Hace unas semanas le escribí a una amiga: “Querida, ¡acabo de caer en la cuenta que en dos años más llegaré al medio siglo!”. Ese día tuve que escribir mi edad en un documento y hasta tuve que calcular cuántos años porque, para ser franca, jamás pienso en el tema y acá en Dinamarca nadie te lo pregunta.

Sin embargo, últimamente mi cuerpo insiste en recordármelo; en el primer trimestre de este año he tenido algunos dolores y problemas físicos, probablemente por “desgaste de materiales”, como diría una amiga chilena. El punto es que, sin querer hacerme la jovencita, ¡todavía me siento joven!

Pero entiéndanme bien, no extraño en absoluto mis 20 ni mis 30. Lo pasé espectacular. Tuve risas, llantos, éxitos y fracasos, carretes y resacas, un montón de experiencias que me hicieron la que soy a mis cuarenta y tantos. Y creo que si bien mi espíritu no ha cambiado, si lo ha hecho mi cuerpo, por lo que me preocupo de cuidarlo un poquito más, no porque quiera borrar las señas de la vejez sino porque quiero que acompañe a mi espíritu minimizando la brecha que hay entre ambos.

Creo que la mayor parte de mis arrugas son de tanto reírme. Mis canas se matizan con las highlights que le agradezco a los laboratorios de cosmética, no porque quiera ocultarlas sino porque me parece que el pelo tiene “más onda” con un color más matizado. No me interesa en absoluto parecer de 20, ni de 30. Quiero verme feliz, contenta.

Sí, es cierto que cuando mis hijas me invitan a jugar “Just dance”, tengo la impresión de que me creo más joven de lo que realmente soy y eso es lo que me da la energía para seguirlas, en verdaderas maratones de baile, al ritmo desenfrenado de canciones de los ’70 hasta el hip hop de estos días.

Si me preguntaran de qué edad me siento, en mi espíritu estoy lejos de la mujer de “casi-50”. O como imaginaba en mi adolescencia, en que claramente me parecía que esa era la edad más cercana a la momificación.

Tampoco me gustan los estereotipos. Como comienzas a explicar todos los deterioros como efectos de la vejez, seguro que termina convirtiéndose en una profecía autocumplida. “Las cosas se me olvidan porque estoy vieja”, dirá alguien sin darse cuenta de que su hijo adolescente es tanto o más olvidadizo… O, “éste mal es por la edad”, comentarán en referencia a algún malestar que tiene que ver con la propia falta de actividad física. Envejecer no es una enfermedad. Un estilo de vida sano, mantenerse intelectualmente activo, sentirse bien con uno mismo, te pueden hacer lucir largamente más atractivo hace dos o tres décadas y puede hacer tus años “seniors” una etapa tanto o más entretenida y glamorosa… Las experiencias que nos dan los años nos pueden hacer también más creativos y atrevidos si queremos.

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