre te quieres quedar un poco más y siempre encuentras panoramas para entregarte a los placeres de la ciudad.

Recuerdo que, en mi primer viaje, hace muchas lunas y vueltas al sol, me pasé no solo un día en el Louvre, sino que debo haber estado frente a la pequeña Mona Lisa un buen par de horas. Recordé un trabajo de mis tiempos en la Escuela de Periodismo en el que tuve que describir “el fondo” de la chica de Da Vinci.

Me tomó mucho tiempo, pero por primera vez vi ese fondo que antes siempre había sido eclipsado por la misteriosa sonrisa y el mito en torno a sus grandes manos. Pues cuando la enfrenté por primera vez colgada allí en el ala Denon, estuve varias horas, casi obsesivamente, mirándola de todos los ángulos posibles para ver si distinguía más detalles de ese fondo y ver cómo cambiaba su expresión dependiendo desde dónde la miraba. Casi obsesivamente, aluciné.

Y si solo eso me llevó unas cuantas horas -y tras todos estos años creo que nunca he logrado visitar el Louvre completo-, imagínense lo que es descubrir la ciudad entera, que -tal como Mona Lisa- cambia también dependiendo del ángulo que la mires y la temporada en que la visites. París en semana de la moda es un mundo especial y parafraseando a Hemingway, sí “París es una fiesta”.

Con el frío que te parte la cara y las manos, en esta oportunidad me enganché con el tema de los guantes. Me felicité por no haberme olvidado de mis “regalones”, de cuero y largos, muy largos, pero la verdad es que me entusiasmé con unos cuantos modelos más.

Miré a las chicas y señoras que iban por las calles, en el metro o en los cafés, me pasé por Causse Gantier y otras tiendas especializadas y terminé de convencerme que son un fantástico accesorio que ha conseguido su propio estatus diferenciador cuando hablamos de estilo.

Yo los prefiero de cuero, pero los de lana están también muy bien. Los de cuero siguen viéndose con tachuelas y otras aplicaciones y los colores se imponen sin importar el material de que estén hechos. Los del tipo Lagerfeld, el eterno fan de aquellos sin dedos, también se ven ahora con más frecuencia… pero soy demasiado friolenta para ellos, así que sigo fiel a mi extra-largos.

Así, como ven, París no solo es siempre una buena idea, ¡sino que además te da siempre nuevas y buenas ideas y mientras más la visitas, más deseos tienes de regresar ¡Es adictiva!

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