Y vivieron felices para siempre. Después de un comienzo como el que tuvieron Meghan Markle y el Príncipe Harry, no extrañaría que así fuera.

El veleidoso clima británico, les regaló un cálido día de sol glorioso. Los invitados comenzaron a llegar temprano a la capilla de San Jorge, en los terrenos del gran castillo de Windsor, mientras miles de personas de todo el mundo se congregaban fuera de las murallas, en el pueblo, para desearles dicha eterna.

Al mediodía llegaría la novia y por su parte el novio llegó algo adelantado con su padrino, el Principe William. El primer gran momento fue ese. Los dos hermanos, conversaban cómplices mientras caminaban hacia la iglesia y fue imposible entonces no pensar en Diana, seguramente no hubo nadie que no pensara en ella en algún momento de la ceremonia.

La Familia Real comenzó a llegar en pleno y todos parecían felices con la elección de Harry. Cuando llegó la Duquesa de Cambridge, con los ocho pajes que incluían a los príncipes George y Charlotte, vimos el gran gesto de respeto y apoyo hacia su cuñada al vestir un modelo de Alexander Mc Queen que no solamente era extremadamente sobrio, sino que lo usaba por tercera vez en eventos públicos.

Aquí el mensaje era claro, los ojos y toda la atención debían estar sobre la novia. Noble Kate. Mientras, un Rolls Royce se acercaba al castillo y teníamos el primer atisbo de Meghan. Iba con su madre, Doria Ragland. Llevaba velo y una bella tiara. Solo eso pudimos ver, pues el vehículo entró a los departamentos reales de Windsor y la futura duquesa de Sussex esperó allí su turno y el momento de otorgarnos el momento mas esperado del día al entrar a la capilla.

Pronto salió Doria sola en un auto con chofer seguida de otros dos Rolls Royce. El Príncipe Carlos y Camila la seguían y tras ellos, en el último, venía la Reina Isabel con su esposo Felipe de Edimburgo, pues su majestad siempre, siempre debe ser la ultima en llegar, en este caso, solo seguida por la novia. Todos ellos vitoreados por el publico al bajarse, la suegra de Harry parece haberse ya ganado un espacio en el corazón de los súbditos del reino.

Era el único miembro de la familia de la novia pero Meghan parecía no necesitar a nadie mas que a su madre. Quedaba cada vez menos para que se develara el secreto mejor guardado de este matrimonio. Las apuestas iban y venían.

Ralph and Russo y Erdem eran los diseñadores mas mencionados como los elegidos de Meghan para el vestido de su gran día. Nadie imaginó que sería una casa francesa la tocada con la varita mágica de la actriz estadounidense convertida en princesa. Sin embargo, una casa francesa cuya directora creativa es una británica nacida en Birmingham, Claire Waight Keller para Givenchy fue la escogida.

Clásica, estilizada, recatada, minimalista y con toda la elegancia tradicional que caracteriza a la firma parisina y a Waight Keller. El velo, que sujetaban los pequeños pajes, tenía mas de cinco metros y lo adornaban bordados de flores correspondientes a especies representativas de los distintos países del Commonwealth y la tiara que lo sostenía fue usada alguna vez por la Reina Mary, la bisabuela de Harry.

La ceremonia que siguió estuvo repleta de señales de que se vienen vientos de cambio, aires de frescura en la monarquía del Reino Unido. Harry demostró que lo flemático no es lo suyo. Mientras esperaba, su rostro no disimulaba el nerviosismo de un enamorado ansioso de que llegue su amada y luego, cuando esta entró, su rostro solo reveló admiración.

Meghan hizo la primera parte del trayecto de entrada a la capilla en solitario como ella había deseado y únicamente los últimos pasos hacia el altar los dio del brazo de su futuro suegro, el Principe de Gales, quien encantado había aceptado ser su escolta.

“Te ves maravillosa. Te extrañé. Soy tan afortunado” fueron las palabras murmuradas por Harry, sin importarle que el mundo leyera sus labios. Luego de un tradicional sermón del Arzobispo de Canterbury, a quien los novios dieron el “sí” , vino uno de los momentos más álgidos del día, cuando comenzó la predica del reverendo obispo Michael Curry, cabeza de la iglesia episcopal norteamericana, de raza negra y con un discurso que no dejó a nadie indiferente, desde disimuladas lagrimas hasta disimuladas risitas y caras de espanto.

Apasionadamente mencionó a Martin Luther King, habló del impacto de las redes sociales y sobretodo, evangelizó sobre el amor con un fervor no común entre los británicos, para luego dar paso a una versión del tema Stand by me interpretada por un grupo norteamericano de gospel. La Reina Isabel escuchaba impertérrita, ya hace meses había aprobado la elección de este nieto que le robó el corazón. Como dijo el reverendo Curry “Se respira un contagioso aire de amor en esta capilla hoy”.