El padre Cristóbal Fones lleva dos años recorriendo los caminos del sur de Chile, reviviendo la tradición misionera que la Compañía de Jesús ha ejercido por siglos. Con 10 años de sacerdocio y 23 como jesuita, su misión es hacer realidad el planteamiento del Papa Francisco de ser una Iglesia de salida, “ir más allá de nuestras instituciones y grupos conocidos, sobre todo de la inercia en que nos podemos instalar apostólica y espiritualmente. Esta idea nace en un momento de perplejidad en la Iglesia, cuando se deben buscar nuevas rutas. Es el trabajo desde diversas fronteras, comunidades y lugares donde no hay jesuitas”, explica.

Dice que no tiene una obra específica. “Voy a un territorio y me pongo al servicio de las necesidades del lugar, según vamos viendo con los obispos”. El foco principal está en los jóvenes. “Voy mucho a Valdivia, Temuco, donde hay estudiantes de educación superior que han migrado por estudios, que no tienen redes y les falta acompañamiento en lo humano. Me preocupo de que tengan buenos vínculos afectivos. Doy charlas, conversaciones, consejos y he fundado coros como el In crescendo de Concepción”.

Porque lo particular es que el padre Fones ejerce su labor, en gran medida, a través de la música. Gracias a este don fue considerado como uno de los animadores para la visita del Papa Francisco.

“Me contactaron para cantar y acompañar algunos momentos previos a los encuentros del Papa Francisco. Mi labor es ayudar a disponer el corazón y sacar provecho de estar reunidos en torno a Jesús, tanto en la Catedral de Santiago como en el Templo de Maipú. Por supuesto, también estaré en el Santuario del Padre Hurtado. De todas formas, el programa de la visita está siempre activo y pueden haber muchas modificaciones en el camino. Estoy simplemente a disposición de lo que se estime útil y provechoso. También estaré presente acompañando uno de los últimos ensayos del masivo grupo de músicos para la misa en el Parque O’Higgins y en el envío de los voluntarios papales antes de su llegada”.

2014-Mayo

CANTO A LA NATURALEZA

Cuando ingresó al seminario, Cristóbal Fones ya tenía un grupo llamado Engranajes que tocaba en festivales de colegios y café concert, donde él era guitarrista y cantaba. Nunca imaginó tener discos grabados. Hoy ya son 10. “La música se fue dando en mí como un medio de empatía con la realidad y de conexión con las personas, nunca ha sido un proyecto personal. De hecho, los primeros discos fueron pedidos por los superiores de la Compañía de Jesús. Hoy yo propongo y me he metido en el tema indígena, ecológico, emigrantes, tratando de abordarlos desde la música, que es lo que mejor sé hacer”.

Su última creación
 Küme Mongen (expresión en mapudungun para el buen vivir) ganó el premio Recyclapolis de Medio Ambiente 2017. “Es el mejor disco que he hecho y no es cantado (bromea). Recoge melodías de canciones anteriores y la experiencia de leer la Encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común (el planeta) y lo que he aprendido en el sur, contemplando la naturaleza y tomando distancia de la vida acelerada de la capital en la que yo vivía, dándome cuenta de la necesidad de frenar la ola de consumo. Consumimos no solo productos, también relaciones, hasta el arte es un producto. Küme Mongen es música para volver a respirar, a detenerse, contemplar. Tiene sonidos de la naturaleza. Es reconectarse con uno mismo, con la creación, con Dios”.

—Qué fue primero: ¿La vocación sacerdotal o la música?

—Pertenezco a una familia que canta. Nunca la música fue un oficio directamente abrazado, se ha ido dando. De hecho, no estudié música formalmente, sino hasta muy adelantada mi vida como jesuita. Estuve en una escuela de jazz en Boston. La mayoría de las cosas que he hecho han sido por gusto, simplemente por estar comunicándome.

CONFLICTO MAPUCHE Y OBISPO BARROS

—Usted fue parte de la fundación de la llamada misión Mapuche, ¿cómo vive hoy el denominado conflicto?

—El mundo indígena ha sido un regalo para mí. Conocer la cultura, su religión; valorarla. Pero también ha significado saber desde adentro la discriminación que viven, la injusticia y violencia que ha marcado su devenir. Es muy fuerte ser testigo de cómo los niños van escuchando de los abuelos historias muy duras que han entristecido el corazón. Un corazón lleno de ternura y de grandes valores, pero también con mucha rabia de promesas incumplidas y abusos que no se pueden permitir nunca más.

—¿Ve solución a esa rabia?

—La esperanza es que encuentre algún cause democrático. Pero está difícil, porque la sociedad chilena tiende a mirar el llamado conflicto mapuche desde una perspectiva judicial y no de derechos humanos. Creo que estamos sobre todo ante un asunto político, que debiera generar un diálogo e intercambio vivificador para todos. Pero lo vivimos desde el temor. Veo que ninguna de las políticas de los gobiernos ha mirado este tema con suficiente profundidad. Se intenta abordar las emergencias desde la fuerza pública, pero no se enfrentan los temas de fondo. Hay muchas y graves cosas pendientes. Y lo primero que tenemos que aprender es a escuchar al pueblo mapuche. Ni la represión ni la violencia van a llevarnos a mejores perspectivas.

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—Desde el norte se ve el conflicto localizado en una región, casi lejano.

—Pero es un tema de todos, no sólo de la Araucanía. Hay algo que tiene que ver con nuestro clasismo también. Nos cuesta reconocernos indígenas y acoger eso como una riqueza. El pueblo mapuche es hermoso. ¡Y es que además los chilenos somos tremendamente mapuches sin darnos cuenta! El día que aprendamos a valorar eso y aprovecharlo para una mayor humanización vamos a ganar todos.

—En Osorno le toca trabajar con el obispo Barros, quien tiene una parte de la comunidad en contra. ¿Cómo lo ve usted?

—Aunque mi misión no es en la diócesis de Osorno, soy testigo de esta situación que es muy dolorosa. A la iglesia local le ha costado mucho acoger este nombramiento, que ha causado división y desconcierto. Al no haber investigaciones civiles o eclesiásticas, es muy difícil que el Papa intervenga. Pero obviamente hay una dificultad pastoral que no sabemos cómo va a evolucionar. Los laicos han sido bien valientes para expresar desde la fe y desde la comunidad creyente lo que sienten, tanto los que están a favor como los que están en contra de su permanencia. También los sacerdotes, cada uno a su modo intentando continuar con su labor pastoral. Y creo que el obispo tendrá que entrar en ese diálogo urgente con el pueblo que se le ha confiado, porque esto le compete directamente. Confío en que así será. Con todo, aunque la figura de un obispo es muy importante en una diócesis, no lo es más que la de Jesús resucitado, que es quien finalmente acompaña y guía el caminar de todos los bautizados.