“Cuidado con los que no se sienten amados porque se lastimarán. O terminarán lastimándote a ti”. Ese fue uno de los consejos que el actor norteamericano Jim Carrey dio a un grupo de recién egresados de la universidad el año pasado. 

No hay nada más triste que un corazón roto. Tampoco hay nada más peligroso. El desamor, el sentimiento de rechazo son fuerzas incontrolables que a muchos los llevan al extremo, a tirarlo todo por la borda sin importar las consecuencias. No hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos. En las últimas semanas no he parado de leer todas las aristas del Caso Penta y  junto al escándalo político y económico, la figura de Hugo Bravo, el ex gerente general de Penta me ha provocado mucha curiosidad.

Cuando se vio acorralado por la justicia acudió a sus jefes, a ‘los Carlos’, pero ellos al parecer subestimaron hasta dónde podía llegar su despecho por sentirse ignorado. Tenía muy presente que los 30 años que trabajó para ellos como funcionario de confianza no sirvieron para ser aceptado y ser visto como uno más del clan… para ser invitado a las comidas como un amigo más.  Quizá por eso, decidió tirar el mantel y botar todo lo que estaba sobre la mesa, en una actitud muy de película, una especie de “si caigo, caen todos conmigo”. 

Suele pasar que cuando el objeto de deseo nos rechaza se convierte inmediatamente en el foco de todo nuestro resentimiento. Ocurre en todos los niveles, con el amante marido o la dedicada esposa que de pronto se ven abandonados, y de complacientes y devotos pasan en un microsegundo a convertirse en personas dispuestas a provocar daño o por último un mal rato. Pasa entre los mejores amigos: los que eran uña y mugre un día, y al día siguiente se convirtieron en enemigos a muerte.

Porque incluso cuando queremos somos egoístas. Si damos amor, comprensión, apoyo o dedicación queremos lo mismo de vuelta, de lo contrario alguien tendrá que atenerse a las consecuencias: una pataleta, unas lágrimas, un momento de ira, unos comentarios asesinos o por qué no, una confesión ante la justicia.

Asumo que muy pocas personas son tan espiritualmente elevadas como para dar sin querer nada a cambio o como para hacer algo por otro y no esperar que se le reconozca. Yo por lo menos no lo soy y no es algo de lo que me enorgullezca. Es muy difícil mantener la altura de miras y la calma cuando alguien se siente usado, ninguneado o derechamente rechazado. Y es tan fácil querer una venganza, sea grande o pequeñita, no importa. Lo que vale es satisfacer ese deseo incontrolable que pide que hagas lo que sea necesario para que esto que me duele tanto también te duela a ti.