A las 8 de la mañana en punto llamó a la puerta Lars, el deshollinador… Parecía recién bajado de la pasarela Armani. Es que los vikingos y vikingas son guapos, aunque parecen no saberlo. Y enloquecen con nuestro look latino.

Hace unas semanas, un poco en serio un poco en broma, mi amiga Vale me preguntó qué tan difícil era sobrevivir la ausencia del vikingo entre tanto rubio de ojos azules sin caer en la tentación. Casualmente unos días después otra amiga me comentó que uno de los recuerdos de un viaje a Dinamarca hace unos años atrás, era la de haber visto ‘gente guapa’, “los más guapos que haya visto”, declaró sin pudor, refiriéndose tanto a hombres como a mujeres. Pero se quedó con la impresión de que ninguno era muy consciente de su atractivo, comentario que suelo oír con frecuencia y del que yo misma he sido testigo.

Una tarde encontré un aviso en el buzón que anunciaba una de las dos visitas de mantención para revisar las chimeneas de casa. Dos días después, a las 8 de la mañana en punto, llamaba a la puerta Lars, el deshollinador… Qué quieren que les diga: parecía recién bajado de la pasarela Armani: alto —¿mencioné que, en general, estos vikingos superan el metro ochenta?—, bien formado, ojos azules, una sonrisa de sueño, luciendo su tradicional uniforme que data del 1700: traje negro, con botones con insignia en que se ven sus escobas y escaleras y un impecable sombrero de copa… ¡Como lo leen! Para entrar en éxtasis. Lo miré “de hipo en hipo” como diría Papelucho y le indiqué dónde estaban los accesos a las chimeneas. Media hora después volvió a llamar a la puerta para entregarme muy sonriente el informe que decía que todo estaba en orden y despedirse gentilmente anunciando que a mediados de año vendría a hacer la segunda inspección. Ahí creo que suspiré.

De inmediato recordé el comentario de mi amiga acerca de que los daneses no parecen muy conscientes del impacto que provocan. Lars no lo es y mi vikingo tampoco. Y qué puedo decir: después de tantos años viviendo acá uno también se acostumbra. De tanto ver a los Viggos Mortensen, Nikolajs Coster-Waldau o Connies Nielsen paseándose por las calles y oficinas finalmente terminas acostumbrándote.

Por otro lado, como “el pasto siempre es más verde al otro lado de la cerca” no deja de parecerme gracioso que ellos opinen prácticamente lo mismo de nosotros los latinos. Nos consideran sexies, extrovertidos y simpáticos, con un toque exótico quizás y nuestros ojos cafés y el castaño de nuestro pelo les parece de lo más atractivo. Las vikingas enloquecen por los latinos con la misma pasión con que ellos se pierden en sus largos cabellos rubios.

¿Es que funciona entonces la ley de la polaridad y los opuestos se atraen? Tal vez. El amor y la seducción, ya sabemos, es un misterio. Algunos dicen que además es ciego y bien sabemos que hay muchísimas razones que explican, desde la personalidad a la química pura, la atracción de dos personas. Lo que a mí me queda claro es que cuando encuentras tu complemento, cómo luzca o de dónde venga, se convierte solo en un detalle que condimenta la relación con una cuota de emoción y diversión… ¡Además de una historia entretenida para contar a los nietos, como la mía!

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