He contado varias veces que hace mucho trabajé en una agencia que vendía contenidos a los diarios y que, cuando mandaban a pedir horóscopos con las predicciones para la semana, iba y sacaba cualquier hoja de una caja donde estaban ya hechos y sin fecha. Eso es lo que se publicaba, bajo la rúbrica de algún mentalista de nombre exótico que por supuesto no existía.

Lo cuento para disuadir de entrada a los que me tratan de adivinar la personalidad por esa vía. “¿Y tú qué signo eres? Piscis. Aaah, ¡yo sabía, lo sabía! Es que eres tan Piscis”. Por un tiempo me lo creí —porque Piscis es maravilloso, oye—, hasta que tuve que rendirme a la evidencia de que siempre estuvo ahí, sin moverse de su sitio: mi mamá y mi hermana también son Piscis, y las tres somos muy, pero muy distintas. “Bueno, por último cada uno cree lo que quiere, ¿cierto?”, te dicen los zodiacófilos, y con esa frase cierran la conversación y no alcanzo a contarles, porque no quieren saber, que he visto cómo se corregía el libro anual de predicciones de una conocida astróloga, que lo había copiado del horóscopo del año anterior, que a su vez estaba copiado de internet, solo cuidando de cambiar de signo, los colores y las piedras y los ángeles o las afinidades, ponte tú.

Si el año anterior la piedra de la suerte de Piscis era la turquesa, ahora era, no sé, la ágata o la aguamarina, y la turquesa mágicamente había trasladado a Acuario su poder protector contra accidentes y traiciones (qué tontos los carabineros y los políticos, ¿cómo no promueven decididamente el uso masivo de turquesas?).

Pero no hay caso, para muchos las ganas de creer son más fuertes que cualquier demostración de que esa lógica es absurda y que, por supuesto, no hay ninguna posibilidad real de que una piedrita o un planeta tengan la menor incidencia en tu vida o en tu carácter. Así como es adictivo tener razón, también lo es que alguien te aliviane la carga de tener que comprender y decidir todo, por lo que tendemos con impresionante facilidad a creer cualquier cosa si se presenta como un bloque de conocimientos ordenados según algún patrón de apariencia profunda y ancestral, y que te gratifique haciéndote sentir especial (todos los signos, uno a uno, son maravillosos).

Suma un lenguaje vago que parezca profesional, como “las gemas de tipo proyectivas actúan en formas directamente opuestas a las receptivas”, lo que es una gema de frase que encantará a los geólogos tanto como a los humoristas más finos, y tendrás libros, matinales, una industria, un sistema basado en el fraude. Igual ya aprendí que es inútil ponerse grave con el tema. Si se tercia como juego social, no tengo drama en comentar la terquedad de los Tauro o el narcisismo de los Leo; más me importa conservar a los amigos que tener razón. Pero creo que es bueno no acostumbrarse al fraude y no olvidar una cosa: los esotéricos nunca tienen razón.