Vaya comienzo de año. Todo indica que vamos a divertirnos de lo lindo este 2015. Ya hemos visto, por ejemplo, cómo decir la verdad le puede costar el cargo a una ministra, cómo en el Congreso un grupo de empleados públicos gasta su tiempo en legislar desde la más supina ignorancia con la intención velada, aunque obvia, de restringir la libertad de expresión, y bueno, tenemos el  “Pentagate” que recién está comenzando.

A mi juicio, lo preocupante no es que algún millonario esté dispuesto a botar su plata apoyando candidaturas políticas afines a su pensamiento, cumpla o no con la ley. De hecho, ¿a quién le extraña que un hombre de negocios busque la forma de pagar poco o nada y ganar todo lo que pueda? Respetar o no la ley depende más bien del riesgo de ser pillado y el potencial castigo. Así como todos sabemos que es completamente cierto lo que dijo la ex ministra Helia Molina sobre el negocio del aborto en Chile, todos sabemos que conseguirse una boleta por servicios no prestados es una práctica naturalizada en nuestro país. El propio ex ministro estrella de Pinochet, Hernán Büchi, un verdadero ídolo para muchos de los que consideran que tener éxito en la vida es ganar dinero y trepar en la pirámide social de la capacidad de consumo (incluso opositores a la dictadura con “buen pasar”) dijo que en esto no hay delito alguno.

Lo que me parece realmente preocupante es que estos mecenas del Grupo Penta no se refieran a sus actos de generosidad como regalos, donaciones o aportes, ni siquiera como bono de bencina o “raspado de olla”. El diálogo entre Carlos Lavín y Hugo Bravo, controlador y gerente de Penta respectivamente, es bastante elocuente en este sentido: “¿A Golborne contra qué se le pagó?”, “a Ena von Baer, se le pagó cuando era precandidata acá…”, etc.

Corríjanme si me equivoco, pero ninguno de nosotros dice “le pagué 10 lucas a fulano” cuando lo que hizo fue prestarle o regalarle el dinero. Si alguien piensa que es un detalle menor se equivoca profundamente: nada como las palabras que utilizamos inconscientemente refleja mejor lo que realmente pensamos. Se le paga a alguien que trabaja para uno o a quien le compramos algo y cuando aparecen mails donde el que paga le pide al que recibió el pago que opere a favor de sus intereses, no hay necesidad de ser mal pensado.

¡Qué diferente sería todo si no padeciéramos de analfabetismo funcional! !Si tuviéramos una mínima conciencia moral como alguna vez en la remota antigüedad tuvimos! Bastaría el primer titular de alguna de estas historias para que se desatara una reacción capaz de poner fin a la sucesión de escándalos vergonzosos que ahora, gracias a una ciudadanía pusilánime, dopada con fantasías e ilusiones tipo calidad de vida = dinero, éxito = poder, felicidad = placer, etc., hipnotizada con pixeles destellantes, aturdida bajo el peso del yugo de las deudas, pasan y se olvidan (¿quién se acuerda del MOP-Gate?)

A nadie le gusta que se ríen de él en su cara. Sin embargo, el rebaño de consumidores obedientes se deja pastorear, trasquilar feliz mientras cuente con algo para echar al buche, sienta cosquillas en alguna parte y tenga una pantalla frente a los ojos, aunque no sea capaz de entender media palabra de lo que está viendo.

Si alguien descubre que padece infección por oxiuros, movido por el asco y la vergüenza buscará el remedio más eficiente a la brevedad. No obstante, vemos con sorpresa y espanto el espectáculo de los parlamentarios-mendicantes, de los justos pagando por pecadores, del ignorante mandando al sabio y nos conformamos con retuitear un meme gracioso o proferir un insulto inocuo, pero nadie plantea seriamente la necesidad de desparasitar el Poder Legislativo. Si nos tomáramos en serio como sociedad, su tuviéramos un mínimo respeto por nosotros mismos, tendríamos claro que un sujeto que miente y recibe “pagos” de alguien que burla la ley, sencillamente no puede bajo ningún aspecto participar de la elaboración de las leyes. Al menos debería existir un mecanismo para expulsarlos, así como con un mínimo de votos se les da un cargo, otro mínimo de votos debería bastar para quitárselo.

Si esto que es de total perogrullo parece una exageración, es prueba de lo trastocado que están los valores, de la profunda y, me temo, irreversible crisis moral que nos acomete. No esa relacionada con la vida privada y la genitalidad, sino de algo más elevado, esos valores que nos hacían personas libres y dignas. Que esto no cambie, que al contrario, empeore, es su culpa. Si, suya, a usted me refiero. Ya lo dijo el gran Confucio hace tiempo: “El hombre superior piensa siempre en la virtud; el hombre vulgar piensa en la comodidad”.

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