Una firma de la jefa y estaba lista. Partían oficialmente mis vacaciones. Eso en el papel. En la realidad no era llegar y tomar las maletas. Venía la carrera de obstáculos. Mi propia versión del reality Amazing Race, pero sin los paisajes de ensueño y con otro tipo de desafíos: un periplo más cansador que cualquier paquete turístico, que fue entre call centers y un cara a cara con la burocracia. Además, de aquel gallito con ese nuevo ente diabólico llamado Morph, que por estos días tiene a los chilenos expiando cualquier tipo de pecado. ¡A pedir perdón y a hacer manda para salir de sus garras!

Sí, antes de cualquier timbre tuve que cruzar mi propio desierto bíblico del ocio. Una experiencia que jugó con el infierno y la ilusión. No uno tras otro. Eran escenarios paralelos. De una exigencia que incluía terminar con el colon en la mano. Había que darlo todo por un paseo de duty free, sentarse en un avión y escuchar por los parlantes decir al capitán: “Tripulación, puertas en automático, cross check y reportar” . De allí al despegue hacia el sueño.

Yo me adelanté algunas semanas al calendario nacional de verano. Y soy sola. Ni quiero pensar en aquellos con niños a cuestas. Mi apoyo. Imagino a mis amigos separados urgidos con los permisos notariales de los ex para poder llevar a sus hijos a Disney.

Pero no me la iba a ganar. Post crisis del Registro Civil, esperé un tiempo prudente para la normalización y solicité mi nuevo pasaporte. Me puse un coloradísimo rouge (amo la palabra rouge, me acuerdo de mi mamá y mis tías abuelas) Flirty Cherry para la foto. Regio todo. Hasta el día de retirarlo. No estaba. Morpho —la nueva plataforma francesa que se ganó la licitación de elaboración de documentos de identidad— no me tenía en sus datos. Y ahí figuraba, con sueños y pasaje en mano.

Los únicos que salieron al rescate fueron los vilipendiados empleados del Registro Civil. Era una NN, pero para ellos tenía un valor en un sistema que sólo se comunica por call center y no da la cara. “Va a viajar, no se preocupe. Lo vamos a conseguir”, me decían los empleados de la sucursal de Vitacura. Lo mismo hacían con otras personas que debían subirse a un avión. Esto era personal. Eran ellos versus Morph o ‘la plataforma’, como también se denomina a ese sistema maldito. No se les iba a ganar al servidor público.

En paralelo, Marianne, la voz amiga de la embajada, elaboraba una carta que acreditaba para su país que yo era una ‘persona de bien’ y que volvía lueguito a mis funciones por estas coordenadas. Nunca estuve sola. La gente en el trabajo seguía cada una de mis visitas a la sucursal del Registro Civil. Todos esperaban noticias en solidaridad total.

Mi caso no era un viaje por una emergencia médica. Tampoco una entrevista para el trabajo de la vida. O el vuelo para casarme con un galán extranjero. Eran sólo mis añoradas vacaciones. Pero todos se la jugaron y me dieron el hombro. ¿La razón? Las personas, de todos lados, saben como merecemos el descanso y unas pocas semanas para vivir lejos de la dura realidad y estar en un estado de ilusión…

Nos vemos a la vuelta.

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