Desde comienzos de septiembre las imágenes de los refugiados y migrantes, principalmente sirios, cruzando la frontera entre Alemania y Dinamarca se repiten en medios de prensa y redes sociales del país y del mundo. La imagen de un hombre escupiendo a quienes pasaban bajo un puente se hizo viral. También la de un policía jugando con una pequeña, a quien logró hacer reír con sus trucos mágicos. Las historias se repiten en medios, pero también en el tren, en los lugares de trabajo, en los colegios y en las casas.

Dinamarca, que se ha convertido principalmente en un país de tránsito, pues los refugiados quieren finalmente llegar a Suecia, ha estado en el ojo del huracán de la prensa nacional e internacional. Avisos publicados por el gobierno danés en periódicos libaneses para desincentivar a refugiados y migrantes que quieren llegar al reino y declaraciones con un tono histérico de la Ministra de Integración, han mostrado una Dinamarca cerrada y poco solidaria, cuya política de inmigración se ha ido haciendo más y más rigurosa en los últimos 15 años.

¿Es así el país que año tras año encabeza distintos estudios y encuestas de felicidad? No. O, afortunadamente, no es la representación del país entero.

Mientras el gobierno de centro derecha ha reaccionado de manera confusa y con falta de liderazgo para enfrentar la situación de los más de 5 mil –y sumando– migrantes y refugiados que han cruzado la frontera en las últimas semanas, la ciudadanía ha demostrado organización, empatía y solidaridad. La gente común, el vecino anónimo, como tú y como yo, se ha mostrado fuerte, con la voluntad de ayudar que les caracteriza y con una iniciativa que logra a veces ir mucho más allá de lo que las instituciones formales pueden hacer y lograr.

Ver esa actitud me motiva y me hace volver la esperanza al alma, esa que parecía perderse al escuchar a políticos y burócratas. También permite reconocer lo que se lee en libros de historia danesa y en lo que he escuchado en voz de mi vikingo y de vikingos mayores: el trabajo voluntario y el compromiso local está en la base de los valores daneses y del ser danés; es una muestra más del movimiento cooperativo que está en el origen de la sociedad que conocemos hoy.

Algunos de mis colegas de oficina participan activamente en actividades de ayuda a los refugiados. Como voluntarios les ayudan con lo básico del idioma y usan su tiempo libre, después de su trabajo y los fines de semana, en actividades para promover una integración social progresiva. El punto es que el esfuerzo y la actitud se mantengan en el tiempo y eso requiere más que solo la voluntad civil, requieren proyectos de integración claros y efectivos que pongan todas las formalidades y beneficios sociales en su lugar, mientras las comunidades locales hacen lo suyo a nivel personal y de familias.

Hoy las historias de las noticias tienen nombres y edades. Son familias con pequeños Mohammed o Aysha o Malih o Jihan que han debido tomar la difícil decisión de cruzar, literalmente, mares y montañas para encontrar un lugar para vivir no solo en paz… sino a veces para al menos tener la oportunidad de vivir y ver crecer a sus hijos a salvo de la guerra.

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