Era un ejemplo de policía, especialmente a nivel sudamericano, donde estos cuerpos uniformados no destacan precisamente por su rectitud.

Esa realidad ha ido, poco a poco, cambiando. Influye, claro, el mayor acceso a información, el “reportero ciudadano” que premunido de su teléfono celular con cámara de fotos y video, puede registrar conductas desviadas de lo que la institución –y la ley– mandan. También, creo, los bajos sueldos que reciben, lo que los expone a ser tentados por “ofertas” para incrementar sus ingresos.
Siempre, siempre, los altos mandos hablan de sanciones ejemplificadoras, de casos aislados. Pero el problema es que las sanciones muchas veces no son ejemplificadoras (cuando las hay) y los casos son cada vez menos aislados. Y la confianza de esa masa informe, difícil de individualizar que se da en llamar “opinión pública” en Carabineros sigue cayendo y cayendo.

En los últimos días hemos visto al menos tres casos: una red de corrupción, el choque de Omar Labruna, DT de Colo Colo, y el “poco prolijo” procedimiento policial sobre el mismo, y el uniformado que atropelló a dos personas en una marcha, luego de desestabilizarse su moto al pegarle una patada por la espalda a un observador de Derechos Humanos. Tal cual.

En este último caso –que ya parece suficientemente grave– se suma un superior del carabinero involucrado, afirmando que los manifestantes tenían rodeado a un carabinero. El video demuestra que no es así. Lo mismo ocurrió con Labruna: dijo que iba manejando su esposa (que ni siquiera iba en el auto), y Carabineros respaldó su versión. ¡Sorpresa! Un video echó por tierra la mentira.

Ni siquiera quiero ahondar en casos anteriores, incluso más graves que estos, como disparos por la espalda que acabaron con la vida de comuneros mapuche. Ahí están los casos, dormidos o sobreseídos por la Justicia Militar (maravilloso oxímoron), la misma que se hará cargo del caso del atropello. La misma que tantas veces ha dilatado casos, aplicado sanciones irrisorias, sobreseído otros…
Preocupa lo de Carabineros. Espero que no llegue el día en que, como en otros países no tan lejanos, sea común evitar un parte pasando algunos billetes. Porque, hay que decirlo, intentar eso en Chile es un riesgo grande. Que lo diga la conocida actriz que hace algún tiempo lo intentó sin éxito. Personalmente, no me atrevería siquiera a plantearlo.

Las instituciones han ido perdiendo en credibilidad. Carabineros, partidos políticos, universidades (ay, las acreditaciones), iglesias varias (y en especial la Católica), Cámara de Diputados, Senado, gobierno… la lista suma y sigue. Influye, claro, el mayor acceso a información que hay actualmente. Probablemente este tipo de hechos existieron siempre, pero era más difícil enterarse. Súmenle una opinión pública con más posibilidades de expresarse, de organizarse, de intercambiar opiniones, y la mezcla puede ser explosiva.

Es la nueva realidad, y ya es hora de que nos vayamos acostumbrando. Si la mentira siempre ha tenido “patas cortas”, y es más fácil pillar a un mentiroso que a un ladrón, hoy eso se ha multiplicado por mil. Y, señores carabineros, la frase del amigo en el camino comienza a sonar cada vez más vacía. Los amigos no patean por la espalda, por ejemplo. O cumplimos con el slogan, o lo cambiamos.

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